Acoger, proteger, promover e inte­grar a los emigrantes y refugiados

Fidel Herráez Vegas (Arzobispo de Burgos)

gil hellin

Después de los días de Navidad, en los que hemos celebrado el acontecimiento de la veni­da de Dios a nuestro mundo y a nuestra historia, celebramos este do­mingo la Jornada
Mundial del Emigran­te y del Refugiado. Hace ya 104 años que la Iglesia nos pide dedicar juntos un día a reflexionar y rezar acerca de esta reali­dad creciente, un verdadero «signo de los tiempos», que nos habla de la necesi­dad de abrir el corazón especialmente a los hermanos que han llegado de otros lugares y forman parte de nuestra socie­dad y, muchos de ellos, también de nues­tra Iglesia. A los cristianos se nos pide hacer posible, en nuestras ciudades y en nuestros pueblos, una convivencia entre todos profundamente humana alimentada y sostenida a la luz de la fe, con la fuerza de la esperanza, de la caridad y de la justicia evangélica.

El papa Francisco comienza el men­saje que nos dirige, con ocasión de esta Jornada, con estas palabras: «Cada forastero que llama a nuestra puerta es una ocasión de encuentro con Jesucristo, que se identifica con el extranjero acogido o rechazado en cualquier época de la his­toria (cf. Mt 25,35.43). A cada ser humano que se ve obligado a dejar su patria en busca de un futuro mejor, el Señor lo confía al amor maternal de la Iglesia. Es una gran responsabilidad que la Iglesia quiere compartir con todos los creyen­tes y con todos los hombres y mujeres de buena voluntad, que están llamados a responder con generosidad, -cada uno según sus posibilidades- a los numero­sos desafíos planteados por las migra­ciones contemporáneas» Después nos invita a vivir nuestro compromiso cris­tiano y eclesial conjugando cuatro ver­bos, «acoger, proteger, promover e inte­grar a los emigrantes y refugiados». De estas cuatro propuestas quiero subrayar y ofreceros algunas de sus ideas.

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Evangelio del domingo, 14 de enero de 2018

En estos comienzos del año, después del bautismo de Jesús, la Iglesia nos presenta la llamada de algunos de los apóstoles. San Juan en su evangelio nos narra hoy el encuentro con Jesús de los dos primeros apóstoles: Andrés y otro, del que no pone el nombre, pero parece ser él mismo. Eran discípulos de Juan Bautista y la primera consideración es que van detrás de Jesús, porque se lo indica el mismo Bautista. Éste señala a Jesús cuando pasa diciendo: “Este es el Cordero de Dios”. Parece ser que ya les había hablado antes de aquel que debía venir detrás de él y del que no era digno ni desatar la correa de la sandalia. Palabras estas que significaban la grandeza de esa persona. Llamar a Jesús: el “Cordero de Dios” es una referencia a los sacrificios de la Pascua. Es posible que estuviera cercana esa fecha, como igualmente la hora de los sacrificios de los corderos, que solía hacerse a las cuatro de la tarde.

Normalmente nadie se encuentra con Cristo si alguien no se lo anuncia. Esta es la misión de nosotros cristianos: hacer conocer a Jesucristo entre la gente. Es nuestro deber señalar a Jesús, le sigan o no le sigan. Claro que usaremos las palabras y expresiones que se puedan comprender: Jesús es el que puede llenar nuestra vida y darla un verdadero sentido pleno. Pero más que con palabras y discursos es necesario el testimonio de nuestra vida. Decía un autor: “Sólo el que ha visto a Dios tiene derecho a hablar de El”. Sólo el que tiene una vivencia con Dios puede indicar a ese Dios de la vivencia. Tampoco es que sea necesaria una santidad extraordinaria. Muchas veces viene el encuentro con Jesús por los medios humanos sencillos: la amistad, familia, el participar de unos mismos ideales, si juntamente se da el testimonio de la vida.

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Derechos del niño: Derecho a jugar, a tener amigos

Pablo iba a una escuela de doble turno. Algunos días, a la salida, lo buscaba su padre y otros su madre. Llevaban algo para merendar en el viaje hasta el club donde entrenaba para jugar al fútbol. Era un muy buen defensor y amaba ese puesto. El entrenador le había preguntado si no quería probarse en la delantera del equipo porque veía que tenía grandes posibilidades, pero a él no le interesaba.

