Cuando oigamos hablar del nacimiento de Cristo, guardemos silencio y dejemos que ese Niño nos hable; grabemos en nuestro corazón sus palabras sin apartar la mirada de su rostro. Si lo tomamos en brazos y dejamos que nos abrace, nos dará la paz del corazón que no conoce ocaso.
Este Niño nos enseña lo que es verdaderamente importante en nuestra vida. Nace en la pobreza del mundo, porque no hay un puesto en la posada para Él y su familia. Encuentra cobijo y amparo en un establo y viene recostado en un pesebre de animales. Y, sin embargo, de esta nada brota la luz de la gloria de Dios.
Desde aquí, comienza para los hombres de corazón sencillo el camino de la verdadera liberación y del rescate perpetuo. De este Niño, que lleva grabados en su rostro los rasgos de la bondad, de la misericordia y del amor de Dios Padre, brota para todos nosotros sus discípulos, como enseña el apóstol Pablo, el compromiso de «renunciar a la impiedad» y a las riquezas del mundo, para vivir una vida «sobria, justa y piadosa» (Tt 2,12).
Que, al igual que el de los pastores de Belén, nuestros ojos se llenen de asombro y maravilla al contemplar en el Niño Jesús al Hijo de Dios. Y que, ante Él, brote de nuestros corazones la invocación: «Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación» (Sal 85,8).
El día de la Iglesia diocesana se ha convertido en un acontecimiento tradicional, pasando a formar parte del calendario litúrgico y pastoral. Este año me gustaría que fuera una celebración entrañable como corresponde a una fiesta familiar, a la luz del hermoso lema de esta jornada: Somos una gran familia CONTIGO. Así lo hemos experimentado en la jornada pastoral con la que clausuramos el Año de la Misericordia. En un encuentro familiar cada miembro es importante, más aún, insustituible: sin su rostro, su nombre, sus proyectos, sus ilusiones y sus problemas, la convivencia sentiría una carencia, una nostalgia.
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Actualmente son muchos los que piensan que no hay más vida que la vida en la tierra. Y que, cuando morimos, nos convertimos en nada. En tiempos de Jesús encarnaban esta mentalidad los saduceos. Ellos admitían la existencia de Dios y creían también que Dios había creado al mundo y a los hombres y había dado unos mandamientos por medio de Moisés. Pero negaban que, después de la muerte, los muertos volviesen a la vida, es decir, resucitasen.
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Las golondrinas migran todos los años buscando territorios con un clima más agradable y comida en abundancia.
Gabi era una golondrina que recién había dejado el nido, en unos pocos días debería iniciar su primer vuelo hacia el norte.
Sus padres y amigos se veían muy felices arreglando lo necesario para el viaje, discutiendo rutas y planeando estrategias de vuelo para un camino muy largo.
Gabi no hablaba, escuchaba. Hasta que de repente, abrió el pico.
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