La familia Gabini - (1ª parte) Decisión difícil

La familia Gabini vivía en la ciudad de Buenos Aires. Marcela y Daniel, mamá y papá. Carlitos, Lucrecia y Marisol, hijo e hijas. Marcela trabajaba como diagramadora para una empresa de indumentaria. Daniel era vendedor en una ferretería. La ciudad de Buenos Aires les parecía muy bonita, les ofrecía muchas oportunidades; al mismo tiempo los devoraba, los aprisionaba.

Los papás estaban cansados de andar a las corridas para llevar a los chicos a la escuela, presentar trabajos, abrir la ferretería, llevarlos y traerlos de inglés, de fútbol, de los cumpleaños... Sentían que les quedaba poco tiempo para estar juntos, para salir y disfrutar de las plazas, el cine, los teatros, de los cientos de espectáculos al aire libre y de las ferias artesanales.

Vivían en el barrio de Caballito, uno de los más poblados de la ciudad. Dicen que la esquina de Acoyte y Rivadavia es la más transitada de todas y, fue justamente en ese lugar que, ante una frase de Marisol, tomaron la decisión que les cambiaría la vida.

—¡Papá, estoy cansada de ver colas!, dijo la más pequeña.

No era una exageración, entre tanta gente, la niña no veía otra cosa, ni árboles, ni vidrieras, ni el sol.

—Nos vamos a ir a vivir a la casa de los bisabuelos, en Arroyo Corto. Mamá creció allí, es un pueblo hermoso— dijo el papá durante la cena.

—Ni loco, es un pueblo pequeño— dijo Carlitos. Me acuerdo que fuimos hace unos años. ¿No habían puesto a la venta esa casa? Ya estaba medio destruida.

—Sí, pero no pudimos venderla y quedó para mí, soy la única de la familia. Es una buena oportunidad. Tiene un local... —¡No, no quiero ir! Aquí tengo a mis amigos, vosotros tenéis trabajo, tenemos un bonito piso...

—¿Allá vamos a poder tener un perro?— preguntó Lucrecia.

—¡Y una piscina en el verano!— agregó Marisol.

—Mirad, les dijo la mamá— en Internet está la foto de la casa de los abuelos... —Está toda rota, tiene puertas de madera, ladrillos que parecen de barro... —La vamos a arreglar, las habitaciones son el doble de las que tenéis aquí, además, vais a poder tener una sólo para ti y otra para tus hermanas. Mirad bien esta foto, ¿ven algo extraño? —No, son bicicletas... —Sí, pero fijaos, están en la puerta de la escuela, sin candado, los chicos van y vienen de la escuela solos, pueden jugar en la plaza...

Las dos chicas estaban felices. Carlitos, ya en quinto grado, no estaba muy convencido. Esa noche, cuando Daniel fue a llamarlo para cenar, lo encontró mirando nuevamente las fotos.

—¿Y si no nos gusta? ¿Podemos volver? Vamos a dejar muchas cosas aquí.

—Sí, contestó Daniel. No vamos a vender este piso y vamos a venir a visitar a los abuelos. Sabemos que vamos a tener que dejar muchas cosas, pero estamos convencidos de que vamos a lograr otras mejores.

¿Alguna vez tuviste una experiencia similar? ¿Tuviste que dejar algo para conseguir algo mejor? ¿Qué sentiste? ¿Como una pérdida o como un logro?. Pensemos en lo que ganamos cuando seguimos a Jesús y no, en lo que dejamos. Busquemos el beneficio de todos, no sólo el individual. El que elije a Jesús, opta por el amor. Amor que es servicio, alegría, búsqueda de la justicia y de la paz, bienestar para todos. Si logramos esto, lo que tuvimos que dejar no nos va a importar porque logramos algo mucho más grande.

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