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Llamados por nuestro nombre

08/11/2026

Queridos hermanos y hermanas:

El Espíritu no deja de suscitar comunión allí donde un corazón se ofrece con generosidad. Por eso Dios cuenta con nosotros y antes de que aprendiésemos a contar con Él, ya había pensado en cada uno de nosotros para seguir haciendo presente su amor en el mundo. En esta certeza se inspira el Día de la Iglesia Diocesana que celebramos hoy: una invitación a redescubrir que nuestra archidiócesis no es una estructura eclesial sin alma, sino el hogar donde Dios nos reúne como familia.

Las cuentas de Dios no responden a los criterios del mundo; su mirada se detiene en rostros concretos, su voz pronuncia nombres propios y su corazón custodia historias irrepetibles. Así, antes incluso de que existiéramos y de ser formados en el vientre de nuestra madre, ya habitábamos en su corazón de Padre (cf. Jr 1, 5). Porque no ha dejado nunca de llamarnos y porque nadie es prescindible para su amor. Esta es una de las razones más hondas del misterio de la fe; y así nace la Iglesia, como un linaje consagrado por la Trinidad.

En este Día de la Iglesia Diocesana nos preparamos para escuchar la voz del Señor, que –suave y cuidadosamente– sigue guiándonos. Cuando Él nos llama, no solamente nos identifica: nos reconoce en nuestra verdad más profunda, nos recuerda con el amor con el que nos soñó desde siempre, nos abraza sin borrar ninguna de las páginas de nuestra historia, nos cuida cuando el camino se torna incierto, nos sostiene, nos modela y nos ampara para que ninguna de nuestras alegrías y tristezas se pierda. Dios reescribe la historia para perpetuar que somos amados, llamados y enviados para hacer visible el Reino. Sólo quien escucha su nombre en los labios del Padre descubre que su vida no es fruto de la casualidad, sino que es la respuesta a una vocación concreta: la de amar siendo plenamente suyos, sin más condición que su amor derramado en la cruz.

Nuestra vida está entretejida con la de todo un pueblo que peregrina unido hacia Él. Y la Iglesia crece en santidad cuando uno de sus bautizados ofrece con generosidad aquello que sólo él puede ofrecer. Entonces se cumple la sublime intuición de san Pedro de convertirnos en piedras vivas (cf. 1 Pe 2, 5)para continuar construyendo una Iglesia que camina unida, comparte sus dones y anuncia al mundo que Dios escribe –con la vida de sus hijos e hijas– la historia siempre nueva de su Reino.

Nuestra archidiócesis es el lugar donde el Evangelio se escribe con el rostro de cada uno de sus fieles. Por eso, en esta Casa común que peregrina en Burgos sabemos que creer es siempre pertenecer a Dios, a una comunidad y a una misión. Desde este horizonte trinitario, somos –en palabras del apóstol de los gentiles– «miembros de la familia de Dios» (Ef 2, 19), y estamos llamados a crecer juntos bajo un mismo Padre y sostenidos por un mismo Espíritu: hasta convertirnos en un solo cuerpo en Cristo y hacer, de nuestra vida, una transparencia humilde de su amor. Que María, Madre de la Iglesia Diocesana, nos ayude a escuchar la voz del Señor con la misma confianza con la que Ella respondió al Padre.

Con gran afecto pido a Dios que os bendiga.

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos