FELIZ FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA

Hoy la cueva que nos recibe a todos es la acogida de la Sagrada Familia, construida con el rechazo de la familia y las posadas repletas. Una cueva y una estrella significan lo mismo: Es Navidad.

Este año nos acogen, a los que tenemos como hogar el corazón de Dios. Que se encarna en cada uno de nosotros, en nuestra vida, nuestras casas, nuestros belenes y adornos. Nos converite en cueva, pesebre y estrella.

La estrella trajo a los magos y los sobresaltados de Herodes y Jerusalén. Los reyes sigueron adelante, Herodes con los sabios y entendidos se quedaron en Palacio. Nosotros vamos a la cueva, vamos al pesebre, vamos a adorar.

Este año, en medio de pandemias, de pasados, presentes y futuros, Jesús nace en ti y tú en el corazón de Dios, por eso Feliz navidad por ti y por Él: ¡FELIZ NAVIDAD!

 

 

Le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, (...) estaban estupefactos por su inteligencia

Hoy contemplamos, como continuación del Misterio de la Encarnación, la inserción del Hijo de Dios en la comunidad humana por excelencia, la familia, y la progresiva educación de Jesús por parte de José y María. Como dice el Evangelio, «Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2,52).

El libro del Siracida, nos recordaba que «el Señor glorifica al padre en los hijos, y afirma el derecho de la madre sobre su prole» (Si 3,2). Jesús tiene doce años y manifiesta la buena educación recibida en el hogar de Nazaret. La sabiduría que muestra evidencia, sin duda, la acción del Espíritu Santo, pero también el innegable buen saber educador de José y María. La zozobra de María y José pone de manifiesto su solicitud educadora y su compañía amorosa hacia Jesús.

No es necesario hacer grandes razonamientos para ver que hoy, más que nunca, es necesario que la familia asuma con fuerza la misión educadora que Dios le ha confiado. Educar es introducir en la realidad, y sólo lo puede hacer aquél que la vive con sentido. Los padres y madres cristianos han de educar desde Cristo, fuente de sentido y de sabiduría.

Difícilmente se puede poner remedio a los déficits de educación del hogar. Todo aquello que no se aprende en casa tampoco se aprende fuera, si no es con gran dificultad. Jesús vivía y aprendía con naturalidad en el hogar de Nazaret las virtudes que José y María ejercían constantemente: espíritu de servicio a Dios y a los hombres, piedad, amor al trabajo bien hecho, solicitud de unos por los otros, delicadeza, respeto, horror al pecado... Los niños, para crecer como cristianos, necesitan testimonios y, si éstos son los padres, esos niños serán afortunados.

Es necesario que todos vayamos hoy a buscar la sabiduría de Cristo para llevarla a nuestras familias. Un antiguo escritor, Orígenes, comentando el Evangelio de hoy, decía que es necesario que aquel que busca a Cristo, lo busque no de manera negligente y con dejadez, como lo hacen algunos que no llegan a encontrarlo. Hay que buscarlo con “inquietud”, con un gran afán, como lo buscaban José y María.

La Sagrada Familia: sacramento de vida y escuela del amor

Mario Iceta Gavicagogeascoa (Arzobispo de Burgos)

mario iceta

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Hoy celebramos una de las fiestas más importantes del año: el día de la Sagrada Familia, modelo de confianza en Dios, de disponibilidad y de fidelidad a su plan de salvación, para pasarlo a limpio con el ejemplo de nuestras vidas, imitando sus virtudes y su unión en el amor.

Un año más, quisiera destacar, por encima de todo, la belleza, la ternura y la bondad que nos presenta la familia de Nazaret: el hogar donde experimentamos el primer amor, donde aprendemos a amar y donde descubrimos la mirada profunda de Dios.

Todos pertenecemos a una familia, a un núcleo fundamental que nos configura, nos mejora y nos regala un rostro, una meta, un nombre. Desde este horizonte de manos llenas, a medida que vamos ahondando en este misterio, descubrimos que cuidar la familia es cuidar a las personas y a la sociedad. ¿Cómo? A la luz de la Sagrada Familia: un sacramento de vida  que, cuidadosamente, nos enseña a coser las grietas con ternura, a acoger las fragilidades, a acompañar las soledades de dentro, a comprender el dolor y a acoger el río de la misericordia de Dios que nunca acaba.

«Estamos llamados a acompañar, a escuchar, a bendecir el camino de las familias; no solo a trazar la dirección, sino a hacer el camino con ellas», exhortaba el Papa Francisco, al inicio del Año de la Familia. Una llamada que nos anima a «entrar en los hogares con discreción y con amor, para decir a los esposos: la Iglesia está con vosotros, el Señor está cerca de vosotros y queremos ayudaros a conservar el don que habéis recibido».

Ciertamente, si la vida cristiana es la respuesta al amor de Dios, la propia familia es el mejor curso prematrimonial, es la escuela de generosidad donde aprendemos a amar, a imagen y semejanza de la familia de Nazaret. Al modo de Jesús, quien hecho hombre, tuvo la necesidad de una familia: allí donde vivió la mayor parte de su existencia sin otro propósito que la vida cotidiana. Él, el Hijo de Dios, se hizo hombre consagrando la familia como el lugar adecuado para nacer e ir creciendo en sabiduría, estatura y gracia.

