Santo Tomás de Aquino, un modelo y un ejemplo

Fidel Herráez Vegas (Arzobispo de Burgos)

gil hellin

La celebración de este domingo coincide con la fiesta de Santo Tomás de Aquino. Me ha parecido conveniente que en alguna ocasión, como hoy, prestemos atención a alguna de las figuras que la Iglesia pone ante nuestros ojos a lo largo del año litúrgico. En la liturgia celebramos ante todo los distintos momentos o aspectos del misterio de la salvación. Pero a la vez es importante dirigir nuestra mirada a los santos, hombres y mujeres que a su paso por la tierra han hecho realidad en su vida el plan salvador de Dios.

Tomás de Aquino es sin duda alguna una de las figuras más relevantes de la historia de la Iglesia. Junto con San Agustín ha sido decisivo en el pensamiento cristiano, en el campo de la filosofía, de la teología y de la espiritualidad. Por su claridad intelectual y por la elevación de su doctrina se le ha llamado «Doctor Angélico». Fue también proclamado patrón de las escuelas católicas, universidades y universitarios, por la pasión que manifestaba por la verdad y por la confianza que tenía en el estudio y en la razón para alcanzar esa verdad. Recordar a Santo Tomás ha de ser un estímulo para el mundo universitario, al cual dirijo también hoy con todo afecto mi saludo y mi reconocimiento.

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Derechos del niño: Derecho a la intimidad

En la familia de Marta, los niños elegían el regalo de cumpleaños. El Día del niño, Navidad y Reyes, salían a pasear con la familia o recibían algo para todos, una bicicleta, un juego de mesa... Si el regalo que deseaban era costoso, se lo hacían entre varios familiares o amigos. Cuando Marta cumplió 11 años, pidió a su abuela que le regalara un diario íntimo. —Uno de esos cuadernos que tienen candado para que nadie los pueda abrir –le dijo. —¿Para qué quieres uno de esos?, le preguntó la abuela. —Para escribir cosas mías, que nadie lea. La abuela sabía qué era un diario íntimo; cuando era pequeña también tenía un cuaderno en el cual escribía lo que hacía durante el día, especialmente lo que había sentido. Era un cuaderno de hojas cuadriculadas, en las cuales escribía con letra pequeña, sin dejar un renglón libre, cómo la maestra le decía que era lo correcto. En la escuela, eran muy estrictos: subrayar con regla y no escribir en el margen. Pero la abuela, en su diario, no dejaba ni un lugarcito sin escribir. A veces, empezaba a escribir en el centro de la hoja y seguía en espiral hasta cubrirla totalmente. Luego había que leerlo dando vueltas el cuaderno.

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Evangelio del domingo, 21 de enero de 2018

Hoy nos trae el evangelio la primera predicación de Jesús y la llamada definitiva a los 4 primeros apóstoles. El evangelista quiere enlazar a Jesús con Juan Bautista, el precursor, no sólo en cuanto a la persona, sino también en la doctrina de la conversión, aunque Jesús anuncia ese Reino de Dios como algo ya presente. En el mensaje de la primera predicación aparecen cuatro temas: el cumplimiento del tiempo, el Reino de Dios, la conversión y la fe en el Evangelio. Los cuatro se pueden resumir en lo que dice al principio: que Jesús comenzó a predicar el Evangelio de Dios. Evangelio significa la Buena Noticia. A veces cuando uno se pone a leer el periódico u oír la radio, quisiera leer o escuchar alguna buena noticia; pero con frecuencia lo único que se encuentran son malas noticias: gente que se mata, otros que mueren de hambre. Y sin embargo está la buena noticia de que Dios ha venido para decirnos que somos sus hijos, que el mundo está hecho en justicia, verdad y paz. Muchos no se lo creen; pero hay muchas personas que viven esta realidad del Evangelio con pleno gozo.

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El quehacer de la pastoral obrera

Fidel Herráez Vegas (Arzobispo de Burgos)

gil hellin

El próximo sábado vamos a celebrar en nuestra diócesis el tradicional Encuentro Diocesano de Pastoral Obrera bajo el lema ‘Ante el futuro del trabajo, quehacer de la pastoral obrera’. Será un tiempo para la reflexión, para el encuentro y el diálogo, para el discernimiento, para el compromiso. Pero, sobre todo, será una ocasión para poner rostros y nombres al sufrimiento concreto que, en torno al trabajo, viven hombres y mujeres de nuestra tierra. Y junto a los nombres, la preocupación, la ternura y la cercanía de la Iglesia. Porque donde hay un trabajador, especialmente un trabajador que sufre, ahí está el interés y la mirada de amor del Señor y de la Iglesia.

El trabajo sigue jugando un papel fundamental en la vida personal, familiar y social. Sin embargo, nos encontramos en una encrucijada histórica, en lo que se refiere al mundo del trabajo, que no sabemos a ciencia cierta a dónde nos lleva. Los cambios tras la crisis económica son significativos. Las ideologías que los provocan, por el contrario, sostienen la primacía del dinero sobre la persona. Y el sistema económico, en general, impide el trabajo decente que hace posible una vida digna; construye una forma de ser que deshumaniza y empobrece; y niega, con ello, el proyecto de Dios para los hombres y mujeres en el mundo del trabajo.

El Papa Francisco, hace pocos días, resumía en breves palabras esta situación sangrante: «No hay paz, ni desarrollo, nos decía, si el hombre se ve privado de la posibilidad de contribuir personalmente, a través de su trabajo, en la construcción del bien común. En cambio, es triste ver cómo el trabajo en muchas partes del mundo es un bien escaso. Hay pocas oportunidades para encontrar trabajo, especialmente para los jóvenes. Con frecuencia resulta fácil perderlo, no sólo por las consecuencias de la alternancia de los ciclos económicos, sino también por el recurso progresivo a tecnologías y maquinarias cada vez más perfectas y precisas que reemplazan al hombre. Y aunque, por un lado, hay una distribución desigual de las oportunidades de trabajo, por el otro, existe una tendencia a exigir a los trabajadores ritmos cada vez más estresantes».

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Derechos del niño: Derecho a la identidad, a un nombre, a ser llamados como queremos

A Loto lo llamaron así desde que nació. Por supuesto, no era el nombre que aparecía en el documento del registro, pero era su nombre. En su casa, los amigos, el panadero, el carnicero y hasta el señor del quiosco de periódicos, le llamaban Loto. A la abuela le costó un poco más. —Tienes un nombre bonito: Ernesto es un nombre muy importante, hay un libro que se llama La Importancia de llamarse Ernesto de Oscar Wilde, un gran escritor –le decía la abuela y le mostraba el libro–. ¿Te puedo llamar Ernesto? —Bueno abuela, tu sí, pero a mí me gusta Loto, –contestaba su nieto. Y la abuela, con un poco de esfuerzo, comenzó a llamarle como él prefería. Cuando ingresó en la primaria, las cosas cambiaron. El primer día, en la clase, la maestra le preguntó cómo se llamaba. —Loto, –contestó. —No, ¿cuál es tu nombre? –insistió. —Loto –dijo Loto un poco molesto. —No te pregunto por el sobrenombre, quiero saber cuál es tu nombre, el que está en el documento. Loto le dijo el nombre que estaba en el documento y, desde ese día, fue Ernesto. Los compañeros, que lo acababan de conocer, también comenzaron a llamarlo Ernesto. Poco a poco, sus padres dejaron de decirle Loto, y los amigos del barrio y hasta la abuela volvió a llamarlo Ernesto.

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