Evangelio del domingo, 4 de febrero de 2018

Jesús estaba en Cafarnaún. Había explicado su doctrina en la sinagoga y había curado a un poseído por un espíritu malo. La gente estaba admirada. En ese día se va a manifestar Jesús como sanador de enfermedades. Saliendo de la sinagoga, se va con los 4 primeros apóstoles a casa de Pedro. La suegra de éste está acostada, pues estaba enferma de fiebre, con calentura alta, según certifica el evangelista Lucas. Jesús, que siempre que se encuentra con el mal busca superarlo, muestra ahora su misericordia y ternura, tomándola de la mano y levantándola. Un rabino judío no se hubiera acercado a tocar a un enfermo, menos siendo mujer y menos siendo día de sábado. Pero para Jesús lo que importa es la manifestación de la bondad.

Una reflexión que podemos hacer es que en el mundo hay muchas clases de fiebres espirituales y quizá nosotros mismos estamos con calentura de avaricia, de soberbia, ira, orgullo, egoísmo, odio ambición, etc. Jesús pasa junto a nosotros y nos quiere curar. Lo primero esencial que se necesita es que el enfermo quiera curarse. Si esto es necesario en una enfermedad corporal ¡Cuánto más en una espiritual! Una señal de que la curación de la suegra de Pedro fue un milagro, es que inmediatamente se puso a servirles. Esto es lo que ella deseaba por estar en su casa. Y es lo que Jesús quiere de nosotros: si nos sentimos curados, debemos dedicarnos a servir a otros.
Jesús nos ha dejado grandes poderes de sanación espiritual, que muchas veces se manifiesta en lo corporal, por medio de los sacramentos. Para ello está el sacramento de la Reconciliación, la Eucaristía, en que nos unimos con el mismo Jesús, y la Unción de los enfermos. ¡Cuánto bien ha hecho este sacramento, muchas veces en el cuerpo, pero sobre todo en el espíritu, para aquellos que lo pueden recibir, enfermo su cuerpo, pero con consciente humildad y con mucha fe y esperanza en su espíritu!

Dice el evangelio que al atardecer muchos le llevaban a Jesús los enfermos en el cuerpo o endemoniados (enfermos mentales). De todos se compadecía y los curaba. Es curiosa la anotación de "al atardecer". Es muy posible que la gente tuviera cierto temor a los fariseos por lo del descanso sabático que terminaba al atardecer. Con ello nos quiere enseñar a los cristianos que ante el mal no debemos quedarnos cruzados de brazos. De hecho en la historia de la Iglesia encontramos muchos testimonios de santos y de instituciones, cuya labor predominante es la curación de enfermos.

Evangelizar no es sólo hablar, sino hacer positivamente el bien. Lo difícil a veces es saber equilibrar lo que debemos hacer y acompañarlo con la oración. Por eso muy de mañanita se retiró a solas a orar. Jesús, como hombre, necesitaba orar. Y esta es una gran enseñanza que nos da a todos. La oración es necesaria para encontrar la paz del espíritu, saber que estamos unidos cada vez más con Dios y encontrar el verdadero sentido de la misión, como Jesús encontraba el sentido de su misión como Mesías. De la oración profunda y larga volvía a los suyos renovado, luminoso y sereno. No parece ser que orase con muchas palabras o palabrería, como El nos dice alguna vez. Más bien serían afectos interiores. Así nuestra oración nos marca la manera de ser.

Otra reflexión que podemos hacer al ver a Jesús sanando enfermedades y otras clases de males es el porqué de tantos males que hay en el mundo. Muchas personas no ven el sentido de un Dios misericordioso, cuando en verdad hay tantos males. Hay cosas esenciales que debemos saber: Dios no quiere el sufrimiento. Ciertamente es un misterio el porqué es así el mundo; pero sabemos que este mundo es un paso para el definitivo y totalmente feliz. La libertad es un bien. El mal proviene de haber usado mal la libertad. Dios mismo ha venido a sufrir con nosotros; pero nos enseña a trabajar para desterrar todo el mal que podamos con nuestras fuerzas. El mal no es un castigo y Dios mismo nos da fuerzas suficientes para superarlo y poder sacar bienes de todo mal. Pidamos gracia para comprenderlo y para trabajar con alegría por el bien.

 

 

Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,29-39):

En aquel tiempo, al salir Jesús y sus discípulos de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar. Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar.

Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron:

«Todo el mundo te busca.»

Él les respondió:

«Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido.»

Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios.

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