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Evangelio del Domingo, 10 de diciembre de 2017

Sociedad ‘líquida’, sociedad de la ‘posverdad’, sociedad ‘relativista’. Así se define a la sociedad actual. Aunque no coinciden del todo, las tres destruyen la verdad. ‘Líquido’, en efecto, es lo no consistente, lo que se escapa de las manos. ‘Posverdad’ es lo mismo que mentira. Y ‘relativismo’ equivale a que nada es ‘verdad ni mentira’. Si a eso añadimos que hoy nos preciamos de pervertir el significado del lenguaje, llamando, por ejemplo, ‘interrupción del embarazo’ a lo que es, en realidad, un aborto, no puede extrañarnos que se haya borrado del lenguaje y de la vida una de las palabras más importantes de la convivencia humana a nivel personal y social. Es la palabra ‘pecado’. Basta eliminarla, para destruir toda la historia de la salvación, cuya síntesis no es otra que la fidelidad de Dios a su Alianza y la infidelidad del hombre a ese pacto de amor mutuo.

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Un Ministerio al servicio de la Comunidad Eclesial

Fidel Herráez Vegas (Arzobispo de Burgos)

gil hellin

Se acaba de celebrar en nues­tra diócesis el Encuentro Nacional de los Diáconos Per­manentes. Es una buena ocasión para honrar su presencia entre nosotros, para agradecer su entrega al servicio de las comuni­dades cristianas, para valorar el mi­nisterio que ejercen y para fomen­tar esta vocación en nuestra propia diócesis.

En nuestra Iglesia diocesana hay dos diáconos permanentes. Tam­bién hay algunos miembros de nuestra comunidad que han inicia­do un período de discernimiento y de formación con el objetivo de ac­ceder igualmente a la ordenación como diáconos. En más de una ocasión os he hablado de la impor­tancia de los carismas y de los mi­nisterios para la vida concreta de la Iglesia. Gracias a ellos puede reali­zar su misión y atender a todas las tareas y necesidades. Hoy deseo ha­blaros de los diáconos permanen­tes, ya que es una realidad eclesial aún bastante desconocida o infra­valorada.

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La corona de Jesús

En una capilla hicieron una gran fiesta para entronizar la estatua de Jesús con una corona dorada y con piedras, que no eran preciosas ni muy valiosas, pero lo parecían. La comunidad estaba feliz con la adquisición, y, cuando llegaba algún visitante al pueblo, lo llevaban a mirar la estatua, única en toda la zona. Explicaban que la coronaron en la fiesta de Cristo Rey con el esfuerzo de la comunidad. Sentían que su pueblo y su iglesia eran los más importantes de la región gracias a esa estatua. Un sábado por la mañana, al abrir la iglesia, el cura levantó la vista hacia la fabulosa imagen y, con gran asombro, advirtió que la corona no estaba. No había señales de que la puerta hubiera sido forzada ni ventanas rotas. Inmediatamente llamó a la policía para denunciar el robo, pero los agentes no pudieron más que mirar, recorrer el pueblo y descubrir que todo estaba tranquilo. Esa tarde, cuando el cura fue a revestirse para la Misa, percibió algo que sobresalía debajo de las albas. Movió la ropa y encontró la corona. Corrió hacia la iglesia y, antes de que entrara la gente, la colocó sobre la cabeza de la estatua. ¡Qué alegría para el pueblo verla en su lugar!

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