Lourdes: el milagro de la paz, la fortaleza y la esperanza

Queridos hermanos y hermanas:
«No se entristezca tu corazón… ¿Acaso no estoy yo aquí, que soy tu Madre?». Estas palabras que la Virgen de Guadalupe le dijo al afligido Juan Diego un 12 de diciembre de 1531, parecen resonar hoy en la gruta del Santuario de Lourdes, a donde ha acudido la peregrinación diocesana organizada por la Hospitalidad burgalesa. En este santuario, podemos descubrir que la Señora no responde a todas las preguntas que nacen del sufrimiento, sino que permanece junto a quienes las llevan grabadas en lo más profundo de su alma. Y, a veces, esa presencia fiel vale más que todas las respuestas del mundo.
Digo con frecuencia, más allá de los milagros que el Señor sigue obrando por intercesión de su bendita Madre, que los milagros cotidianos y numerosos son los grandes dones espirituales que los enfermos, sus familias y quienes les cuidan reciben en la visita al santuario: la serenidad, la paz, la fortaleza, la esperanza, el servicio alegre…
Lo he comprobado en todas las ocasiones que he acompañado a la Hospitalidad tanto en mi servicio como obispo de Bilbao como ahora en el ministerio al servicio de la Iglesia burgalesa. Siempre digo que son, probablemente, algunos de los días más especiales de todo el curso pastoral. Lourdes nunca es el mismo lugar: porque quienes peregrinamos hasta aquí, regresamos transformados después de haber pasado por las manos de la Madre.
Es conmovedor contemplar a los enfermos: llegan hasta la gruta con sus fragilidades, ¡y quién no tiene en su vida múltiples fragilidades! ayudados por otras manos que no son las suyas pero que también pueden contar su historia de debilidad, marcadas por sufrimientos que se hacen compañeros de la vida, en muchos casos cronificados, con cicatrices visibles e invisibles… Y, sin embargo, con una esperanza que se vislumbra en sus miradas y en sus actitudes.
Rara vez encuentro en sus rostros un signo de tristeza o de rebeldía. Son ejemplos de fortaleza y resilencia ante la adversidad. Su confianza desarma los prejuicios, porque viven con una una paz que desconciertan; actitudes que solamente puede nacer de quien ha aprendido a luchar abandonándose en las manos de Dios y de la Virgen María. No existe otro lenguaje capaz de explicar este misterio de amor.
Hoy en día, mientras muchos exigimos explicaciones al Cielo ante una situación de desconsuelo o enfermedad, ellos parecen haber ido comprendiendo la pedagogía del Evangelio: que el amor de Dios no esquiva la cruz y exige nuestro compromiso cotidiano, pero nunca deja solo a quien la lleva, sino que lo reviste de fortaleza y confianza. En sus rostros se ven cumplidas una y otra vez, las palabras de Jesús: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11, 28).
Pero Lourdes sería incomprensible sin tantos voluntarios que, silenciosamente, hacen visible el Evangelio. Son hombres y mujeres que renuncian a su descanso, a sus planes y a su comodidad para servir sin esperar nada a cambio. No buscan protagonismo, no necesitan salir en ninguna portada, no empujan una camilla o curan una herida para alcanzar una suma prodigiosa de likes… Solamente buscan un hermano con el cual compartir la vida, al que cuidar, al que servir, al que amar gratuitamente.
Son los cireneos de nuestro tiempo: colaboran discretamente en empujar cuesta arriba una silla de ruedas, ofrecen un vaso de agua cuando aprieta el calor, escuchan una historia, regalan una sonrisa… y, sin apenas advertirlo, comparten con Cristo su humanidad herida y probada en todos y cada uno de nosotros, cada uno con sus fragilidades y desafíos. Y en un mundo que tantas veces mide el valor de las personas por lo que producen, estos voluntarios nos recuerdan que el verdadero amor sólo sabe donarse y compartir sin hacerse notar.
Decía santa Bernadette: «No se me prometió hacerme feliz en este mundo, sino en el otro». Pero quien ha estado en Lourdes sabe que ya, aquí, comienza esa felicidad serena que nace de saberse infinitamente amado. Porque todos necesitamos volvernos barro dócil entre las manos del Alfarero, corazones frágiles que no tengan miedo de ser moldeados una vez más por Él.
Lourdes nos enseña que la esperanza tiene un rostro de Madre y que la verdadera grandeza consiste en dejarnos hacer por Dios. Ante el sufrimiento, la última palabra siempre la tiene el Amor expresada en la fraternidad compartida de cada día.
Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.