Evangelio del Domingo, 24 de diciembre de 2017

No suele suceder que, al comentar el evangelio de este domingo, se pueda decir: “Esta noche es Nochebuena y mañana Navidad”. Efectivamente esta noche, vayamos o no a la Misa de Gallo, todos estaremos reunidos a la mesa porque es Nochebuena. Y todos nos felicitaremos con este sencillo y emotivo saludo: “Feliz Navidad”. Ahora, cuando los vientos contaminados de la historia tratan de manchar las aguas cristalinas de este inefable misterio, quizás no esté de más recordar que Navidad es lo que aprendimos de nuestros padres, de nuestros sacerdotes, de nuestros vecinos de toda la vida: Navidad es el Nacimiento de Dios hecho hombre para salvarnos del pecado y de la muerte eterna.

Una Noche como la de hoy, hace unos dos mil años, la Virgen María nos entregó al Hijo que llevaba en sus entrañas. El Hijo que no tenía como padre a un hombre sino que había sido concebido por el Espíritu Santo. Dios se había fijado en Ella y por medio del ángel le había comunicado que la necesitaba para que le diese a su Hijo lo que todas las madres, y sólo ellas, pueden dar: su amor de madre, su seno, su carne, su sangre, en una palabra: todo. A Ella incluso se le pidió más: que se entregase en cuerpo y alma a la misión que ese Hijo venía a cumplir. María se encontró ante una maternidad absolutamente desconocida, porque nunca había existido otra igual ni volvería a existir: ser hecha madre por el mismo Dios.

¡Qué acto de fe tan grande tuvo que hacer para aceptar lo que el ángel le proponía! No se le pedía aceptar una serie de verdades. Se le pedía fiarse completamente de Dios. Ella, a ojos ciegas, respondió con la palabra que una judía de su tiempo daba una respuesta afirmativa: “Amén”.

 

Lectura del santo evangelio según san Lucas (1,26-38):

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.

El ángel, entrando en su presencia, dijo:

«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.»

Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.

El ángel le dijo:

«No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.»

Y María dijo al ángel:

«¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?»

El ángel le contestó:

«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.»

María contestó:

«Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.»

Y la dejó el ángel.

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