Navidad plenamente cristiana

Fidel Herráez Vegas (Arzobispo de Burgos)

gil hellin

Un año más y de nuevo, como un regalo esperado y deseado durante el Adviento, los cristianos podemos celebrar el gran acontecimiento de la Navidad. La noticia del nacimiento de Jesús, el Salvador, el Dios-con nosotros, recorre los caminos de la historia y resuena una vez más en nuestro corazón. El hecho de que Dios se haya hecho carne de nuestra carne y asuma hasta las últimas consecuencias toda nuestra condición humana, menos en el pecado, ha de llevarnos a unas profundas actitudes de agradecimiento, alegría y alabanza. Siguiendo su lógica de amor desmesurado estamos invitados a proclamar que nuestro Dios sigue queriendo estar presente en nuestras vidas, en la historia presente y en el mundo actual. Festejar un año más la Navidad no es un mero recuerdo del pasado ni tampoco es vivirla dejándonos envolver por el ambiente meramente folklórico y consumista de nuestra sociedad.

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Dos regalos

Esta historia ocurrió en una casa donde vivían dos hermanas con su padre y su madre. En una Navidad, cuando eran pequeñas, la menor recibió patines, y la mayor, un libro de tapas duras de los hermanos Grimm. Cada una miraba a su hermana y deseaba el regalo de la otra. Estaban contentas con lo que habían recibido, pero deseaban también el otro regalo. Agradecieron lo recibido, y no manifestaron este pensamiento, que quedó dentro de ellas por muchos años.

Pasó el tiempo, las dos hermanas se fueron a vivir solas, más cerca del trabajo, y llegó el momento en que hubo que desarmar la casa de la infancia. Sus padres estaban mayores, y la casa era muy grande, y estaba lejos de donde vivían las hermanas; por lo que era mejor que se mudaran más cerca, a un lugar más pequeño. Un apartamentito, próximo a una plaza para que no extrañaran tanto el parque y con un balcón donde los padres pudieran llevar algunas de sus plantas favoritas.

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Evangelio del Domingo, 17 de diciembre de 2017

En estos días, ya cercanos a la Navidad, hay muchas cosas que nos invitan a la alegría. Y está muy bien. Desgraciadamente muchos se quedan sólo en la parte externa, material. Y, como son cosas pasajeras y a veces muy deficientes, la alegría se deshace como un pedazo de hielo puesto al calor del sol. En este domingo 3º de Adviento la Iglesia quiere que en la misma liturgia resuene la palabra alegría. Hoy lo vemos un poco en las tres lecturas. En la primera sentimos al profeta Isaías que invita a la esperanza alegre, a pesar de que el pueblo está en el destierro, porque Dios, que es nuestro creador, no puede querer en definitiva el mal, sino la alegría, para la cual debemos colaborar con el arrepentimiento y el acercarnos al Señor.

San Pablo en la segunda lectura es más explícito y nos dice: “Estad siempre alegres”. A veces nos empeñamos en creer que Dios quiere el mal para nosotros. Es necesario que afiancemos nuestra fe en Dios, que es nuestro Creador bondadoso y que por lo tanto desea siempre nuestro bien y nuestra felicidad. Este mundo es imperfecto y hay dificultades, que son para todos, buenos y malos. Pero para el que está con Dios, en todo sabe hallar la alegría de corazón, aunque sepa que la perfección de la felicidad estará en la vida futura. Pero si se busca la alegría por caminos que no llevan a Dios, al final sólo se halla la infelicidad y la tristeza. La experiencia de las personas entregadas a Dios nos dice que el hecho de conocer a Cristo y vivir con El es una fuente continua de alegría. Ello requiere diálogos con Dios Padre, o con Cristo, que nos espera en la Eucaristía.

La tristeza nace del egoísmo, de buscar compensaciones materiales, que muchas veces no llegan. La alegría es verdadera cuando uno procura hacer alegres a los demás. Este es uno de los grandes mensajes de Navidad. La alegría perfecta es un don de Dios; por eso hay que estar en continua acción de gracias. Como salmo responsorial de este día, nos presenta el “Magnificat” de la Stma. Virgen. Ella siente su alma desbordar de gozo, que quiere transmitir a su prima Isabel, y ante ella proclama la grandeza del Señor. En ese momento se siente agradecida y humilde.

