Siémbrate, crece…

La pedagogía del grano de trigo es tan sabia y espiritual que tendríamos que tenerla más presente en nuestro proceso vital. La enfermedad, la muerte, nos espanta de alguna manera. Sin embargo, solo desde la limitación, la entrega, el darse hasta el final, el morir… es la vía para la vida. Ahí se desparrama, se extiende el Amor. Por eso: Siémbrate, crece… y comparte.

La Cruz es la vía del crecimiento. Ahí florecerá la espiga que se convierte en alimento. Todos estos textos que nos preparan a la Pascua del Señor, nos ayudan al cambio de mentalidad y a entrar en la esperanza del sueño de Dios para la humanidad.

Seamos grano de trigo… pequeño, que cae y muere. Confiemos en el Dios de la Vida. Siempre. Y en su Amor. Sin límite.

Ilumina

Acercarse a la Luz es acercarse a Jesús. Ya puede estar todo oscuro, en tinieblas, que si Jesús está cerca su Luz nos inunda. Eso es causa de profunda alegría. ¡Encuéntrate con Jesús e ilumina!

En la noche, en nuestras oscuridades, podemos dejarnos prender por la luz de Jesús. Esto le pasó a Nicodemo y a tantos otros que a lo largo de la historia se han dejado “encender” o “iluminar” por el Señor.

Un Evangelio positivo, desafiante porque nos habla de andar en la verdad, como Teresa de Jesús. Un Evangelio que nos llena de Luz y de esperanza. ¡Nos hace tanta falta! Un Evangelio para que resplandezca lo bueno, generoso, amable, solidario que hay en cada uno de nosotros. Un Evangelio para que brille el Amor de Cristo, fuente de toda luz y de todo amor.

Crisálida

Recuerdo una mañana en que yo había descubierto una crisálida en la corteza de un árbol en el momento en que la mariposa rompía la envoltura y se preparaba a salir. Esperé un largo rato; pero tardaba demasiado, y yo tenía prisa. Nervioso, me incliné y me puse a calentarla con mi aliento. Yo la calentaba, impaciente, y el milagro empezó a realizarse ante mí, a un ritmo más rápido que el natural.

La envoltura se abrió, la mariposa salió arrastrándose, y no olvidaré jamás el horror que experimenté entonces: sus alas no estaban todavía desplegadas y con su pequeño cuerpo tembloroso, se esforzaba en desplegarlas. Inclinado sobre ella, la ayudaba con mi aliento... En vano.

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Después de la tormenta...

Decían que en la región más alejada del reino, allá arriba, en las cumbres más altas, habitaba un gran sabio.

—¿Por qué será que los sabios siempre viven en zonas peligrosas, difíciles de alcanzar? — pensó la joven mientras sacaba de su mochila lo que no iba a necesitar: el traje de baño, libros que ya había leído y otros que eran muy pesados para cargarlos. También tenía allí recuerdos de amigos y familiares y muchas otras cosas que acumuló desde que dejó su hogar en búsqueda de la sabiduría.

La dueña de la posada le dijo que no se preocupara por sus cosas, que le guardaría todo hasta su regreso.
La joven, con una cantimplora con agua y unos panes, se dirigió hacia el camino que subía hasta la cumbre más alta.
Estaba tan convencida de lo que deseaba, que ni las ráfagas de viento ni las tormentas de nieve la detuvieron. En un momento, pareció que la naturaleza se cansó de luchar contra ella y salió el sol. Era un sol abrasador, sofocante.

—No, la naturaleza no se cansó —pensó la joven—, cambió de estrategia.

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El zapatero

Hace muchos años, en una aldea del norte, vivía un zapatero. Se llamaba Juan.
El último domingo de Adviento fue a Misa, pensando cómo se podía preparar mejor para celebrar la Navidad. ¿Qué puedo hacer yo -se preguntaba- para celebrar la Navidad como Dios quiere? ¿Qué podría ofrecer yo ese día?
Y así, lentamente, ya que había salido de su casa con tiempo, se dirigió a la Iglesia, a su parroquia.
Y cuando salió -¡qué contento!- ya sabía lo que le iba a regalar a Jesús el día de Navidad, y se lo contó a Miguel.

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Parroquia Sagrada Familia