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Protegidos por el amor de la Madre

Mario Iceta Gavicagogeascoa (Arzobispo de Burgos)

mario iceta

 

 

 

Queridos hermanos y hermanas:

Esta semana, el día 16, celebramos una de las advocaciones marianas más universales: la fiesta de la Virgen del Carmen.

Patrona de los marineros y pescadores y protectora de los moribundos, se acude a esta singular advocación de Nuestra Señora del Carmen o Santa María del Monte Carmelo para situaciones de especial peligro.

Es verdaderamente desmesurado el impacto que la espiritualidad carmelita ha logrado alcanzar en todos los lugares de la tierra y que, a día de hoy, sigue aunando a millones de personas que piden, de manera encarecida, el amparo de la Madre de Dios y Madre nuestra.

El mensaje de la Virgen del Carmen nació en el año 1251, en Inglaterra, cuando san Simón Stock, superior general de los Padres Carmelitas del convento de Cambridge, estaba rezando por el incierto destino de su Orden. En ese momento, en plena oración, se le apareció la Virgen María vestida con el hábito carmelita y con un escapulario en su mano, que le entregó al religioso como señal de protección: «Recibe, hijo mío, muy amado, este escapulario de tu Orden, como señal de mi confraternidad. Signo especial de gracia para ti y para todos los que lo vistan. Es un signo de salvación, amparo en los peligros del cuerpo y del alma, alianza de paz y pacto sempiterno».

Desde ese momento, el escapulario se convirtió en un signo de nuestro amor a la Santísima Virgen, que nos recuerda que Ella, en los momentos de aflicción, de necesidad y de peligro, nos protege bajo su manto e intercede por cada uno de nosotros. Y por eso, en nuestros desconsuelos y carestías, clamamos a Ella, porque estamos seguros de ser benignamente escuchados.

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Evangelio del domingo, 14 de julio de 2024

Cuántas veces pensamos la misión en base a proyectos o programas. Cuántas veces imaginamos la evangelización en torno a miles de estrategias, tácticas, maniobras, artimañas, buscando que las personas se conviertan en base a nuestros argumentos. Hoy el Señor nos lo dice muy claramente: en la lógica del Evangelio no se convence con los argumentos, con las estrategias, con las tácticas, sino simplemente aprendiendo a alojar, a hospedar.

La Iglesia es madre de corazón abierto que sabe acoger, recibir, especialmente a quien tiene necesidad de mayor cuidado, que está en mayor dificultad. La Iglesia, como la quería Jesús, es la casa de la hospitalidad. Y cuánto bien podemos hacer si nos animamos a aprender este lenguaje de la hospitalidad, este lenguaje de recibir, de acoger. Cuántas heridas, cuánta desesperanza se puede curar en un hogar donde uno se pueda sentir recibido. Para eso hay que tener las puertas abiertas, sobre todo las puertas del corazón.

Hospitalidad con el hambriento, con el sediento, con el forastero, con el desnudo, con el enfermo, con el preso, con el leproso, con el paralítico. Hospitalidad con el que no piensa como nosotros, con el que no tiene fe o la ha perdido. Y, a veces, por culpa nuestra. Hospitalidad con el perseguido, con el desempleado. Hospitalidad con las culturas diferentes, de las cuales esta tierra paraguaya es tan rica. Hospitalidad con el pecador, porque cada uno de nosotros también lo es.

Homilía de S.S. Francisco, 12 de julio de 2015

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Parroquia Sagrada Familia