Y qué importante es cuidar nuestro amor cotidiano, apretar con todas nuestras fuerzas los lazos familiares y vivir en comunión, sostenidos en el amor de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Los vínculos de carne y de sangre, cuando están íntimamente alimentados por el inabarcable amor de Dios, dan estabilidad a la comunidad humana. Y cuando nos asolen las dudas, los miedos y las preocupaciones, solo tenemos que recordar la mirada del Niño Jesús, de la Virgen María y de san José para contemplar cómo el reflejo de sus vidas marca la senda hacia el corazón de la Belleza. En sus miradas ha de esconderse nuestro amor, algunas veces roto, otras habitado por entero, pero siempre confiado en su compasivo y delicado deseo de amarnos.

También la Iglesia es una gran familia y, por esta razón, tenemos que echar mano de la misericordia y del perdón para limar las aristas, las faltas y las ofensas. Hemos de hacerlo con caridad y con alegría, desde la acción y la contemplación, en fraternidad y en cada sendero donde habita la Palabra de Dios.

La Iglesia, tal y como reza la exhortación apostólica Familiaris consortio, del Papa san Juan Pablo II, «consciente de que el matrimonio y la familia constituyen uno de los bienes más preciosos de la humanidad, quiere hacer sentir su voz y ofrecer su ayuda a todo aquel que, conociendo ya el valor del matrimonio y de la familia, trata de vivirlo fielmente».

La familia es un tesoro precioso, es la escuela del Evangelio. Pero solo lo es cuando está sin descanso con las personas que conocen de cerca el dolor, cuando abandona todas sus comodidades para auxiliar al herido, cuando ama con el que ama y cuando sufre con el que sufre. Solo así, en esta misión de amor gratuito, siguiendo el modelo de la Sagrada Familia de Nazaret, podremos entender una vida de familia en el Señor (Col 3, 12-21) donde, como elegidos de Dios, siendo santos y amados, podamos –siguiendo la mirada de san Pablo– revestirnos de «compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia» para poder cantar, eternamente y con Jesús, María y José, la alegría perpetua del amor.

Con gran afecto pido a Dios que os bendiga y os deseo una feliz fiesta de la Sagrada Familia.

Evangelio del domingo, 26 de diciembre de 2021

Todos los años, o en el domingo después de Navidad, o si no el día 30, se celebra la fiesta de la Sagrada Familia. Todos los seres humanos fuimos hechos a imagen y semejanza de Dios; pero Dios no es un ser solitario, sino una familia de tres formando una estricta unidad. Por eso nosotros nacemos en familia y seremos más semejantes a Dios cuanto más unida esté la familia en amor. Hoy se nos propone la familia de Jesús, María y José como el ejemplo a seguir y la protección para pedir y esperar.

Este año, que es el ciclo C, se nos propone en el evangelio la escena de la vida de Jesús, que solemos decir: “El Niño Jesús perdido y hallado en el templo”. La primera virtud que nos enseña a las familias es el cumplimiento del deber religioso. Era la Pascua y los hombres debían acudir al templo de Jerusalén. Las mujeres no estaban obligadas; pero María iba por devoción. Los niños no solían ir; pero Jesús ya no era un niño. Tenía doce años y estaba en el límite en que comenzaban a tener obligación a los trece años. Los tres fueron gozosos para adorar a Dios en el templo. El problema estaba al llegar al templo, pues los hombres y mujeres debían estar en patios diferentes. Los niños solían estar con las madres; pero Jesús ya era mayorcito y casi seguro que iría con san José, especialmente porque tendría mucho interés en escuchar a alguno de los doctores de la ley. El gentío fue haciéndose mayor y el hecho es que Jesús se perdió. Yo no puedo creer que Jesús intencionadamente quiso quedarse sin decir nada a María o a José dándoles un disgusto. Quizá sería la curiosidad por estar con algún sabio doctor de la ley.  José pensó que Jesús se habría ido donde María.

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Preparar de verdad la Navidad

Mario Iceta Gavicagogeascoa (Arzobispo de Burgos)

mario iceta

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

A las puertas de una nueva Navidad, quisiera compartir con vosotros el misterio sagrado, trascendental y profundo de la Encarnación del Hijo de Dios.

El Adviento, con su poso de eternidad y su mirada contemplativa hacia el Absoluto, llega a su fin. Y lo hace para introducirnos en el sacramento de la Belleza que se hace vida en Navidad, para iluminar –con Quien es «Luz del Mundo» (Jn, 8, 12)– los rincones de nuestra presencia y para acomodar la posada de nuestro corazón ante la llegada del Niño que nace en un humilde pesebre.

Dios toma nuestra carne para habitar entre nosotros. Máxime en estos momentos difíciles y llenos de ecos dolorosos que intentan solapar el paso del Amor por nuestras vidas. «La Navidad suele ser una fiesta ruidosa», decía el Papa Francisco en su mensaje de Navidad del año pasado, «y nos vendría bien un poco de silencio, para oír la voz del Amor».

Es el tiempo del amor, de la acogida, de la mirada apacible y de la sonrisa. Sí, de la sonrisa. Porque es esencial dibujar en nuestro rostro la mirada feliz del Niño que nace para sorprendernos con su alegría. Hay que hacerlo, incluso cuando las cosas no van bien, cuando nos cuesta comprender la voz de Dios o cuando los sueños anhelados se rompen y la vida nos obliga a volver a empezar.

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Parroquia Sagrada Familia