Cuaresma: Caminar con gozo hacia la pascua

Fidel Herráez Vegas (Arzobispo de Burgos)

gil hellin

Una vez más nos sale al encuentro la Pascua del Señor. Para prepararnos a celebrarla, Dios nos ofrece cada año la Cuaresma que anuncia y realiza la posibilidad de volver al Señor con todo el corazón y con toda la vida. Con este mensaje deseo ayudar a todos lo que conformamos la Iglesia a vivir con gozo y verdad este tiempo de gracia». Así empieza el mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma de este año. Y así queremos acogerlo en nuestra Iglesia diocesana para vivir intensamente este camino hacia la Pascua.

El camino de la Cuaresma, cuarenta días desde el Miércoles de Ceniza hasta el Jueves Santo, tiene un profundo trasfondo bíblico vinculado a grandes acontecimientos de la historia de la salvación. Cuarenta días duró el diluvio universal, al que siguió la bonanza y la paz; al igual que permaneció Moisés en el Sinaí, y sucedió la entrega de la Ley y la Alianza; cuarenta años caminó por el desierto el pueblo de Israel hasta llegar a la Tierra prometida. Y cuarenta días, según los relatos evangélicos, Jesús permaneció en el desierto en oración y ayuno, venciendo al tentador. Ahora nosotros, como Iglesia, nuevo Pueblo de Dios, nos iremos preparando, durante cuarenta días, para vivir y celebrar la Pascua del Señor.

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Evangelio del domingo, 18 de febrero de 2018

‛Detente, mira y vuelve’. Estos tres verbos, con los que abrió el Papa Francisco la cuaresma, me parecen el mejor comentario al evangelio de este domingo. Porque este domingo se llama “de las tentaciones”, ya que Jesucristo las sufrió en el desierto y nosotros también. Nosotros, en efecto, somos puestos a prueba por Satanás. Y no durante cuarenta días, sino a lo largo de toda nuestra vida y, además, corremos el riesgo de no darnos cuenta de ello. Por eso, hay que pararse, detenerse.

Sí, hay que pararse, porque existe como un “mandamiento de vivir acelerado que dispersa, divide y termina destruyendo el tiempo de la familia, el tiempo de la amistad, el tiempo de los hijos, el tiempo de los abuelos, el tiempo de la gratuidad, el tiempo de Dios”.

Pero no basta con pararse. Es preciso mirar lo que se abre ante nuestros ojos en medio de la vorágine de la vida. No es fácil mirar, que es algo muy distinto de ver. Hay que mirar rostros concretos, rostros de carne y hueso. Los rostros de “nuestras familias que siguen apostando día a día para sacar la vida adelante”. Los rostros interpelantes de “nuestros niños y jóvenes cargados de futuro y esperanza, que exigen dedicación y protección”. Los rostros de “nuestros enfermos y de tantos que se hacen cargo de ellos”. Los rostros, especialmente, “de Cristo Crucificado por amor y sin exclusión” y el de su Madre, que también es Madre nuestra.

Si nos detenemos, si miramos con verdad y sin prisas estos rostros, veremos que es urgente e inevitable volver. Sí, volver a casa, volver a la iglesia, volver a los sacramentos. “¡Vuelve!, sin miedo a participar de la fiesta de los perdonados, a experimentar la ternura sanadora y reconciliadora de Dios. Deja que el Señor sane las heridas del pecado y cumpla la profecía hecha a nuestros padres: os daré un corazón nuevo”. Todos tenemos muchas heridas. Las de algunos son especialmente dolorosas, porque no se sienten queridos por nadie y han olvidado que son hijos, quizás pródigos, pero hijos de Dios, que está a la puerta para darles el abrazo de su perdón misericordioso.

Todavía no es demasiado tarde. Pero ya es hora de volver a casa.

