Socorrista

Una tarde, bajo los árboles, el abuelo nos contó por qué eligió ser socorrista: "La casa donde vivía la abuela era increíble. Era muy difícil aburrirse allí a pesar de que no tenía televisor y mucho menos ordenador o tablet, que en esos años no existían ni en la imaginación de la mayoría de las personas. A veces, la abuela tenía que buscarnos alguna actividad porque estábamos cansados de estar todo el día en la escuela, y nos venían a buscar después de la cena. La abuela siempre tenía algo para distraernos. Una tarde, puso sobre la mesa enorme del comedor varias cajas de madera. —¿Qué hay dentro de las cajas? Al que adivine, le doy doble ración de tortitas. Las tortitas eran unas galletitas que hacía la abuela y mantenía en secreto la receta. Mamá le decía que se la diera, pero siempre había una excusa. El día que mamá la consiguió y las hizo, salieron horribles. Bueno, horribles del todo no, pero no eran las de la abuela. Siempre sospechamos que la abuela se había olvidado de decirle algo.

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Documentos

El abuelo comenzó con sus historias. "Cuando era pequeño, vivía en un apartamento muy pequeño con papá, mamá y mis hermanos. Mamá trabajaba en una fábrica y papá era enfermero en un hospital de niños. Los dos trabajaban mucho, y nosotros pasábamos muchas horas en casa de la abuela, un caserón en el barrio más antiguo de la Ciudad de Buenos Aires: en San Telmo. No era de ella, era la casera. Los dueños casi no iban, se habían mudado a otra zona.

Para nosotros, no había lugar mejor que ese barrio. Cada casa estaba impregnada de historia. Donde vivía mi abuela, las habitaciones eran enormes, repletas de muebles tan pesados que hubieran hundido el piso de un apartamento moderno. El caserón había servido de hospital durante la peste que azotó la ciudad cuando todavía era un pueblo, durante 1871. Mi abuela nos explicaba que por la puerta del garaje llegaban los carros llevando a los enfermos, que el enorme comedor había sido vaciado de muebles y habían colocado camas una al lado de la otra. Ese fue el momento en que la mayoría de las familias que vivían en esa zona, de las más ricas de la ciudad, se habían ido hacia Barrio Norte y Recoleta escapando de la enfermedad. Incluso el presidente de ese momento se había alejado de la capital. Así, muchas casas habían quedado vacías luego de haber quemado los muebles, la ropa y todo lo que había dentro. Se desconocía la causa de la enfermedad, pero creían que se contagiaba de persona a persona.

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Acto de Consagración a María

Del Santo Padre Francisco. Acto de consagración a la Virgen de Fátima, al final de la Misa con ocasión de la Jornada mariana.
(Plaza de San Pedro, 13 de octubre de 2013)

Bienaventurada María Virgen de Fátima,
con renovada gratitud por tu presencia maternal
unimos nuestra voz a la de todas las generaciones
que te llaman bienaventurada.

Celebramos en ti las grandes obras de Dios,
que nunca se cansa de inclinarse con misericordia hacia la humanidad,
afligida por el mal y herida por el pecado,
para curarla y salvarla.

Acoge con benevolencia de Madre
el acto de consagración que hoy hacemos con confianza,
ante esta imagen tuya tan querida por nosotros.

Estamos seguros de que cada uno de nosotros es precioso a tus ojos
y que nada de lo que habita en nuestros corazones es ajeno a ti.

Nos dejamos alcanzar por tu dulcísima mirada
y recibimos la consoladora caricia de tu sonrisa.

Custodia nuestra vida entre tus brazos:
bendice y refuerza todo deseo de bien;
reaviva y alimenta la fe;
sostiene e ilumina la esperanza;
suscita y anima la caridad;
guíanos a todos nosotros por el camino de la santidad.

Enséñanos tu mismo amor de predilección
por los pequeños y los pobres,
por los excluidos y los que sufren,
por los pecadores y los extraviados de corazón:
congrega a todos bajo tu protección
y entrégalos a todos a tu dilecto Hijo, el Señor nuestro Jesús.

Amén.

Idea genial

Faltaban pocos días para terminar el primer curso. La mayoría de los niños sabían leer bien, otros lo hacían con dificultad pero Javi, todavía no podía. La Seño estaba muy preocupada, le habían dicho que, para pasar de curso, sus alumnos debían saber leer y escribir. Los niños estaban trabajando en grupo para preparar los banderines para la fiesta de fin de curso mientras ella, sentada en el escritorio, ordenaba los cuadernos. Había pedido a los niños que llevaran a la escuela todos los que habían utilizado para ponerlos juntos, atados con una cinta roja y un gran lazo. Símbolo de lo que habían trabajado. Los colocaba sobre unas mesas que había tapado con una tela verde y sobre cada pila iba a poner una plantita, un cactus de su jardín, plantado en una lata pintada con tizas de pizarra.

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Observación

Santiago pidió a sus padres colocar su cama debajo de la ventana. En un primer momento, no aceptaron porque por ahí entraba mucho frío. La ventana era vieja y, por más burletes que le pusieran, era inevitable que se filtrara viento durante las noches de invierno. A él le gustaba ese sitio porque, acostado sobre la cama, veía el cielo. Su habitación daba a la calle. Hacía bastante tiempo que el farol estaba roto. Las casa vecinas eran bajas, no había tiendas y las noches eran muy oscuras.

A Santiago no le gustaba irse a dormir solo, y a sus padres les gustaba acompañarlo un rato mientras se dormía. —¿Quieres que baje la persiana? –le preguntaban todas las noches–. Total el farol está roto y no entra nada de luz proveniente de la calle. —No, me gusta dormirme mirando el cielo, las estrellas brillan con más fuerza. Su papá y su mamá llegaban cansados y muchas veces se quedaban dormidos sobre la cama de Santiago; cuando se despertaban a las dos o tres horas para pasarse a su cuarto, Santiago ya estaba profundamente dormido. Una mañana, Santiago se levantó y fue hacia la cocina. Sus padres desayunaban y era evidente que estaban muy enfadados. —¿Estáis peleando? —les preguntó. —No, estamos enfadados por el farol. Hicimos numerosas reclamaciones a través de cartas firmadas con los vecinos, mandamos fotos de la calle oscura a los diarios, nos paramos con carteles en la puerta del ayuntamiento, nos quejamos en la radio, pero no obtuvimos resultados favorables, el foco de la calle siegue roto. No vino nadie a verlo. —¿Por qué quieren que lo arreglen? –preguntó Santiago –. A mí me encanta dormirme mirando las estrellas; con el farol veo muchas menos. —Porque está muy oscuro, no se ve nada; si llegamos de noche, tenemos que usar linterna. ¡Hace más de tres meses que estamos así —Pero está buenísimo, mamá me dijo que de cada cosa podíamos aprender. —¿Dices que podemos aprender a arreglarlo nosotros? —No, digo que gracias a que estuvimos todo este tiempo sin el farol, desde mi ventana se veían las estrellas y la Luna. Me di cuenta de que hay un día en que la luna no se distingue, es como si hubiera desaparecido, aunque estoy seguro de que está ahí, ¿no? No se puede ir a ninguna parte. Ese día hay muchísimas más estrellas. Después, va creciendo, como una medialuna que va engordando hasta que un día está toda entera, brillante. Después va adelgazando hasta desaparecer nuevamente.

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Parroquia Sagrada Familia