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El amor es el camino de la santidad

01/11/2026

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy celebramos el día de Todos los Santos: «Personas que han vivido con los pies en la tierra; que han experimentado la fatiga cotidiana de la existencia con sus éxitos y sus fracasos, encontrando en el Señor la fuerza de volver a levantarse siempre y continuar el camino», decía el Papa Francisco en el Ángelus en noviembre del año 2019.

Esta solemnidad nos invita a la esperanza, a seguir la senda de nuestro Padre del Cielo (cf. Mt 5, 48) y, al mismo tiempo, nos recuerda que la santidad es un don y una llamada, porque es fruto de la gracia de Dios y de la respuesta generosa de quien la recibe.

El amor verdadero tiene el poder de transformar cualquier vida rota, hasta el punto de convertirla en santa. También los santos vivieron la debilidad y, en su humanidad, experimentaron el dolor de los tropiezos y de las fragilidades; pero ahí, en medio del fuego y del barro, decidieron imitar a Jesús hasta el punto de dar sus propias vidas por Él, siempre asistidos por la gracia salvífica de Dios.

«La santidad es el camino de la plenitud que todo cristiano está llamado a seguir en la fe, avanzando hacia la meta final: la comunión definitiva con Dios en la vida eterna», insistía el Papa Francisco durante aquel Ángelus. Muchas veces nos cuesta reconocer la santidad de lo cotidiano, la que no aparece en los altares ni en las portadas de los libros, la que no se reconoce en estatuas ni en fechas señaladas en el calendario. Es la santidad que acontece lejos de las miradas; precisamente por eso, puede llegar a pasar desapercibida, incluso, para quienes la viven.

Es la santidad de quien prepara la comida durante horas para que a nadie le falte un plato en la mesa; la de quien cuida a un enfermo durante años y no profiere una sola queja; la de quien aprende a amar en los momentos difíciles de una familia, de una relación o de un trabajo; la de quien lleva a cabo una labor concreta con la mayor honestidad del mundo cuando podría elegir un camino más fácil; la de quien acompaña a sus padres o a sus hijos cuando los años comienzan a pesar; la de quien perdona sin que nadie llegue a saberlo…

Ahí también está Cristo. Para ser santos no tenemos que realizar labores imposibles. De hecho, hay personas que viven muy cerca de nosotros que jamás serán noticia y, sin embargo, han hecho de su vida una noticia para el Cielo. La respuesta que buscamos no está en cambiar de ruta, sino en descubrir que Dios ya está caminando a nuestro lado por el camino que tenemos ante nuestros ojos. Mientras nosotros nos dejamos seducir por los resultados, los méritos adquiridos, el éxito cosechado o el número de personas que conocen nuestro nombre, Dios tiene otra manera de conocer. En el corazón de Dios quedarán escritos esos pequeños gestos que el mundo considera insignificantes ante sus ojos: esa mano que tendiste después de la herida que más dolió, esa paciencia que nadie vio o esa oración que ofreciste por alguien que nunca supo que rezabas por él…

Nada de eso se pierde, porque todo lo que se hace con amor queda escrito en el libro de la vida. Y quizá, una de las mayores sorpresas del Cielo sea descubrir que muchas de las cosas que considerabas pequeñas en esta tierra, fueron maravillosas para Dios. Por eso, la santidad no está tan lejos de lo que pensamos.

Que María, Reina de Todos los Santos, nos enseñe a caminar por ese sendero delicado, humilde y luminoso. Y que, cuando llegue el último día, podamosdescubrir que la santidad no estuvo en las grandes cosas que hicimos, sino en el amor con el que realizamos las más pequeñas, sostenidas y alentadas siempre por la gracia de Dios; todo aquello que Él guardó para siempre en su corazón.

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos