Derechos del niño: Derecho a la educación

Javier soñaba con ser maestro, pero maestro rural. —¡Si a ti no te gusta el campo! –le decían sus familiares. —Si te gusta salir todos los fines de semana, ¿qué vas a hacer metido en medio de la nada? –le decían sus amigos. Javier les daba la razón, no le gustaba el campo, sino salir con los amigos al cine, al teatro, a todos los lugares que le permitía la gran ciudad en la cual nació y se crió. Sin embargo, al mismo tiempo, desde que había visto el aviso en la cartelera del profesorado, sentía una necesidad de ofrecerse para ser maestro rural. El día que dió el último examen, cuando los amigos le tiraban huevos en la cabeza, él quedó con la cara pegada a la cartelera de entrada: “Se necesita maestro en el paraje La Primavera, La Rioja”. Sin que hiciera el mínimo esfuerzo, se le grabó el teléfono al cual había que llamar. Al día siguiente, se comunicó y, en menos de una semana, tomó el autobús hasta los llanos de La Rioja.

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Derechos del niño: Derecho a la intimidad

En la familia de Marta, los niños elegían el regalo de cumpleaños. El Día del niño, Navidad y Reyes, salían a pasear con la familia o recibían algo para todos, una bicicleta, un juego de mesa... Si el regalo que deseaban era costoso, se lo hacían entre varios familiares o amigos. Cuando Marta cumplió 11 años, pidió a su abuela que le regalara un diario íntimo. —Uno de esos cuadernos que tienen candado para que nadie los pueda abrir –le dijo. —¿Para qué quieres uno de esos?, le preguntó la abuela. —Para escribir cosas mías, que nadie lea. La abuela sabía qué era un diario íntimo; cuando era pequeña también tenía un cuaderno en el cual escribía lo que hacía durante el día, especialmente lo que había sentido. Era un cuaderno de hojas cuadriculadas, en las cuales escribía con letra pequeña, sin dejar un renglón libre, cómo la maestra le decía que era lo correcto. En la escuela, eran muy estrictos: subrayar con regla y no escribir en el margen. Pero la abuela, en su diario, no dejaba ni un lugarcito sin escribir. A veces, empezaba a escribir en el centro de la hoja y seguía en espiral hasta cubrirla totalmente. Luego había que leerlo dando vueltas el cuaderno.

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Derechos del niño: Derecho a la identidad, a un nombre, a ser llamados como queremos

A Loto lo llamaron así desde que nació. Por supuesto, no era el nombre que aparecía en el documento del registro, pero era su nombre. En su casa, los amigos, el panadero, el carnicero y hasta el señor del quiosco de periódicos, le llamaban Loto. A la abuela le costó un poco más. —Tienes un nombre bonito: Ernesto es un nombre muy importante, hay un libro que se llama La Importancia de llamarse Ernesto de Oscar Wilde, un gran escritor –le decía la abuela y le mostraba el libro–. ¿Te puedo llamar Ernesto? —Bueno abuela, tu sí, pero a mí me gusta Loto, –contestaba su nieto. Y la abuela, con un poco de esfuerzo, comenzó a llamarle como él prefería. Cuando ingresó en la primaria, las cosas cambiaron. El primer día, en la clase, la maestra le preguntó cómo se llamaba. —Loto, –contestó. —No, ¿cuál es tu nombre? –insistió. —Loto –dijo Loto un poco molesto. —No te pregunto por el sobrenombre, quiero saber cuál es tu nombre, el que está en el documento. Loto le dijo el nombre que estaba en el documento y, desde ese día, fue Ernesto. Los compañeros, que lo acababan de conocer, también comenzaron a llamarlo Ernesto. Poco a poco, sus padres dejaron de decirle Loto, y los amigos del barrio y hasta la abuela volvió a llamarlo Ernesto.

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Derechos del niño: Derecho a jugar, a tener amigos

Pablo iba a una escuela de doble turno. Algunos días, a la salida, lo buscaba su padre y otros su madre. Llevaban algo para merendar en el viaje hasta el club donde entrenaba para jugar al fútbol. Era un muy buen defensor y amaba ese puesto. El entrenador le había preguntado si no quería probarse en la delantera del equipo porque veía que tenía grandes posibilidades, pero a él no le interesaba.

Un día, la maestra pidió una entrevista con los padres.

—No lo veo bien a Pablo, parece triste, cansado. El rendimiento bajó un poco, pero está bien... Me preocupa que no lo veo bien, le falta entusiasmo. El padre y la madre se fueron preocupados. ¿Qué le podría pasar? Aparentemente, Pablo tenía todo lo que podía querer un chico de su edad. Esa noche, durante la cena, decidieron hablarlo.

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Una historia real

La historia es real, pero los nombres no lo son. Hace muchos años, yo daba catequesis en una escuela a niños de nueve años. Un día, uno de ellos, Lucas, se me acercó y me dijo que Marquitos lo estaba molestando. Me llamó la atención porque Marquitos no era de molestar, por lo menos no solían acusarlo de esto, y parecía ser muy buen compañero. Pero, al mismo tiempo, Lucas no acostumbraba a traer quejas de sus compañeros. Marcos vino inmediatamente cuando lo llamé, con actitud de no saber para qué. —¿Necesitas algo, quieres que lleve el registro? –me preguntó. —No, te llamo porque Lucas dice que lo estás molestando. —¿Yo... a Lucas?, no le hice nada –contestó. La respuesta me sonó totalmente sincera y su tono de asombro auténtico. Entonces, llamé a Lucas y le pregunté qué era lo que le molestaba. —Me molesta que me pregunte por mi mamá, sabe que no tengo mamá. La respuesta me resultó extraña. Yo conocía a su mamá. Venía a buscarlo, era muy cariñosa, atenta de lo que le pasaba a su hijo, no faltaba a las reuniones de padres, nos había acompañado a varias salidas... —¿Cómo que no tienes mamá? Si yo la conozco... Y, antes de que pudiera terminar la frase, me interrumpió: —Soy adoptado –dijo con voz fuerte. El resto de los compañeros hizo silencio y nos miraron. Esperaban una respuesta de mi parte. —¿Y eso qué tiene que ver? –le pregunté. —¡Que yo no tengo mamá! Me salió del corazón contestarle: —¡Sí tienes mamá! Tu mamá es Marta, tu papá Francisco y tu hermanito Manuel. Tu abuela, esa señora que a veces te viene a buscar que siempre usa sombrero, y tu abuelo, el señor que vino a contar cuentos a la escuela el día de la feria del libro. Estoy segura de que tienes más familia, pero yo no la conozco. —Sí tengo más abuelos, un montón de primos, tías que me llevan de vacaciones, y hasta una bisabuela que me teje miles de bufandas. —Bueno, ves, esa es tu familia. Diferente a la de Marcos, diferente a la mía y a la del resto de tus compañeros. La familia son los que te aman, los que te cuidan, los que se preocupan por ti, los que te ayudan... Lucas se fue a seguir trabajando en el cuaderno, y yo guardé para siempre ese momento en mi corazón. Lo más bonito fue que dos años más tarde, cuando Lucas estaba en sexto grado, un día que estábamos rezando, levantó la mano y dijo: —Yo quiero agradecer por la señora que me tuvo. No sé por qué me dejó, pero yo ahora tengo una familia en la cual soy feliz.

No hay un solo tipo de familia. La única verdadera es la que está basada en el amor. El amor es algo que cuidamos y hacemos crecer entre todos. Hoy celebramos la Sagrada Familia, la de Jesús. También celebramos la familia de cada uno y pedimos que exista la unión, el amor y la preocupación por el otro. Pedimos especialmente para que todos los niños y las niñas tengan un hogar en donde sean queridos, respetados y puedan crecer en sabiduría y libertad.

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