La Cuaresma: el camino bautismal a Jerusalén

Mario Iceta Gavicagogeascoa (Arzobispo de Burgos)

mario iceta

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

«Mirad, estamos subiendo a Jerusalén…» (Mt 20,18). Estas palabras que el Señor les dice a los doce apóstoles nos abren el camino de este tiempo de Cuaresma que hemos comenzado con el Miércoles de Ceniza. Es un camino de cuarenta días a imagen del pueblo judío, cuarenta años camino de la liberación definitiva. Y también un camino bautismal que nos hace criaturas nuevas.

Pasión, muerte y resurrección. Un camino que hemos de recorrer junto a Aquel que «se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,8). Un tiempo de conversión para renovar la fe, avivar la esperanza y ensanchar la caridad. Así nos lo recuerda la imposición de la ceniza: nuestra propia fragilidad que necesita del Espíritu de Dios que es fuerza, vida y amor.

El Papa Francisco, en su mensaje cuaresmal para este año, nos anima a dejarnos seducir por la grandeza de ese Dios «que nos ama antes de que nosotros mismos seamos conscientes de ello». En este sentido, nos alienta a que «recibamos con el corazón abierto el amor de Dios que nos convierte en hermanos y hermanas en Cristo».

En la Cuaresma, Cristo nos invita a cambiar de vida, a mirarnos por dentro y a arrojar de nuestros corazones todo aquello que nos estorba e impide que Dios y los hermanos habiten en él. Es el tiempo de la contemplación silente, del mirar silencioso a la Cruz de Jesús para hacer nuestra la vida que Él nos ofrece.

Cuarenta días para dejarnos envolver por la presencia cálida del Señor, que viene descalzo a nuestro encuentro para pedirnos que recorramos con Él este desierto cuaresmal de purificación.

Cuarenta días de ayuno de lo que nos hace daño, de oración para acoger con profundidad la Palabra de vida y limosna que crea la humanidad fraterna.

Con la Cuaresma, se nos convoca a todos para hacer presente a Cristo, enraizados en el amor de Aquel «que me ha tejido en el vientre de mi madre» (Sal 139,13b) y que nos ha creado «a su imagen y semejanza» (Gn l, 26). La Cuaresma nos prepara para acoger el amor y, así ser capaces de ofrecerlo a quienes nos rodean. Para nosotros, los cristianos, la caridad es la prolongación de la presencia del Señor, que se da a sí mismo para educarnos a la generosidad del amor.

Vivir una Cuaresma de caridad, recuerda el Santo Padre en su carta, «quiere decir cuidar a quienes se encuentran en condiciones de sufrimiento, abandono o angustia a causa de la pandemia de Covid-19». Asimismo, señala que «la vía de la pobreza y de la privación (el ayuno), la mirada y los gestos de amor hacia el hombre herido (la limosna) y el diálogo filial con el Padre (la oración) nos permiten encarnar una fe sincera, una esperanza viva y una caridad operante».

Queridos hermanos y hermanas: en este tiempo de gracia, en este nuevo comienzo que nos lleva hasta un destino seguro –que es la victoria de Cristo sobre la muerte–, pongamos nuestras vidas en las manos maternas de nuestra Madre la Virgen María: Ella, al pie de la Cruz, en el corazón de la Iglesia y fiel a la promesa de su Hijo, nos enseña que el amor todo lo puede, todo lo espera y todo lo soporta (1 Cor 13, 7). Porque «el verdadero amor», como dejó escrito santa Teresa de Lisieux, «empieza cuando no se busca nada a cambio».

Con gran afecto, os deseo una santa Cuaresma, y pido a Dios que os acompañe con su bendición.

Parroquia Sagrada Familia