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Campaña contra el hambre: Llamados a compartir

Fidel Herráez Vegas (Arzobispo de Burgos)

gil hellin

El segundo domingo de febrero se ha convertido en una de las referencias habituales para nuestra implicación cristiana y eclesial. La Campaña contra el Hambre, promovida cada año por Manos Unidas, ha conseguido formar parte de nuestra vida, porque nos urge a reflexionar, compartir y trabajar contra esa gran lacra que todavía sigue azotando amplios ámbitos de nuestro mundo. Todas las personas de buena voluntad de cualquier procedencia, religión, ideología... estamos invitadas a unir nuestras manos contra el hambre, la pobreza y las estructuras injustas que perpetúan esta situación. La Iglesia en España, a través de Manos Unidas, se siente «servidora de los pobres», y une sus manos con todos los que trabajan por el desarrollo y la promoción humana del llamado tercer mundo.

Nuestra Iglesia diocesana, quiere ser también, y pienso que lo es, especialmente sensible a esta realidad. Por eso hoy, al tiempo que os pido que sigamos trabajando en ello con empeño, deseo expresar mi admiración y mi agradecimiento a todas las personas voluntarias que entregan tanto esfuerzo, tanta generosidad y tanta ilusión sirviendo a nuestra Iglesia desde la ayuda a los más pobres, a quienes padecen hambre y necesidad; mi gratitud igualmente para quienes, desde las parroquias y arciprestazgos asumís proyectos concretos; o para quienes desde los Centros educativos y tantas instituciones y grupos lanzáis iniciativas de sensibilización y colaboración. A todos os animo a seguir siendo profetas en nuestro tiempo. También a interesar ya desde ahora a los niños y adolescentes para que se vayan solidarizando con esta tragedia de la humanidad.

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Evangelio del domingo, 11 de febrero de 2018

Hoy nos presenta el evangelio la curación de un leproso por Jesús. La lepra era una enfermedad terrible. No era muy definida, pues se unía a diversas enfermedades de la piel; pero se creía muy contagiosa, aunque no es tanto, y por eso a los leprosos se les excluía de la sociedad: debían vivir aparte y así su vida era muy penosa. Lo peor es que se les consideraba "impuros" o malditos, porque creían que era consecuencia de pecados y por lo tanto maldecidos por Dios. Esto era lo que más desagradaba a Jesús, que en varias ocasiones testificó que la enfermedad no tiene porqué estar de una manera necesaria unida al pecado, aunque puede ser consecuencia de un pecado.

Hoy se nos muestra la confianza de aquel leproso en la oración que dirige a Jesús y el amor misericordioso que Jesús muestra al curarle. Aquel leproso habría escuchado hablar de Jesús y mucho tuvo que sentir en su alma las palabras y las actitudes del maestro para acercarse y hacerle una petición. La ley mandaba que desde lejos gritase: "impuro, impuro" para que nadie se acercase; pero es tanta su necesidad y su confianza que se acerca para pedir. Encuentra a Jesús lleno de misericordia y sin ningún prejuicio. Para Jesús el amor está por encima de toda exigencia de normas y leyes externas. Se enternece ante una petición tan confiada y no sólo le sana, sino que antes le toca, como mostrando su gran misericordia. El amor es lo que debe ir formando nuestra conciencia para saber actuar en momentos conflictivos; pero un amor que sea desinteresado y gratuito, lo cual es difícil y debemos pedirlo al Señor.

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Derechos del niño: Derecho a la salud

La maestra de sexto grado preguntó a los niños: “¿Qué es estar sano?”. Algunas de las respuestas fueron: no estar enfermo, que no te duela nada, que estés fuerte, que no estés resfriado, que puedas venir a la escuela...

—Vamos a dejar anotadas esas respuestas en la carpeta, pero para la semana que viene, investigad en vuestras casas, preguntad a vuestros padres y abuelos, qué es estar sano. Cuando llegó el momento de poner en común las respuestas, la mayoría llevó escrito: “La salud (del latín salus-utis) es un estado de bienestar o de equilibrio que puede ser visto a nivel subjetivo (un ser humano asume como aceptable el estado general en el que se encuentra) o a nivel objetivo (se constata la ausencia de enfermedades o de factores dañinos en el sujeto en cuestión). El término “salud” se contrapone al de “enfermedad”, y es objeto de especial atención por parte de la medicina y de las ciencias de la salud”.

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