Un día, la maestra pidió una entrevista con los padres.

—No lo veo bien a Pablo, parece triste, cansado. El rendimiento bajó un poco, pero está bien... Me preocupa que no lo veo bien, le falta entusiasmo. El padre y la madre se fueron preocupados. ¿Qué le podría pasar? Aparentemente, Pablo tenía todo lo que podía querer un chico de su edad. Esa noche, durante la cena, decidieron hablarlo.

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El Bautismo del Señor

Fidel Herráez Vegas (Arzobispo de Burgos)

gil hellin

Ayer celebrábamos el día de la Epifanía del Señor, conocido familiarmente como el día de los Reyes Magos. La palabra «epifanía» significa «manifestación». Jesús se da a conocer. Aunque Jesús se dio a conocer a lo largo de toda su vida, la Iglesia celebra algunos acontecimientos en los que el Señor se manifiesta de modo especial. Ayer recordábamos la manifestación del Señor en la humildad del pesebre, una Epifanía de alcance universal, dirigida a la humanidad entera, representada en aquellos Magos venidos de Oriente para adorar al Rey anunciado por las Escrituras.

Hoy es la fiesta del Bautismo de Jesús, bautizado por Juan Bautista a las orillas del Jordán. Y con ello celebramos otra epifanía del Señor: Tras abandonar su vida privada y retirada en Nazaret, Jesús va a iniciar su vida pública y se manifiesta a su pueblo, a su gente como el Cristo, el Hijo Único del Padre, el Ungido para la misión que venía a realizar en la tierra. Porque aquel acontecimiento del Bautismo del Señor, como leemos en la narración evangélica, estuvo protagonizado también por el Padre, que le proclama como el Hijo amado al que tenemos que escuchar, y por el Espíritu Santo, que se hace presente en forma de paloma y que unge a Jesús de cara a la misión para la que había sido enviado.

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Evangelio del domingo, 7 de enero de 2018

El Bautismo de Jesús fue una de las cuestiones que más preocuparon a las primeras generaciones de cristianos. No acertaban a explicarse que siendo, como era, Jesús completamente inocente y sin mancha de pecado y el bautismo de Juan un bautismo para los pecadores, él hubiese venido al Jordán para que el bautista le bautizara. ¿Cómo conciliar un Jesús pecador y un Jesús sin pecado?

Hoy tenemos resuelta la aparente contradicción. Jesús era, ciertamente, tan inocente que no sólo no tenía pecado alguno sino que venía a destruir todos los pecados del mundo: “Este es el Cordero que quita el pecado del mundo”, proclamó el Bautista. Pero pudo destruir el pecado del mundo porque lo asumió como cosa propia, porque se hizo pecador en nombre nuestro. Cuando subió a la Cruz, lo hizo cargado con nuestros pecados, con los pecados de todos los hombres de todos los tiempos y culturas.

Esta solidaridad con nuestros pecados, que llevó a cabo sobre todo cuando entregó su vida por nosotros, quiso revelarla y realizarla ya en el río Jordán. Gracias a esta solidaridad con nosotros, nosotros podemos recibir un bautismo que destruye todos los pecados que llevemos a la fuente bautismal. Si somos pequeños, el pecado original, es decir, el que heredamos de nuestros primeros padres. Si somos adultos, ese pecado y cuantos hayamos cometido personalmente. Al celebrar hoy el bautismo de Jesús deberíamos reflexionar todos sobre nuestro bautismo. Los que ya lo hemos recibido, para agradecerlo y comprometernos a ser coherentes con él. Los padres, para seguir llevando a sus hijos a bautizar al poco de nacer y educarles luego en la fe cristiana. Los adultos y los niños de 7 a 14 años que no estén bautizados para acercarse a la Iglesia y prepararse a recibirlo. Nada hay más grande que convertirse en hijos de Dios y discípulos de Jesús. Eso es lo que hace, entre otras cosas, el maravilloso sacramento del Bautismo.

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