Casa común

Era domingo, y la familia salió a pasear por el barrio hasta la plaza. Unos bocaditos y refrescos. La pelota y... la tablet –gritaron los niños–. ¡En la plaza hay internet! —Bueno, pero con la tablet, solo un rato. Llegaron a la plaza y se encontraron con algunos vecinos y compañeros de la escuela. Era un bonito día, después de una semana de lluvia, y eran muchas las familias que habían decidido salir a tomar un poco de sol. Niños y niñas corrían, jugaban a la pelota, se ensuciaban con el barro y disfrutaban del aire libre y la compañía. —Mamá, ¿podemos ver la tablet? —Ahora, con este sol, mejor vais a jugar. Cuando volvamos, vemos algo. —Bueno, pero bájanos la peli esa en que la Tierra se vuelve inhabitable y tienen que ir a otro planeta. ¡Es buenísima! Cuando empezó a oscurecer, recogieron las cosas y volvieron a casa. Se bañaron y se sentaron a ver la película.

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Entre todos

En la escuela, había una directora nueva, joven, con mucho entusiasmo y nuevas ideas. Propuso realizar un concurso de proyectos. El concurso era amplio, y el proyecto podía ser de cualquier tipo. El premio era muy tentador: un viaje a un parque acuático para todo el curso. La directora pidió a las maestras que motivaran a los niños para que participaran, y se puso una fecha para entregar los trabajos. Cada maestra habló con sus estudiantes y entregó una fotocopia con las bases del concurso. En un sexto grado, que no había salido de viaje de excursión por problemas económicos, pensaron que era una excelente oportunidad de poder hacerlo. Se les ocurrió pensar algo todos juntos.

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Los tres caracoles y el monstruo con un solo ojo, en la frente

Tres caracoles vivían en una hermosa casa con un gran árbol de aguacates en el fondo de su jardín. Por la noche, antes de dormirse, amasaban pan y lo dejaban reposar hasta la mañana siguiente. Amanecían con el Sol, se saludaban, prendían el horno, metían el pan hecho bollitos, se lavaban la cara y salían a buscar un aguacate para desayunar. Pelaban el aguacate, lo pisaban en un plato con un poco de sal y lo untaban sobre los panes. Desayuno de reyes, decían... aunque no tenían la menor idea de qué desayunaba un rey. Un día, se encontraron con que en el árbol no quedaba ni un aguacate y descubrieron unas huellas que venían... y luego se iban... —Sigamos las huellas. Pero primero apaguemos el horno.

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¿Una chica inapropiada?

Celia y Adrián eran dos hermanos que, en general, se llevaban muy bien. Celia había esperado por su hermano toda su vida, es decir, cuatro años. Se lo había pedido a sus padres con insistencia. Lo que Celia no había pensado era que su hermanito iba a crecer y apropiarse de, además del tiempo y la atención de la familia, sus juguetes y su espacio en la casa.

Una mañana, ella estaba jugando con muñequitos y bloques. Había armado una hermosa ciudad y disfrutaba de colocar animalitos y otros juguetes en las calles o en las casas; hasta que llegó su hermano, que quería armar otra ciudad para que sus autos corrieran una carrera. Su madre escuchó los gritos y corrió a la habitación. Los encontró amurallados detrás de una pila de bloques. —Si cada uno acapara los juguetes, al final, en vez de jugar, están sólo cuidando lo que cada uno tiene. ¡Eso no es muy divertido! Se nota en sus rostros. La mamá los convenció de que fueran con ella a la cocina. Estaba haciendo ñoquis, y la podían ayudar a cortar los choricitos de masa. Los juguetes quedaron desparramados por la habitación. Mientras cocinaban, la mamá les contó una historia de la familia. —Mi mamá, es decir, la abuela vuestra, tenía 5 hermanas. Eran seis mujeres; su papá trabajaba en un hospital y la mamá se quedaba en la casa. No era sencillo ocuparse de lo que necesitaba cada una. Los regalos de los cumpleaños eran ropa o zapatos; sólo en Navidad recibían un juguete.

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Sonia sueña

—¿Qué pasa Sonia? —preguntó su mamá que llegó corriendo al cuarto de su hija al oírla gritar. —Sueño, sueño con cosas graciosas –dijo Sonia medio dormida. —¿Eso eran carcajadas? Sonia soñaba mucho, tanto, tanto que a veces tenía más historias de sueño que de la vida despierta. A Sonia le encantaba contar los sueños. Su familia sospechaba que inventaba o, al menos, exageraba. No conocían a otra persona que, como Sonia, sintiera olores, tuviera sensaciones de suavidad, aspereza o viscosidad en los sueños.

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Parroquia Sagrada Familia