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Evangelio del domingo, 27 de septiembre de 2020

En el evangelio de hoy se nos recuerda que en el trabajo las acciones hablan más fuerte que las palabras. Muchas organizaciones tienen una declaración de objetivos que dice que sus propósitos principales son el servicio al cliente, la calidad del producto, la integridad civil, las personas como prioridad y cosas similares. Sin embargo, el servicio, la calidad y la integridad de muchas de esas organizaciones son deficientes, igual que las relaciones con sus empleados.

Los individuos pueden hacer lo mismo, elogiando sus planes pero fallando al implementarlos. Las organizaciones y los individuos que caen en esta trampa pueden tener buenas intenciones y puede que no reconozcan que no están viviendo a la altura de su propia retórica. Los lugares de trabajo necesitan tanto sistemas eficientes para implementar su misión y metas, como sistemas de monitoreo imparciales que den una retroalimentación sin adornos.

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Tomar la cruz y seguirlo

En el templo de un lejano pueblo perdido entre las heladas montañas, vivía una gran maestra. Todos los años, numerosas mujeres se apuntaban para ser sus discípulas.

Amira, una joven que cuidaba las cabras se apuntó sin ninguna esperanza de ser seleccionada. Su sorpresa fue muy grande cuando se enteró que la habían elegido. No se creía digna de eso. Se enojaba fácilmente y tenía muchos otros defectos. Como tardaba en presentarse, la maestra envió otro emisario para que la conduzca al templo.

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Cárcel y migraciones: la mirada de San Vicente de Paúl

Fidel Herráez Vegas (Arzobispo de Burgos)

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Hoy se conmemora la fiesta de San Vicente de Paúl. Y me parece importante traer aquí su memoria y su recuerdo, porque su intuición, tan evangélica y tan fundamental en el camino de la santidad, nos puede iluminar para acercarnos a dos realidades que se hacen presentes en esta semana: el mundo de los privados de libertad y el mundo de los migrantes y refugiados.

Se trata de uno de los grandes santos que supieron imitar a Jesucristo en su entrega y amor a los más pobres. A caballo entre el siglo XVI y XVII, en una Francia rural y empobrecida, San Vicente de Paúl prolongó su mirada más allá de sí mismo y de su entorno inmediato, para percibir así la dura realidad en la que vivían miles de personas junto a él. De esta manera se hizo buen samaritano con los hombres y mujeres de su tiempo para, desde la caridad, alcanzar la necesaria justicia. Se empeñó en defender la dignidad de cada persona, que siempre y en cualquier circunstancia está marcada por la huella misma de Dios; y a su desarrollo y promoción dedicó su esfuerzo, su tiempo y su imaginación.

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Mito Narciso

Sandra paseaba con la abuela por las calles de la ciudad de Buenos Aires. En un momento se detuvo y se puso a contemplar un negocio que nunca había visto antes. Ella vivía en un pequeño pueblo de Catamarca y las únicas flores que conocía eran las que estaban en los jardines. Nunca había visto una floristería. Pero, entre la gran variedad de flores que había, algunas dentro de una heladera y otras con carteles que decían “prohibido tocar”, aquellas le llamaron especialmente la atención.

—Son narcisos, —le explicó la abuela—. El narciso es una flor muy bella, delicada, frágil…

Sandra insistió para entrar a la floristería y verlas más de cerca. La encargada, al ver su interés, le explicó:

—Existe un mito que aparece en culturas diferentes con algunas variantes y que explica la belleza de estas flores.
Cuentan que Narciso era un joven, hijo de un dios y de una ninfa. A la madre se le había prometido que su hijo viviría muchos años si no se conocía a sí mismo.

Narciso era muy bello y, los que lo veían, quedaban impresionados con su belleza. Sin embargo, Narciso despreciaba a todos. No sólo los rechazaba, sino que los trataba mal, creyéndose superior a ellos.

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Parroquia Sagrada Familia