La liturgia, fuente y culmen de la vida cristiana

Queridos hermanos y hermanas:
«Siendo Dios omnipotente, no podía dar más; siendo muy sabio, no supo dar más; y siendo muy rico, no tenía nada más para dar». Estas palabras de san Agustín siguen haciéndose vida hoy en el altar, cada vez que el Pueblo de Dios se reúne para celebrar el Misterio del Señor.
Esta semana celebramos las LV Jornadas Nacionales de Liturgia para sacerdotes, religiosos y laicos, que en esta ocasión tienen como tema central El servicio litúrgico de los ministros extraordinarios de la sagrada comunión (MESC). En medio de este encuentro, que desea ofrecer un espacio de formación y reflexión sobre la misión de dichos ministros, su participación en la celebración eucarística, su servicio a las personas enfermas y la espiritualidad propia de estos ministerios litúrgicos, quisiera detenerme en este misterio que acompaña toda la vida de la Iglesia.
Uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo es volver a descubrir qué acontece realmente cuando celebramos la Eucaristía: fuente y culmen de la vida cristiana, de la comunión eclesial y de la evangelización. En el corazón de este misterio, la liturgia no puede ser un paréntesis dentro de nuestra vida de fe, sino el lugar donde nuestro servicio nace de la vida de Cristo. No estamos ante una costumbre heredada, ni ante una sucesión repetitiva de palabras, gestos y ritos sin ningún sentido; estamos ante el acontecimiento más importante de la Historia, ante la presencia de Cristo –muerto y resucitado– por amor. El Señor, por la acción del Espíritu Santo, se hace presente sacramentalmente en cada celebración eucarística. Él es quien nos convoca, quien se ofrece, quien se entrega; Él es el verdadero protagonista de la liturgia. Y nosotros, al celebrar, somos introducidos directamente en ese misterio para que esa entrega que alcanzó su plenitud en el monte Calvario, continúe transformando nuestra vida como una Pascua perpetua.
Desde aquí podemos comprender el sentido profundo de estas Jornadas y del servicio de los ministros extraordinarios de la Comunión. Su misión no consiste simplemente en ayudar a distribuir el Cuerpo de Cristo, sino que es un servicio que nace de la mesa del altar y que prolonga su apariencia hasta los hermanos enfermos o hasta quienes, por algún motivo, no pueden participar de la celebración de la eucaristía en la comunidad. Acompañar ese encuentro con Cristo es llevarle mucho más que el Pan consagrado: es acercarle la presencia de Aquel que se ha quedado con nosotros para que nadie tenga que vivir su enfermedad, su fragilidad o su soledad sintiéndose lejos de Él y de la comunión de la Iglesia que la Eucaristía genera.
Toda celebración litúrgica es, como escribió san Juan Pablo II en su carta apostólica Spiritu et Sponsa en el XL aniversario de la Constitución Sacrosanctum Concilium, «obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo místico, “culto público íntegro” (Sacrosanctum Concilium, n. 7), en el que se participa, pregustándola, en la liturgia de la Jerusalén celestial (cf. n. 8). Por esto, “la liturgia es la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza” (n. 10)».
En cada página de la Palabra proclamada, en los demás sacramentos, en la comunidad reunida y, de manera eminente, en la Eucaristía, Él continúa ejerciendo su sacerdocio y asociando a la Iglesia a su ofrenda al Padre. Así, en cada celebración, la Encarnación deja su huella en nosotros: porque la Palabra que se hizo carne sigue queriendo hacerse vida en quienes la acogen.
Que María, mujer eucarística y primera morada de la Palabra, nos enseñe a acoger a Cristo con la misma humildad con la que Ella lo recibió y a llevarlo allí donde más se necesite su presencia. Aprendamos, como Ella, a hacer de nuestra vida un «sí» que se convierta en entrega, comunión y misión. Y que estas Jornadas nos ayuden a hacer de la Eucaristía el alma de nuestra vida, para que nadie quede privado de la alegría de encontrarse con Cristo y de descubrir que está verdaderamente vivo en medio de nosotros.
Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.
+ Mario Iceta Gavicagogeascoa
Arzobispo de Burgos