Vivir mejor con menos

Fidel Herráez Vegas (Arzobispo de Burgos)

gil hellin

El próximo domingo celebramos la gran fiesta de la Navidad. Caminamos en la esperanza del Adviento actualizando un año más la venida del Señor a nuestro mundo y a nuestras vidas. El Apóstol Pablo en su carta a Tito (2,12-14) aconseja e invita a aquella primera comunidad a llevar «una vida sobria, justa y piadosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo». Lejos de esa vida sobria y austera, que sabe vivir con menos para que otros puedan vivir, nuestra sociedad consumista ha identificado estos días con hábitos que se alejan mucho de lo que significó aquel acontecimiento de gracia: la presencia de un Dios pobre entre los pobres. Las razones de esta avidez de consumo quizás las podamos encontrar en lo que nos dice la encíclica Laudato Si del Papa Francisco: «Cuando las personas se vuelven autorreferenciales y se aíslan en su propia conciencia, acrecientan su voracidad. Mientras más vacío está el corazón de la persona, más necesita objetos para comprar, poseer y consumir».

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Evangelio del Domingo, 18 de diciembre de 2016

El evangelio de este domingo, cuarto y último de Adviento, se resume en una palabra. Incluso toda la liturgia del día. Esa palabra es “María”. María, en efecto, lo llena todo. Desde que en obediencia rendida de fe dijo sí al mensaje del ángel de ser la Madre de Dios, el Verbo Eterno de Dios quedó convertido en Mediador entre Dios y los hombres, en puente de unión entre el cielo y la tierra, en acueducto por el que viene y vuelve la salvación. Sin aquel “hágase” de María, la segunda Persona de la Trinidad no hubiera tenido el instrumento con el que realizar la salvación: su Santísima Humanidad.

Y nosotros todavía tendríamos pendiente el ser salvados. Gracias a ese “sí”, María se convirtió en la primera y principal colaboradora de la Redención. Pero José desconocía este misterio. Por eso, cuando se le hizo evidente que María –su mujer- iba a ser madre, quedó desconcertado. La conocía suficientemente bien para no pensar que le había sido infiel. Pero tenía suficiente sentido común para negar lo que era evidente. ¡Qué mal lo debió pasar José, mientras pensaba y repensaba lo que debía hacer! Al fin, tomó la resolución de dejar a María libre de los compromisos esponsalicios.

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Celebrando la Constitución

Fidel Herráez Vegas (Arzobispo de Burgos)

gil hellin

El pasado martes celebrábamos la fiesta de la Constitución Española. Esta es el marco legal que nos dábamos los españoles hace casi cuarenta años y que nos ha servido como punto de convergencia válido en nuestra sociedad democrática y plural. Como decíamos los Obispos españoles, en la instrucción Pastoral «Orientaciones morales ante la situación moral de España», la Constitución de 1978 «ha propiciado años de estabilidad y prosperidad, con las excepciones de las tensiones normales de una democracia moderna»y solo fue posible «sobre el trasfondo espiritual de la reconciliación, basada en el consenso de todas las fuerzas políticas». Quizás en el momento político que vivimos debiéramos volver a aquella experiencia comunitaria. Entresacar y reproducir los elementos fundamentales que la propiciaron nos puede permitir seguir avanzando como sociedad y como pueblo.

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Evangelio del Domingo, 11 de diciembre de 2016

¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro? Es la gran pregunta que el Bautista manda hacer a dos de sus discípulos a Cristo. No es una pregunta retórica sino profundamente interesada. Juan, en efecto, está perplejo. Él ha anunciado un Mesías enérgico, lleno de fuerza y juez, y ahora oye hablar de un Jesús que no condena, que no prende fuego, sino que es misericordioso, sencillo y humilde. Por eso, manda formularle la pregunta.

Jesús responde con el lenguaje que más le gusta: el de los hechos. Da vista a los ciegos, oído a los sordos, saluda los leprosos y vida a los muertos. Luego dice a los enviados: "Id y anunciad a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan".

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Mensaje del Papa Francisco por Navidad

Cuando oigamos hablar del nacimiento de Cristo, guardemos silencio y dejemos que ese Niño nos hable; grabemos en nuestro corazón sus palabras sin apartar la mirada de su rostro. Si lo tomamos en brazos y dejamos que nos abrace, nos dará la paz del corazón que no conoce ocaso.

Este Niño nos enseña lo que es verdaderamente importante en nuestra vida. Nace en la pobreza del mundo, porque no hay un puesto en la posada para Él y su familia. Encuentra cobijo y amparo en un establo y viene recostado en un pesebre de animales. Y, sin embargo, de esta nada brota la luz de la gloria de Dios.

Desde aquí, comienza para los hombres de corazón sencillo el camino de la verdadera liberación y del rescate perpetuo. De este Niño, que lleva grabados en su rostro los rasgos de la bondad, de la misericordia y del amor de Dios Padre, brota para todos nosotros sus discípulos, como enseña el apóstol Pablo, el compromiso de «renunciar a la impiedad» y a las riquezas del mundo, para vivir una vida «sobria, justa y piadosa» (Tt 2,12).

Que, al igual que el de los pastores de Belén, nuestros ojos se llenen de asombro y maravilla al contemplar en el Niño Jesús al Hijo de Dios. Y que, ante Él, brote de nuestros corazones la invocación: «Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación» (Sal 85,8).

Parroquia Sagrada Familia