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Carta a los niños

Fidel Herráez Vegas (Arzobispo de Burgos)

gil hellin

Mis queridos niños y niñas:

Se acercan ya los días de la Navidad. Se­guro que en estas fechas ya habéis puesto los Nacimientos en vuestros hogares. Ese espacio de vuestra casa es un lugar especial. Me atrevería a decir que se trata de un lugar casi sagrado al que os invito a visitar constantemente y a cuidar con esmero y cariño. Porque en esas escenas que con tanta ilusión habéis colocado o habéis ayudado a hacerlo a vuestros papás, se nos recuerda no solo un hecho histórico acontecido hace muchos años en la ciudad de Belén. En esas imágenes descubrimos una verdad que a los cristianos nos llena de enorme alegría: Dios se ha hecho niño, Dios ha nacido y vivido entre nosotros...

Quizás muchos de vosotros habéis sentido también la alegría del nacimiento de un hermanito... Pues mucho mayor es la alegría de los cristianos al conmemorar el Na­cimiento de Jesús: ¡qué bello sentir que Dios se ha hecho un niño igual que tú! Por eso es tan bonito que, de vez en cuando, cojamos ese Niño Jesús y con mucho respeto y cuidado le demos un beso. Un beso que exprese nuestro cariño y nuestra admiración, que sea signo de nuestra adoración. Pero un beso que signifique también un pequeño compromiso: el compromiso de querer ser como Jesús y de querer a todos co­mo los quiere Él. El compromiso de besar también a tantos hombres y mujeres, los pobres, en los que hoy Jesús se sigue haciendo presente entre nosotros como en aquella primera Navidad.

La verdad es que estos días quizás andáis un tanto nerviosos e inquietos, metidos en mil y una iniciativas de vuestros colegios, familias y parroquias. A veces nos podemos despistar olvidándonos de lo auténticamente importante: tal vez nos podemos distraer con tanto ruido, regalos, comidas, encuentros, viajes, vacaciones ... La alegría que estas fechas expresamos ha de transparentar el gozo que llevamos en nuestro corazón: Estamos contentos y hacemos tanta fiesta porque Jesús nace para todos, Jesús está con nosotros.

También en estos días algunos de vosotros habéis salido o saldréis por las calles y plazas de nuestra ciu­dad de Burgos y de nuestros pue­blos sembrando todos los rincones de estrellas que simbolizan la Luz de Belén. Las colocaréis en las solapas de todos aquellos con quienes os encontréis; allí les pondréis una estrellita que lleva escrito un lema muy hermoso: «Jesús nace para todos», mientras vais acompañándolo todo con vuestros villancicos. Se trata de un gesto sencillo y hermoso, pues felicitamos así la Navidad en nombre de todos los misioneros, que son tantos en nuestra Diócesis. Y se trata tambén de llevar el mensaje de Amor de Jesús a todos y recordarles lo esencial de estos días: el Nacimiento de Jesús.

No sé si os dais cuenta de que con ese pequeño gesto también voso­tros os convertís en misioneros en medio de nuestra ciudad. Ser misio­nero es ser amigo de Jesús y llevarle con la palabra y con la vida a todos los ambientes donde vivimos. Es anunciar y comunicar que para nosotros Jesús es importante, porque nos llena de alegría y de paz, y nos empuja a vivir una vida que se transforma en don y entrega a los demás para que este mundo sea cada día un poco mejor. Cuando llenéis todo Burgos de estrellas y villancicos estaremos haciendo realidad lo que nos gustaría que fuera nuestra Iglesia: una Iglesia de discípulos misioneros. Discípulos que seguimos a Jesús y Misioneros que lo transmiti­mos y comunicamos con alegría allá donde nos encontramos.

Por eso quiero desearos a todos vosotros, queridos niños y niñas, una feliz Navidad. La Navidad ver­dadera tiene un protagonista: Jesús, Dios hecho niño, un Niño como vosotros. Que viéndolo y contemplán­dolo, junto a la Virgen su Madre, sepáis llenaros de su ternura y su ale­gría. Yo le pido que os bendiga, y a vuestras familias y a vuestros amigos. Rezad también por mí.

Con mi abrazo para todos y cada uno de vosotros.

Mal olor

En un edificio muy bonito, a pocas manzanas de Rivadavia, una de las avenidas más importantes de la Ciudad de Buenos Aires sucedía algo que preocupaba a todos. Cuando se abría la puerta de la calle, al entrar, el olor era insoportable. El olor era cada vez más profundo, ácido, penetrante. Los habitantes hablaron con el encargado. —No sé qué pasa –dijo–. Siempre saco la basura en el horario. Lo que noto últimamente es que cada vez hay menos bolsas. Era una situación insólita, si había menos basura en las calles, cómo se explicaba el olor. —Llamemos a un fontanero –dijo uno de los propietarios–. Quizás se rompió una de las tuberías de desagüe de los inodoros. El fontanero estuvo buscando, pero no encontró el motivo del olor.

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Parroquia Sagrada Familia