Camino de Santiago: un milagro de amor de la mano del apóstol

Mario Iceta Gavicagogeascoa (Arzobispo de Burgos)

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Queridos hermanos y hermanas:

 

Decía Goethe, famoso escritor alemán del siglo XIX, que «Europa se hizo peregrinando a Compostela». Un pensamiento que precisamente hoy, día de Santiago el Mayor, en el corazón de un Año Santo, adquiere una relevancia exclusiva, señalada y especial.

Santiago de Compostela celebra el Año Jubilar cada vez que el 25 de julio coincide en domingo. Una secuencia temporal de seis, cinco, seis y once años que se inaugura con la apertura de la Puerta Santa la tarde del 31 de diciembre del año anterior. Desde ese momento, se abre la puerta que, tradicionalmente, utilizan los peregrinos para entrar en el templo. Cabe destacar que este año, debido a la pandemia, el Papa ha concedido que el Año Santo se prorrogue un año más.

El Camino de Santiago es el primer itinerario cultural europeo y el cordón umbilical de nuestro continente. Un Camino que no se anda, se vive. Como lo hizo san Juan Pablo II, en 1982, para convertirse en el primer Papa peregrino que llegaba a la Catedral de Santiago. Y como lo han hecho tantos y tantos hijos de Dios.

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La catedral de Burgos cumple 800 años

Mario Iceta Gavicagogeascoa (Arzobispo de Burgos)

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Queridos hermanos y hermanas:

 

Este martes, 20 de julio, se cumple el 800 aniversario de la colocación de la primera piedra en nuestra catedral de Burgos. Una fecha, sin duda, especial, que abre la senda de una esperanza que no se marchita y que nos recuerda cómo Dios, cuando más elevada es la finitud de nuestra existencia, edifica para hacer, con nosotros, la historia de amor jamás imaginada.

Sois templo de Dios, reza el lema de este Año Jubilar, desde la voz de san Pablo a los Corintios (1a Cor 3, 16). Un eco que hoy resuena, a corazón abierto, en cada una de las paredes de nuestra catedral: una morada inundada de belleza para el alma, de quietud para el espíritu y de bálsamo para las heridas.

Dios, a golpe de latido, quiere hacer de la humanidad su morada, situando su santuario en medio de nosotros por los siglos (Ez 37,27; cf. 43,7), como piedras vivas para un sacerdocio santo (1 Pe 2,5), haciéndonos templo suyo para que el Espíritu Santo nos habite por dentro (1 Cor 3,16).

Y, a la luz de este sentir, pongo mi recuerdo en el obispo Mauricio; quien, en 1221, que junto al rey Fernando III el Santo, colocó la primera piedra de la nueva catedral de Burgos para convertirla, por la inconmensurable gracia de Dios, en el edificio más emblemático del gótico español.

La catedral, pilar fundamental en torno al que se estructura la celebración de este centenario, es un sueño de Dios, un símbolo que encarna la vida cristiana. Desde su corazón de carne, aunque su rostro esté revestido de piedra, han brotado raudales de cultura, de fe, de caridad, de misericordia y de humanidad durante 800 años.

Desde la primera piedra, que simboliza al propio Cristo como «piedra angular», el sueño de Dios Padre se fue fraguando en cada uno de sus rincones. De esa manera, «el Verbo se hizo carne» hasta habitar entre nosotros (Jn 1, 14).

800 años de vida, y una vida en abundancia. 800 años en los que Dios eterno se introduce en el tiempo y planta su tienda en los lugares más insospechados para habitar el corazón de las personas. 800 años de humanidad, siendo testigo de una historia que lleva inscrito el reflejo compasivo de su nombre.

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Conducir bien es un acto moral y un ejercicio de caridad

Mario Iceta Gavicagogeascoa (Arzobispo de Burgos)

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Queridos hermanos y hermanas:

 

Esta semana, coincidiendo con el brote de los desplazamientos masivos que inundan las carreteras de todo el país, hemos celebrado la Jornada de Responsabilidad en el Tráfico.

Con el lema El transporte y la movilidad: creadores de trabajo y contribución al bien común, el Departamento de la Pastoral de la Carretera de la Conferencia Episcopal Española promueve esta jornada en el día de san Cristóbal, patrón de los conductores.

«Jesús recorría las ciudades y pueblos, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curanto toda enfermedad y dolencia» (Mt 9, 35), proclama el evangelista Mateo. Y así pasó el Señor, «haciendo el bien y curando a los oprimidos» (Hch 10, 37-38), esculpiendo las huellas de la cara más difícil del terreno que pisaba, tejiendo concordia, amando sin condiciones, porque «Dios es amor» (1 Jn 4,7-8).

