Sonia sueña

—¿Qué pasa Sonia? —preguntó su mamá que llegó corriendo al cuarto de su hija al oírla gritar. —Sueño, sueño con cosas graciosas –dijo Sonia medio dormida. —¿Eso eran carcajadas? Sonia soñaba mucho, tanto, tanto que a veces tenía más historias de sueño que de la vida despierta. A Sonia le encantaba contar los sueños. Su familia sospechaba que inventaba o, al menos, exageraba. No conocían a otra persona que, como Sonia, sintiera olores, tuviera sensaciones de suavidad, aspereza o viscosidad en los sueños.

Continuar leyendo

La buena noticia

La maestra nos dijo que, después del recreo, nos iba a dar una Buena Noticia. ¿Cuál sería? Con la señorita Marta, no compartíamos muchos gustos. De niños, nos gustaba correr, pero la Seño buscaba juegos tranquilos. Para niños y niñas, tranquilidad no es la mejor palabra para acompañar juegos, o por lo menos los juegos preferidos. Muchas veces, a la hora de la siesta, hay que jugar tranquilos o dormir, y los elegimos, pero no es una elección libre.

Continuar leyendo

Mensaje en la botella

Una mañana, el abuelo nos invitó a todos a desayunar en su casa. Eso es lo que esperábamos, porque el abuelo hacía churros rellenos, los mejores de la costa, y nos recibía con ese exquisito aroma a café y leche espumosa que preparaba. Él no se sentaba, porque los churros se comen calentitos y los iba haciendo en el momento. Mientras, nos contaba historias. Papá lo escuchaba y mamá leía el diario porque decía que ya se las sabía de memoria. Sin embargo, esa mañana, cuando el abuelo hablaba, dejó de leer y lo escuchó con atención. “Hay días fríos en la playa en que los socorristas tenemos que ir de todas formas, aunque la bandera esté roja, pues siempre hay alguien que se mete en el agua.

Una de esas mañanas, fría y medio lluviosa, estaba por prepararme un café cuando se me acercó un hombre, y comenzamos a hablar. Muchos socorristas hablaban mientras trabajan, eso a mí no me gusta. Se me hacía difícil estar atento a las personas que estaban en el mar. A veces eran pocas, pero al estar distribuidas a lo largo de la playa, exigía mirar hacia un lado y hacia el otro, incluso con los catalejos. Algún que otro compañero me tildaba de exagerado, pero a mí no me parecía así. Esa mañana, sin gente en la playa, era ideal para tomar café y hablar, pero siempre mirando hacia el mar.

Continuar leyendo

Socorrista

Una tarde, bajo los árboles, el abuelo nos contó por qué eligió ser socorrista: "La casa donde vivía la abuela era increíble. Era muy difícil aburrirse allí a pesar de que no tenía televisor y mucho menos ordenador o tablet, que en esos años no existían ni en la imaginación de la mayoría de las personas. A veces, la abuela tenía que buscarnos alguna actividad porque estábamos cansados de estar todo el día en la escuela, y nos venían a buscar después de la cena. La abuela siempre tenía algo para distraernos. Una tarde, puso sobre la mesa enorme del comedor varias cajas de madera. —¿Qué hay dentro de las cajas? Al que adivine, le doy doble ración de tortitas. Las tortitas eran unas galletitas que hacía la abuela y mantenía en secreto la receta. Mamá le decía que se la diera, pero siempre había una excusa. El día que mamá la consiguió y las hizo, salieron horribles. Bueno, horribles del todo no, pero no eran las de la abuela. Siempre sospechamos que la abuela se había olvidado de decirle algo.

Continuar leyendo

Documentos

El abuelo comenzó con sus historias. "Cuando era pequeño, vivía en un apartamento muy pequeño con papá, mamá y mis hermanos. Mamá trabajaba en una fábrica y papá era enfermero en un hospital de niños. Los dos trabajaban mucho, y nosotros pasábamos muchas horas en casa de la abuela, un caserón en el barrio más antiguo de la Ciudad de Buenos Aires: en San Telmo. No era de ella, era la casera. Los dueños casi no iban, se habían mudado a otra zona.

Para nosotros, no había lugar mejor que ese barrio. Cada casa estaba impregnada de historia. Donde vivía mi abuela, las habitaciones eran enormes, repletas de muebles tan pesados que hubieran hundido el piso de un apartamento moderno. El caserón había servido de hospital durante la peste que azotó la ciudad cuando todavía era un pueblo, durante 1871. Mi abuela nos explicaba que por la puerta del garaje llegaban los carros llevando a los enfermos, que el enorme comedor había sido vaciado de muebles y habían colocado camas una al lado de la otra. Ese fue el momento en que la mayoría de las familias que vivían en esa zona, de las más ricas de la ciudad, se habían ido hacia Barrio Norte y Recoleta escapando de la enfermedad. Incluso el presidente de ese momento se había alejado de la capital. Así, muchas casas habían quedado vacías luego de haber quemado los muebles, la ropa y todo lo que había dentro. Se desconocía la causa de la enfermedad, pero creían que se contagiaba de persona a persona.

Continuar leyendo

© 2014 Parroquia Sagrada Familia de Burgos (España) – Federico Martínez Varea s/n - 09006 Burgos - Diseño y Gestión Web: POI
Parroquia Sagrada Familia