La familia Gabini - (2ª parte) Decisión difícil

Marcela llegó a un arreglo con la empresa en la cual trabajaba. Dos veces al mes debería ir a la ciudad y el resto del tiempo podría trabajar desde su casa. La apreciaban mucho y sabían que cumpliría con el trato. Daniel renunció a su trabajo, pero el dueño de la ferretería que lo estimaba mucho se ofreció a ayudarlo para que abra su propio negocio en Arroyo Corto. Los dos estaban muy ocupados con estos temas, mientras los niños organizaban qué llevarían a la nueva casa.

—¿Qué nos llevamos, qué dejamos?— preguntó Lucrecia.

—Esos peluches ya están pasados, dejarlos— dijo Carlitos.

—Ni locas, ¿por qué no dejas tú esos muñequitos de cuando tenías tres años? — ¡Porque son de colección! ¡Los compramos en el Parque Rivadavia con el abuelo! —Y estos peluches—aclaró Marisol— son de nuestro corazón...

—Chicos, dejen de pelear, dijo el papá cuando el tono de la conversación se convirtió en gritos. —El fin de semana vamos a ir a Arroyo Corto para ver la casa y los arreglos que hay que hacer... Ahí van a ver el espacio de las habitaciones y pensaremos lo que se puede llevar.

Los hermanos siguieron discutiendo bajito, para que nos los escucharan y los callaran. Era la forma que tenían de manifestar que la situación les preocupaba, porque no era sencillo para ellos mudarse tan lejos. El sábado salieron bien temprano. Los padres pensaron qué hacer para que el viaje fuera agradable. Grabaron la música que les gustaba a los chicos en un pendrive, hicieron bocadillos de jamón y queso para las chicas y de salame para Carlitos, tarta de naranja rellena de dulce de leche y llenaron la heladerita de zumos y chocolate. Casi, casi, como un día de cumpleaños.

Llegaron después del mediodía; la puerta tenía un candado. Seguramente la inmobiliaria que la había tenido a la venta se lo había puesto, pero después de tantos años, ya nadie tenía la llave. Tuvieron que romperlo. Una de las hojas de la puerta se cayó. Adentro, el tiempo había producido grandes deterioros. La familia recorría la casa en silencio. Marcela y Daniel se apretaban fuerte la mano. ¿Habrían tomado la decisión correcta?

—Vamos a tener que hacer más arreglos de los que pensábamos. ¿Nos alcanzará el dinero?— dijo Daniel mientras los chicos salían al patio.

—Además, vamos a tener que mudarnos mientras la estemos arreglando. Vamos a necesitar el alquiler del piso de Capital para ayudarnos con los gastos.

En ese momento golpearon a la puerta. Era una familia vecina. Dos jóvenes con un hijo pequeño y otro de la edad de Carlitos. Ni bien Marcela los vio, los reconoció: ellos jugaban juntos en la plaza cuando eran niños mientras ella pasaba algunos días de verano con sus abuelos. Marcela les contó que pensaban mudarse y que estaban preocupados por el deterioro de la casa.

—No se preocupen, nosotros los ayudaremos; para el pueblo es muy importante que vengan familias jóvenes, que el almacén de Ramos Generales abra nuevamente y, sobre todo, que se vean por aquí casas como estas. Forman parte de nuestra historia. Y, ahí mismo, mientras se escuchaban risas provenientes del patio, se pusieron los cuatro a pensar por dónde les convenía empezar. El vecino era electricista, su esposa profesora de física, sabía arreglar la instalación eléctrica y Daniel se daba maña para todo lo que fuera fontanería y carpintería. Marcela era la administradora, la que llevaba las cuentas e iba estableciendo los diferentes pasos. El domingo por la tarde, ya estaban casi convencidos de que la decisión que habían tomado no era tan descabellada como le decían muchos amigos de la Ciudad: "

¿Van a dejar toda la seguridad que tienen acá para ir a ese pueblito que nadie conoce?", les repetían constantemente.

 

¿Qué haces cuando tomas una decisión y surge un problema? ¿Te desanimas? ¿Sigues adelante, pides ayuda?. Una pelota de fútbol debe pesar entre 410 y 450 gramos. Si fuera más liviana, saldría volando por el aire y, si fuera más pesada, nos lastimaría el pie. ¿Por qué digo esto? Para pensar el evangelio de hoy. Seguir a Jesús, tiene un “peso”, pero no debe ser de más ni de menos. Hacer lo que quiero, en el momento que lo deseo, sin importarme el otro, es poco “peso”. Si seguir a Jesús lo vivo como un sufrimiento, como algo demasiado pesado, tampoco sirve. Jesús siempre nos pide lo justo para que el partido salga bien y todos disfrutemos.

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