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La Tradición: memoria viva de nuestros pueblos

16/08/2026

Queridos hermanos y hermanas:

«Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18, 20). Hay una ilusión especial en el regreso a nuestros pueblos, al origen de nuestra fe, al corazón de nuestras raíces. Al volver, descubrimos que también el alma encuentra el camino de regreso a Dios.

Son días de encuentro, de memoria y de alegría compartida. Pero, sobre todo, son días en los que Dios continúa saliendo al encuentro de su pueblo.

Decía el Papa san Juan Pablo II que la religiosidad popular es «una fe que se ha hecho cultura». En ella descubrimos que el Evangelio no permanece encerrado bajo llave en nuestra morada interior y en nuestras sacristías, sino que se hace sitio entre las calles, las casas, las familias, las conversaciones cotidianas y los corazones de quienes, quizá sin grandes discursos, siguen haciendo la señal de la cruz al paso de una procesión, encienden una vela o elevan una sencilla oración ante la imagen de la Virgen o el Cristo de su infancia.

La religiosidad popular nos recuerda quiénes somos. San Pablo VI, en la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, afirmaba que «refleja una sed de Dios que solamente los pobres y sencillos pueden conocer» (n. 48). Es también una fe que «hace capaz de generosidad y sacrificio hasta el heroísmo, cuando se trata de manifestarla». Por ello, el Pontífice exhortaba a acercarse a ella con mirada agradecida: «Hay que ser sensible a ella, saber percibir sus dimensiones interiores y sus valores innegables, estar dispuesto a ayudarla a superar sus riesgos de desviación». Bien orientada, concluía, «esta religiosidad popular puede ser cada vez más un verdadero encuentro con Dios en Jesucristo».

El Papa Francisco, en un discurso dirigido al congreso internacional de religiosidad popular de 2023 decía que esta realidad «es un tesoro del Pueblo de Dios. En ella se expresa una fe sencilla, arraigada en la vida de las personas, capaz de transmitir el Evangelio y de sostener la esperanza en medio de las dificultades.»

Qué hermoso es descubrir que las tradiciones que recibimos de nuestros mayores no nos atan al ayer, sino que nos abren el horizonte del Padre. «Vosotros sois todos hermanos» (Mt 23, 8), nos recuerda el Señor. Y esa fraternidad se hace visible cuando las diferencias dejan paso al encuentro, cuando nadie es extranjero, sino que percibe el gozo de una verdadera hospitalidad, y cuando la alegría de unos se convierte en la alegría de todos.

También Jesús formó parte de las tradiciones de su Pueblo: participó en las fiestas de Israel, peregrinó anualmente a Jerusalén y santificó con su presencia aquellos gestos que daban identidad a su Pueblo. Con su ejemplo, nos enseñó que las costumbres y ritos –cuando nacen y viven de una fe sencilla, sin máscaras y postizos– se convierten en caminos verdaderos que conducen al encuentro definitivo con Dios.

No permitamos que nuestras fiestas pierdan su alma y su sentido más profundo; que el ruido del presente no ahogue la alegría de una tradición bien vivida y que las nuevas modas no vacíen de sentido aquello que, durante siglos, ha alimentado la esperanza de tantas generaciones. Conservemos, con inmensa gratitud, este patrimonio espiritual y cultural, porque en él late una memoria que nos acerca a Jesucristo y que teje entre nosotros una fraternidad profunda y verdadera.

Le pedimos a María, tan presente en la devoción de nuestros pueblos, que nos enseñe a cuidar esta herencia con humildad, decisión y gratitud. Para que nunca perdamos el tesoro de una religiosidad que en sus hondas raíces se hace tradición, de una tradición que se hace cultura y de una cultura que, iluminada por el Evangelio, nos hace más hermanos, más humanos y, sobre todo, más de Dios.

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.