En el corazón de esta artesanía del bien común se fragua esta jornada, cimentada desde una responsabilidad que se sustenta «no por temor a la multa», sino «por amor a Dios y respeto a mi prójimo», como escriben los obispos de la Subcomisión Episcopal de Migraciones y Movilidad Humana. Ciertamente, «ser buen conductor no es alardear de ello con arrogancia y sin rubor, y mucho menos si se pretende humillar, como a veces sucede, a algún compañero». La prepotencia y el orgullo, recuerda la subcomisión, «no son buenos compañeros de viaje», pues «el verdadero compañerismo, en la profesión o en la empresa, se construye sobre el servicio, la humildad y la ayuda mutua».

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Día del Misionero Burgalés: toda una vida al servicio del Amor

Mario Iceta Gavicagogeascoa (Arzobispo de Burgos)

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Queridos hermanos y hermanas:

 

Ayer celebramos, en Burgos, el Día del Misionero Burgalés: un encuentro que, en forma de homenaje, recuerda de manera especial a nuestros misioneros y a sus familias.

Dios, a través de este Jubileo de los Misioneros que venimos celebrando desde hace 33 años, nos invita a salir, a romper los muros de la indiferencia, a irradiar la alegría del Evangelio y a redescubrir «la mística de la misión». Una mística que, como dijo el Papa Francisco a los Institutos Misioneros en el mes misionero extraordinario, «es necesario redescubrir en toda su fascinante belleza» porque «conserva para siempre su extraordinario poder».

Esta sed de comunión con Cristo solo se entiende a través del testimonio, desde una mirada creyente, contemplativa y donada que sobrepasa cualquier razón, juicio o entendimiento.

El misionero es un apóstol que, habiendo vivido una fuerte experiencia de encuentro con el Señor, no puede dejar de contar lo que ha visto y oído. Y, por eso, como en el relato de la vocación del profeta Isaías, grita: «Aquí estoy, mándame» (Is 6, 9). Y lo hace en la soledad del desierto, en el sigilo dolorido de la enfermedad, en la intemperie de una humanidad callada, en esa certeza que nace de una promesa eterna o en medio de la noche más callada, cuando apenas queda voz para volver a decir «sí».

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El palio arzobispal: hacerse cargo de los heridos de la vida

Mario Iceta Gavicagogeascoa (Arzobispo de Burgos)

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Queridos hermanos y hermanas:

 

Hoy quisiera compartir con todos vosotros un precioso regalo que Dios, de manos del nuncio de Su Santidad en España, me hará dentro de unos días. El 10 de julio a las 12 del mediodía, en el corazón de nuestra catedral de Burgos, el Nuncio apostólico, en representación del Papa Francisco, impondrá sobre mis hombros el palio arzobispal: un distintivo litúrgico –cuyos orígenes se remontan al siglo IV–, que es símbolo de la comunión que existe entre los arzobispos y el obispo de Roma. Os invito cordialmente a acompañarme en esta entrañable celebración.

El Papa Francisco, una y otra vez, nos pide a los obispos que sigamos trabajando, de manera incansable, para ser una Iglesia misionera, hospital de campaña, capaz de acoger a los heridos de la vida, abierta a los horizontes eternos, donde Cristo se haga presente en medio de nosotros para poder ofrecerlo a los demás.

Y yo, consciente de esta llamada al amor incondicional y fraterno, a pesar de mi debilidad, deseo pronunciar el mismo «sí» que prometí el 12 de abril de 2008, día en que recibí la consagración episcopal. Hoy, trece años más tarde, aquella llama de amor infinito sigue prendida a mis entrañas no debido a mis fuerzas, tan limitadas, sino a la conmovedora misericordia de Dios que se manifiesta cada día. Y aquí estoy, entusiasmado como el primer día, apasionado por servir con humildad a Jesús en sus hermanos, gozando de un ministerio que me hace feliz, vivido en pobres vasijas de barro.

El palio arzobispal, vestidura litúrgica fabricada en lana virgen de los corderos del monasterio de Santa Inés de Roma, que ha pernoctado un tiempo largo sobre la misma tumba de Pedro y que se pone sobre los hombros de los arzobispos, recuerda al Buen Pastor que da la vida por su rebaño y que carga sobre sí a sus ovejas, particularmente a las más heridas. Es una llamada a preservar esa vocación de Cristo que carga con la vida de los demás: con su modo de ser, con sus gozos y esperanzas y también con sus cruces y dificultades.

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Parroquia Sagrada Familia