Peluche

Se estaba acercando la Navidad en nuestro pueblo. Lo que suele poner en movimiento muchos sentimientos diferentes. Desde los tiernamente familiares hasta aquellos religiosos más profundos. Y por supuesto otros no tan elevados, como los que tienen referencia a los hábitos alimenticios y los comerciales.

Una de las grandes jugueterías se había surtido generosamente a fin de satisfacer todos los requerimientos de sus clientes. En las estanterías podía verse de todo, desde artefactos bélicos de plástico, habitados por monstruos del más pésimo gusto televisivo, hasta muchas otras cosas bonitas y dignas de ser obsequiadas en la alegría navideña. Entre éstas se encontraba un precioso osito de peluche, de gran tamaño. Realmente era bonito. Parecía trasuntar cariño, y sus ojitos pequeños y brillantes le daban una extraña vida que cautivaba a quienes quisieran mirarlo con interés. Era un juguete valioso, y por tanto nada barato. Y Peluche lo sabía. Sin delirios de grandeza, él se sentía entre lo mejor que se podía conseguir en aquel lugar. Justamente ése era su drama. Porque los que tenían suficiente dinero como para comprarlo, no tenían niños a quienes obsequiárselo. Y los que tenían muchos niños carecían de dinero. El ser valioso era la causa de sus problemas. Porque a medida que se acercaba la Nochebuena, Peluche veía cómo las estanterías se iban vaciando de juguetes, mientras que él continuaba siendo admirado, pero sin que nadie se decidiera a adquirirlo para alegría de un niño. La ansiedad que había ido creciendo con las horas se le transformó en angustia, cuando vio que el dueño de la juguetería bajaba lentamente las pesadas cortinas metálicas de aquella juguetería. Luego se apagaron las luces y dentro reinó el silencio.

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El amor no tiene precio

Un turista en la India visitó un leprosario.
Allí vio a una enfermera curando las carnes podridas de un pobre leproso. Asqueado frente a lo que tenía delante le dijo a la enfermera: Yo no haría eso que usted está haciendo ni por un millón de pesos.
Ella le respondió: Vea usted, ni yo tampoco lo haría por un millón de pesos.
Asombrado el turista le preguntó: ¿Cuánto le pagan por hacerlo?
La enfermera dibujó una sonrisa de felicidad y como quien no le daba importancia a las palabras le respondió: No me pagan nada, lo hago por amor.

Pesebre de amor

Hace tiempo que un viajero en una de sus vueltas por el mundo, llegó a una tierra, le llamó la atención la belleza de sus arroyos que cruzaban los campos, y los sembrados. Habiendo caminado ya un rato, se encontró con la casas del pueblo, sencillas, coloridas y con puertas abiertas de par en par. No podía creerlo... él venía de un lugar muy distinto. Se fue acercando pero su sorpresa fue mayor cuando tres niños, hermanitos, salieron a recibirlo y lo invitaron a pasar, los padres de los niños invitaron al viajero a quedarse con ellos unos días.

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El espantapájaros

En un lejano pueblo vivía un labrador muy avaro. Era tanta su avaricia que cuando un pajarito comía un grano de trigo encontrado en el suelo, se ponía furioso y pasaba los días vigilando para que nadie tocara su huerto.
Un día tuvo una idea. Ya sé, construiré un espantapájaros. Así alejaré los animales de mi huerto.
Cogió tres cañas y con ellas hizo los brazos y las piernas, luego con paja dio forma al cuerpo. Una calabaza le sirvió de cabeza, dos granos de maíz de ojos, por nariz puso una zanahoria y en la boca una hilera de granos de trigo.
Cuando terminó el espantapájaros le colocó unas ropas rotas y feas y de un golpe seco lo hincó en la tierra. Pero se percató de que le faltaba un corazón y cogió el mejor fruto del peral, lo metió entre la paja y se fue a su casa.
Allí quedó el espantapájaros moviéndose al ritmo del viento. Más tarde un gorrión voló despacio sobre el huerto buscando dónde podía encontrar trigo. El espantapájaros al verle quiso ahuyentarle dando gritos, pero el pájaro se posó en un árbol y dijo:

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Todos somos necesarios

Si la nota dijese: una nota no hace melodía... no habría sinfonía.
Si la palabra dijese: una palabra no puede hacer una página... no habría libro.
Si la piedra dijese: una piedra no puede levantar una pared... no habría casa.
Si la gota de agua dijese: una gota de agua no puede formar un río... no habría océano.
Si el grano de trigo dijese: un grano no puede sembrar un campo... no habría cosecha.
Si el hombre dijese: un gesto de amor no puede salvar a la humanidad... nunca habría justicia, ni paz, ni dignidad, ni felicidad sobre la tierra de los hombres.
Si María dijese: una mujer pobre y virgen no puede ser madre... no habría salvación.
Como la sinfonía necesita de cada nota, como el libro necesita de cada palabra, como la casa necesita de cada piedra, como el océano necesita de cada gota de agua, como la cosecha necesita de cada grano de trigo... la humanidad entera necesita de ti, allí donde estés, único y por tanto irremplazable.

Parroquia Sagrada Familia