Evangelio del Domingo, 26 de marzo de 2017

El evangelio de este domingo es la segunda catequesis sobre el Bautismo que la Iglesia imparte a los que lo recibirán en la próxima Pascua y a quienes ya lo han recibido, pero lo renovarán con las promesas bautismales de la Noche Pascual.

La Iglesia se sirve de un milagro espectacular realizado por Jesucristo: la curación de un ciego de nacimiento, al que mandó lavarse en una piscina "Fue, se lavó y vio". Es lo que sucede en el Bautismo: vamos ciegos, Cristo nos da su luz de Resucitado-simbolizada en el Cirio Pascual que está en el Bautisterio- y comenzamos a ver. Por eso las fuentes primitivas llaman "iluminado" al que era bautizado.

Pero el ciego que recobró la vista no sólo nos muestra el milagro sino el proceso de fe que recorrió y que tuvo tres etapas. En la primera sólo sabe que quien le curó "se llama Jesús". En la segunda ya ha descubierto que es "un profeta". En la tercera confiesa que es el "Hijo del hombre", expresión equivalente a "Dios". Todavía hay un tercer elemento bautismal: Las dificultades que tuvo que afrontar por profesar que Jesús era Dios: los jefes le llenan de improperios y le expulsan de la sinagoga.

Nosotros hemos recibido la luz de Cristo, porque estamos bautizados. Pero no es improbable que la luz de la fe que recibimos entonces esté demasiado mortecina sino apagada. Necesitamos recorrer el itinerario del ciego: ir a Jesús, decirle que nos devuelva o afiance la fe y pechar con las consecuencias.

Ir a Jesús es ir a su Palabra, acercarte luego al sacramento de la Reconciliación y, después, concluir en la Eucaristía participada y comulgada para seguir a Cristo pase lo que pase. ¡Qué alegría la del ciego al ver las cosas y las personas, ante las cuales pasaba cada día pero no existían para él! La misma que tendremos nosotros cuando reavivemos nuestra fe y descubramos ¡otra vez! para qué hemos nacido, qué sentido tiene nuestro trabajo, por qué sufrimos, qué hay después de la muerte, en una palabra: el sentido verdadero de nuestra existencia.

 

 

Lectura del santo evangelio según san Juan (9,1.6-9.13-17.34-38)

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Y escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).»
Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ése el que se sentaba a pedir?»
Unos decían: «El mismo.»
Otros decían: «No es él, pero se le parece.»
Él respondía: «Soy yo.»
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.
Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo.»
Algunos de los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.»
Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?»
Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?»
Él contestó: «Que es un profeta.»
Le replicaron: «Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?»
Y lo expulsaron.
Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?»
Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?»
Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.»
Él dijo: «Creo, Señor.» Y se postró ante él.

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