Evangelio del Domingo, 25 de diciembre de 2016 ¡Feliz Pascua de Navidad!

Fidel Herráez Vegas (Arzobispo de Burgos)

gil hellin

Me alegra poderos felicitar un año más en estas fiestas tan entrañables. Lo hago utilizando una expresión muy arraigada entre la gente sencilla que ha ido modulando su vida cristiana en torno a las tres Pascuas de nuestro año litúrgico: la de Navidad, la de Resurrección, la de Pentecostés. Y, por eso, en estas fechas compartimos nuestros mejores anhelos deseándonos ¡feliz Pascua de Navidad! Como recordaréis, el domingo pasado os invitaba a celebrar unas fiestas con un estilo evangélico de sencillez para poder experimentar que hay más alegría en dar que en recibir.

Este año la fiesta de Navidad cae en domingo. Y cada domingo es, como dice el Vaticano II, «la Pascua de la semana». Gracias al Espíritu derramado en Pentecostés, los cristianos celebramos, particularmente en la Eucaristía, la actualización de esa nueva vida arropada y regalada por el Dios del amor. Y lo celebramos cada día, cada domingo y cada año. La Navidad, siendo muy importante, lo hacemos una vez al año. Porque lo definitivo es la Pascua del Resucitado. Os invito a vivir este año la Navidad desde ese perfume pascual, para que la Navidad no se quede tan sólo en unos días que «tocan» nuestro corazón, sino que nos encaminen a adquirir una profunda alegría pascual. En su nacimiento el Señor comienza a pasar en persona por nuestro mundo hacia la Pascua de Resurrección. Jesús nació para darnos vida, para que todos tengamos vida en abundancia; y el Padre, en la fuerza del Espíritu, lo resucitó para que pueda ser la vida plena y total para el mundo.

San Agustín lo expresaba con claridad en uno de sus sermones: «La resurrección de Jesucristo el Señor es lo que caracteriza la fe cristiana. El hecho de haber nacido del hombre en un momento del tiempo aquel que era Dios de Dios con exclusión de todo tiempo; el hecho de haber nacido en carne mortal en la semejanza de la carne del pecado; el hecho de haber pasado por la infancia, haber superado la juventud y haber llegado a la edad madura y haberla conducido hasta la muerte, todo esto estaba al servicio de la resurrección. Porque no habría resucitado si no hubiera muerto, y no habría muerto si no hubiera nacido; por esto el hecho de nacer y de morir fue en función de la resurrección».

En nuestras celebraciones oiremos frecuentemente que «el Verbo se hizo carne» (Jn 1,14). «Hacerse» significa que asumió una experiencia nueva, ser hombre, ser como nosotros. «Carne» designa la existencia humana en su fragilidad y, por ello, en su debilidad, en su caducidad, en su vulnerabilidad ante las consecuencias del pecado; también el sufrimiento y la muerte. La carta a los Hebreos indica que Jesucristo alcanzó la «perfección» gracias a su misericordia que le hizo asemejarse a los hombres, sus hermanos, en las tribulaciones (cf. Heb 2 y 4). Ese fue el camino que se inicia en la Pascua de Navidad y se consuma en la Pascua de Resurrección. Dios, por su Hijo, se abaja y humilla para compartir el destino real de las personas.

El Papa Francisco, que durante el Adviento nos ha ido hablando del acontecimiento que celebramos en Navidad, sobre el texto de San Juan «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» nos dice: «¡En estas palabras, que nunca dejan de sorprendernos, está todo el cristianismo! ¡Dios se hizo mortal, frágil como nosotros, compartió nuestra condición humana, excepto el pecado, ha entrado en nuestra historia, se volvió plenamente Dios-connosotros!». Así, «el nacimiento de Jesús nos muestra que Dios ha querido unirse a todos los hombres y mujeres, a cada uno de nosotros, para comunicarnos su vida y su alegría»... «Dios es Dios-con-nosotros, Dios que nos ama, Dios que camina con nosotros. Éste es el mensaje de Navidad: el Verbo que se hizo carne».

También el Papa, en el documento publicado al final del año de la Misericordia, abunda en esto mismo y nos recuerda que «el amor es el primer acto con el que Dios se da a conocer y viene a nuestro encuentro (inicialmente haciéndose carne). Por tanto, abramos el corazón a la confianza de ser amados por Dios. Su amor nos precede siempre, nos acompaña y permanece junto a nosotros a pesar de nuestro pecado». De hecho, Dios pone su tienda entre nosotros, pecadores y necesitados de misericordia. Con el nacimiento de Jesús, ha nacido una promesa nueva, ha nacido un mundo nuevo, y también un mundo que siempre puede ser renovado.

El momento cumbre del rostro misericordioso de Dios tiene lugar en la Pascua del Resucitado. Ahora, desde la Navidad, caminemos esperanzados hacia ella en compañía del Verbo que se ha hecho carne. Mientras tanto, con todo mi afecto a todos los burgaleses, a todas vuestras familias, a los enfermos, a los que están solos y en particular a aquellos que por motivos diversos pasáis por situaciones especialmente necesitadas de la fuerza y la bendición de Dios, os deseo de corazón una santa y feliz Navidad.

 

Lectura del santo evangelio según san Juan (1,1-18):

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.
Él estaba en el principio junto a Dios.
Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho.
En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió.
Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio d él.
No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz.
El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo.
En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció.
Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron.
Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre.
Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne,
ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y grita diciendo:
«Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo».
Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia.
Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos ha llegado por medio de Jesucristo.
A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

Parroquia Sagrada Familia