Por la tarde, la familia salió a caminar por los senderos de la montaña. Prepararon la mochila con galletitas, una manta grande para sentarse y varias botellas de agua fresca. Los más pequeños corrían yendo y viniendo por el camino. Se adelantaban y regresaban, siempre acompañados por los perros. Las madres, los padres, las tías y la abuela caminaban detrás, conversando o iban en silencio. A veces, el espectáculo era tan maravilloso, que permanecían absortos contemplándolo.
El camino de tierra se transformó en un sendero plagado de piedras por donde no podía pasar ningún vehículo.
—Este era el camino que comunicaba los pueblos vecinos de las cumbres más altas, pero como no era muy transitado, nadie se ocupó de mantenerlo. No hay peligro, ni problema de que los niños se adelanten— explicaban a la abuela que se ponía nerviosa cuando no los tenía a la vista.
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Cierto día, una maestra pidió a sus alumnos que escribieran el nombre de cada compañero de clase y, junto al nombre, la cosa más bonita que pudieran decir de cada uno de ellos. Luego, durante ese fin de semana, la maestra puso el nombre de cada uno de sus alumnos en hojas separadas de papel y copió en ellas todas las cosas bonitas que cada uno de sus compañeros había escrito. El lunes entregó a cada alumno su lista y casi inmediatamente toda la clase estaba sonriendo.
“¿Es verdad?”, escuchó como alguien susurraba, “yo nunca supe que podía significar algo para alguien”... y “Yo no sabía que mis compañeros me querían tanto”...
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La catequista enseñaba a los niños que iban a tomar la primera comunión:
—El papa Francisco escribió un hermoso texto acerca del cuidado de la naturaleza. En él habla del mundo como nuestra casa común y nos invita a rezar juntos la oración de san Francisco a Dios por las criaturas.
Tomó un libro y leyó.
“Bendito seas, mi Señor, con todas tus criaturas y especialmente con mi señor el hermano sol, por el cual haces el día y nos das la luz y es bello y radiante con gran resplandor, se parece a ti.
Bendito seas, mi Señor, por la hermana luna y por las estrellas; ahí están en el cielo como tú las has formado claras, preciosas y bellas.
Bendito seas, mi Señor, por el hermano viento; por el aire, por el nublado, por el sereno y por todo tiempo con los que a tus criaturas procuras alimento.
Bendito seas también, Señor, por la hermana agua que es muy útil, humilde, preciosa y casta.
Bendito seas, mi señor, por el hermano fuego que ilumina la noche bello, alegre, robusto y fuerte.
Bendito seas, mi Señor por nuestra hermana la Madre Tierra que nos sostiene y nos lleva y produce frutos diversos con flores de colores y yerba”.
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Estaban a mitad de año cuando los padres de Miguel le avisaron que se iban a ir de viaje durante dos meses. Antes de que le explicaran cómo iba a ser, Miguel, que era muy inquieto, les hizo mil preguntas: ¿Con quién se quedaría? y, ¿Cómo se comunicarían?, ¿Era necesario que se fueran tanto tiempo...? La mamá y el papá se rieron y le explicaron que no se iban a ir solos, lo llevarían con ellos. Ambos eran bailarines de la misma compañía y les salió una gira por Asia; irían a China, Japón y Rusia. Una gran oportunidad para bailar en los mejores teatros del mundo.
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