La gloria escondida en la fragilidad

Queridos hermanos y hermanas:
El próximo miércoles, día 26, el calendario litúrgico nos recuerda la memoria de santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars, patrona de la ancianidad: una vida marcada, de principio a fin, por la silenciosa santidad de quien comprendió que Dios suele esconder sus tesoros donde el mundo apenas se detiene a mirar.
Tras un dificultoso camino de búsqueda vocacional, la santa nacida en Lérida en enero de 1843 descubrió que el Señor la llamaba a servirle en los ancianos abandonados. En ese rincón sagrado encontró el lugar donde podía amar sin medida, hasta llegar a fundar de la mano del canónigo de Barbastro Don Saturnino López Novoa, las Hermanitas de los Ancianos Desamparados. Esta obra, hoy en día, continúa llevando consuelo, auxilio y esperanza a miles de personas, desde los 204 hogares que tienen distribuidos en 19 países del mundo. Dos de sus casas se encuentran presentes en nuestra Archidiócesis. Son un inmenso don que la Providencia nos regala.
Cada anciano guarda una historia sagrada, un testimonio vivo de cómo Dios manifiesta la fuerza de su amor en la debilidad. En una vida que ha conocido alegrías y lágrimas, fidelidades y heridas, luchas silenciosas y esperanzas sostenidas únicamente por la gracia. Es precisamente ahí donde el Señor se hace presente: en lo frágil, en lo herido, en esos lugares donde la soledad grita en silencio y el corazón espera, quizá sin saberlo, una caricia de Dios.
Santa Teresa de Jesús Jornet comprendió esta verdad con una lucidez asombrosa. Su conocido lema «cuidar los cuerpos para salvar las almas» expresaba una intuición evangélica que iba más allá de un mero asistencialismo. El amor cristiano no puede separar el cuidado del cuerpo de la dignidad de la persona, porque Cristo mismo abrazó por entero nuestra humanidad. Este amor no se limita a aliviar una necesidad concreta, sino que busca lleva al otro la caricia de Dios. Es un amor que no pregunta si la vida sigue siendo útil porque, cuando sostiene una mano envejecida, escucha con paciencia una historia repetida o permanece junto a quien experimenta el peso de la soledad, entra en el misterio del Dios que se hizo carne para compartir nuestra fragilidad y llenarla de esperanza. En ese Reino, cualquier gesto ofrecido con alegría, ternura y compasión, posee un peso de eternidad.
En ese terreno donde el mundo contempla el ocaso de una vida, la fe descubre un lugar sagrado donde el amor de Dios continúa revelándose. Hoy, cuando contemplamos que las vidas de muchas personas mayores viven en una soledad no deseada, debemos sentir la misma urgencia de Santa Teresa Jornet por aliviar en lo posible este sufrimiento: esto puede ocurrir con nuestros propios familiares, en algún vecino o vecina que vive solo, en quien no tiene quien se ofrezca para acompañarle a pasear, o incluso en la dificultad de hacer la compra, o en ver un programa de televisión con compañía y afecto y no ante la soledad de la electrónica o de la Inteligencia Artificial…
Quien aprende a contemplar esos rostros envejecidos por el paso del tiempo, descubre que las arrugas son páginas donde el Padre va escribiendo –trazo a trazo– una historia de salvación.
«No hay nada pequeño cuando se trata de la gloria de Dios», decía la fundadora de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados. Tal vez sea una de las lecciones que más necesita nuestro tiempo: Dios no transforma el mundo mediante grandes acciones, acontecimientos o discursos, sino por medio de la escucha cotidiana, de la paciencia misericordiosa y de la presencia fiel junto a quien, aparentemente, no puede devolver nada a cambio. Y cada uno de nosotros puede aportar un grano de arena en esta tarea, al menos un ofrecimiento y una disponibilidad.
En los ojos de los ancianos continúa brillando el reflejo de Cristo, quien un día dijo: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40).
Que la intercesión de la Virgen María por medio de santa Teresa de Jesús Jornet nos conceda un corazón capaz de reconocer al Señor allí donde otros sólo ven debilidad. Para que aprendamos a vivir con el secreto que Ella misma nos dejó como herencia espiritual y que llevan grabado en el escudo de la Congregación: «Nuestros bienes, fuerzas y vida están al servicio de los ancianos desamparados, bajo la protección de la Virgen María Madre de Dios y de San José y Santa Marta». Ojalá sigamos este ejemplo, hasta que no haya ningún anciano en el mundo que viva la dureza de una soledad no deseada que le pueda hacer olvidar que sigue siendo infinitamente amado por Dios, que, sin demora ni esperas, nos envía a su encuentro.
Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.