Después de la tormenta...

Decían que en la región más alejada del reino, allá arriba, en las cumbres más altas, habitaba un gran sabio.

—¿Por qué será que los sabios siempre viven en zonas peligrosas, difíciles de alcanzar? — pensó la joven mientras sacaba de su mochila lo que no iba a necesitar: el traje de baño, libros que ya había leído y otros que eran muy pesados para cargarlos. También tenía allí recuerdos de amigos y familiares y muchas otras cosas que acumuló desde que dejó su hogar en búsqueda de la sabiduría.

La dueña de la posada le dijo que no se preocupara por sus cosas, que le guardaría todo hasta su regreso.
La joven, con una cantimplora con agua y unos panes, se dirigió hacia el camino que subía hasta la cumbre más alta.
Estaba tan convencida de lo que deseaba, que ni las ráfagas de viento ni las tormentas de nieve la detuvieron. En un momento, pareció que la naturaleza se cansó de luchar contra ella y salió el sol. Era un sol abrasador, sofocante.

—No, la naturaleza no se cansó —pensó la joven—, cambió de estrategia.

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El zapatero

Hace muchos años, en una aldea del norte, vivía un zapatero. Se llamaba Juan.
El último domingo de Adviento fue a Misa, pensando cómo se podía preparar mejor para celebrar la Navidad. ¿Qué puedo hacer yo -se preguntaba- para celebrar la Navidad como Dios quiere? ¿Qué podría ofrecer yo ese día?
Y así, lentamente, ya que había salido de su casa con tiempo, se dirigió a la Iglesia, a su parroquia.
Y cuando salió -¡qué contento!- ya sabía lo que le iba a regalar a Jesús el día de Navidad, y se lo contó a Miguel.

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Peluche

Se estaba acercando la Navidad en nuestro pueblo. Lo que suele poner en movimiento muchos sentimientos diferentes. Desde los tiernamente familiares hasta aquellos religiosos más profundos. Y por supuesto otros no tan elevados, como los que tienen referencia a los hábitos alimenticios y los comerciales.

Una de las grandes jugueterías se había surtido generosamente a fin de satisfacer todos los requerimientos de sus clientes. En las estanterías podía verse de todo, desde artefactos bélicos de plástico, habitados por monstruos del más pésimo gusto televisivo, hasta muchas otras cosas bonitas y dignas de ser obsequiadas en la alegría navideña. Entre éstas se encontraba un precioso osito de peluche, de gran tamaño. Realmente era bonito. Parecía trasuntar cariño, y sus ojitos pequeños y brillantes le daban una extraña vida que cautivaba a quienes quisieran mirarlo con interés. Era un juguete valioso, y por tanto nada barato. Y Peluche lo sabía. Sin delirios de grandeza, él se sentía entre lo mejor que se podía conseguir en aquel lugar. Justamente ése era su drama. Porque los que tenían suficiente dinero como para comprarlo, no tenían niños a quienes obsequiárselo. Y los que tenían muchos niños carecían de dinero. El ser valioso era la causa de sus problemas. Porque a medida que se acercaba la Nochebuena, Peluche veía cómo las estanterías se iban vaciando de juguetes, mientras que él continuaba siendo admirado, pero sin que nadie se decidiera a adquirirlo para alegría de un niño. La ansiedad que había ido creciendo con las horas se le transformó en angustia, cuando vio que el dueño de la juguetería bajaba lentamente las pesadas cortinas metálicas de aquella juguetería. Luego se apagaron las luces y dentro reinó el silencio.

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El amor no tiene precio

Un turista en la India visitó un leprosario.
Allí vio a una enfermera curando las carnes podridas de un pobre leproso. Asqueado frente a lo que tenía delante le dijo a la enfermera: Yo no haría eso que usted está haciendo ni por un millón de pesos.
Ella le respondió: Vea usted, ni yo tampoco lo haría por un millón de pesos.
Asombrado el turista le preguntó: ¿Cuánto le pagan por hacerlo?
La enfermera dibujó una sonrisa de felicidad y como quien no le daba importancia a las palabras le respondió: No me pagan nada, lo hago por amor.

Pesebre de amor

Hace tiempo que un viajero en una de sus vueltas por el mundo, llegó a una tierra, le llamó la atención la belleza de sus arroyos que cruzaban los campos, y los sembrados. Habiendo caminado ya un rato, se encontró con la casas del pueblo, sencillas, coloridas y con puertas abiertas de par en par. No podía creerlo... él venía de un lugar muy distinto. Se fue acercando pero su sorpresa fue mayor cuando tres niños, hermanitos, salieron a recibirlo y lo invitaron a pasar, los padres de los niños invitaron al viajero a quedarse con ellos unos días.

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Parroquia Sagrada Familia