El lugar de Jesús

A Tomi, el más pequeño de mis nietos le gustaba quedarse a dormir en casa, especialmente, los viernes, porque Melisa, la abuela, le hacía milanesas con patatas fritas y, por la mañana, como era sábado y no tenía que ir al colegio, le llevaba un rico desayuno a la cama. Chocolate caliente con galletitas para él –si se despertaba después de las ocho, con churros o con facturas que yo iba a comprar a la panadería de mi barrio, que abría algo tarde porque los dueños, los sábados, descansaban una horita más– y té con bizcochitos para ella. Aunque se hubieran terminado las clases, Tomi seguía con esa costumbre. Yo me tomaba un café con leche en la cocina y, desde ahí, los escuchaba hablar y reír. De vez en cuando, Melisa me acercaba un té y me invitaba para que fuera con ellos. Sin embargo, a mí me encantaba escucharlos mientras ordenaba las cosas de magia, algo que hacía todos los sábados a la mañana. Hacía casi treinta años que no me metía de lleno en este arte maravilloso.

Ese sábado, que estoy recordando ahora, fue muy cerquita de Año Nuevo e inmediatamente después de Navidad, Tomi, después de haber tomado el suculento desayuno en la cama con la abuela, se levantó y se puso a conversar conmigo mientras jugaba con las piezas del pesebre y acomodaba a su gusto los adornos del arbolito. Alrededor de las doce del mediodía, pasó a buscarlo mi hija que, junto con su marido y sus otros hijos iban a pasar el día en el camping de la piscina municipal con un par de matrimonios amigos. Cuando se fue, me puse a mirar el pesebre para apreciar cómo le gustaba a él ubicar los personajes y los animalitos en la escena de la Nochebuena.

De pronto, me di cuenta de que no encontraba dónde había puesto al niño Jesús. Me parecía muy extraño que Tomi se lo hubiera llevado sin avisarme. Después de buscar un poco más en los lugares que imaginé que hubiera podido guardarlo, decidí preguntarle por teléfono para no perder tiempo inútilmente. Por supuesto, no conseguí comunicarme con el móvil de mi hija porque, seguramente, se había quedado sin batería o lo había dejado en algún bolso o algo parecido. Entonces llamé al móvil de mi yerno que me atendió enseguida y, después de saludarnos, me pasó con Tomi. Le pregunté por la imagen de Jesús y me contestó que no se la había llevado y que estaba «donde debía estar». Me recomendó que, antes de buscar a la ligera pensara un poco, como nos pedía que hiciéramos la abuela cuando buscábamos algo que no sabíamos dónde lo habíamos dejado. Me senté en el sillón y, al pasar Melisa, me preguntó qué estaba haciendo. Le respondí que estaba pensando cómo encontrar el niño Jesús porque Tomi me había dicho que él lo había puesto «donde debía estar». La abuela se rió, se dio vuelta y me dio el muñequito del niño. –¿Lo tenías tu? –pregunté. –No, pero fue muy fácil encontrarlo. Recordé que Tomi siempre dice que, cada vez que tu haces magia, algo nuevo nace entre la gente, se despierta el asombro, renace la ilusión y crece la alegría. Así que ahí estaba el Niño, en tu baúl de magia. Y ahí quedó hasta hoy. Porque Jesús está en medio de las cosas que hacemos desinteresadamente y con amor. Porque Navidad es todos los días en los que hacemos que Jesús, aunque sea a través de una sonrisa o despertando la ilusión de los demás, nazca en medio de nosotros.

Jesús está hoy entre nosotros. ¡Qué alegría! Dios, en el pesebre, es pequeño, necesitado de ayuda y de protección. María y José lo miran con amor y contemplan el misterio que tienen delante. Para ellos, la vida se transformó y ya no será igual. Para la humanidad, también algo se modificó, hay un antes y un después de Jesús. Él trajo la salvación. ¿Se modifica algo en ti en esta Navidad?

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