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El abuelo comenzó con sus historias. "Cuando era pequeño, vivía en un apartamento muy pequeño con papá, mamá y mis hermanos. Mamá trabajaba en una fábrica y papá era enfermero en un hospital de niños. Los dos trabajaban mucho, y nosotros pasábamos muchas horas en casa de la abuela, un caserón en el barrio más antiguo de la Ciudad de Buenos Aires: en San Telmo. No era de ella, era la casera. Los dueños casi no iban, se habían mudado a otra zona.

Para nosotros, no había lugar mejor que ese barrio. Cada casa estaba impregnada de historia. Donde vivía mi abuela, las habitaciones eran enormes, repletas de muebles tan pesados que hubieran hundido el piso de un apartamento moderno. El caserón había servido de hospital durante la peste que azotó la ciudad cuando todavía era un pueblo, durante 1871. Mi abuela nos explicaba que por la puerta del garaje llegaban los carros llevando a los enfermos, que el enorme comedor había sido vaciado de muebles y habían colocado camas una al lado de la otra. Ese fue el momento en que la mayoría de las familias que vivían en esa zona, de las más ricas de la ciudad, se habían ido hacia Barrio Norte y Recoleta escapando de la enfermedad. Incluso el presidente de ese momento se había alejado de la capital. Así, muchas casas habían quedado vacías luego de haber quemado los muebles, la ropa y todo lo que había dentro. Se desconocía la causa de la enfermedad, pero creían que se contagiaba de persona a persona.

En realidad, el causante de la fiebre amarilla había sido un mosquito llegado en barco. A pesar de la circustancia, el dueño de esa casona, se quedó y abrió las puertas de su hogar para ayudar a los afectados por la "peste". Todo esto nos lo contaba mirando una enorme reproducción de un cuadro de Blanes, colgado a la entrada de la casa, que representaba ese episodio. "Este lugar era un consultorio, aquí estaba la camilla, allá el escritorio y esa puerta era el baño. Aquí dormían los médicos y el dueño de la casa. Su familia se había ido, pero él permanecía colaborando con lo que podía. La casa tenía un enorme jardín que llegaba hasta el centro de la manzana. Había una higuera gigante. Jugábamos bajo la higuera mientras comíamos los frutos hasta no poder más. Luego juntábamos grandes palanganas para que la abuela hiciera dulce. Nosotros le decíamos caramelo. En esa época, no existían tiendas de chuches y sólo se conseguían caramelos en las farmacias, por lo que una cucharadita del dulce de la abuela era una golosina.

Una tarde, jugando a que éramos piratas que enterrábamos un tesoro en el fondo del jardín, hicimos un gran pozo (para nosotros era un gran pozo, pero tenía pocos centímetros) hasta que la pala chocó contra algo duro. Nos asustamos, después de las historias que habíamos escuchado de la casa, no sabíamos qué había ahí. Salimos gritando buscando a mi abuela que nos acompañó hasta el fondo mientras nos calmaba. Esta casa está más llena de amor que de enfermedad, repetía. Tomó la pala, y con dos o tres movimientos, sacó una caja recubierta en tela y papel. La llevamos a la cocina, con mucho cuidado la abrimos. Adentro había varios papeles. La caja no había impedido que el agua y la humedad se filtraran y era difícil ver lo que estaba escrito. Sin embargo, la abuela lo reconoció. Eran partidas de nacimiento de Italia. ¡Qué extraño! —Como no se sabía el origen de la fiebre amarilla, se culpaba a los más pobres y especialmente a los italianos que vivían en condiciones de hacinamiento, sin agua potable y sin cloacas. Se ve que alguien quiso ocultar su identidad. La abuela tomó la decisión de colocar los documentos en donde estaban, en el pozo al fondo de la casa. Y aunque de más grandecitos quisimos encontrarlos otra vez, nunca más pudimos dar con ellos... ". Cuando el abuelo terminó el relato, nos quedamos pensando en qué fácil es culpar al otro.

¿Emitimos juicios sobre los demás sin fundamentos? ¿Qué hacemos frente a las necesidades o sufrimientos de los otros?. Jesús nos envía a anunciar la Buena Noticia. El papa Francisco nos explica claramente cuál es: «Jesucristo te ama, dio su vida para salvarte, y ahora está vivo a tu lado cada día, para iluminarte, para fortalecerte, para liberarte».

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