Me enseñarás el sendero de la vida

Queridos hermanos y hermanas:
Cada mes de septiembre trae consigo la esperanza de un comienzo distinto, con la llegada de un nuevo curso escolar. Vuelven los preparativos de cada día: los libros, las agendas, los horarios, las mochilas, los compañeros, las aulas, los deberes…
Volver a empezar la escuela nos recuerda algo que va mucho más allá de lo académico: educar es acompañar a una persona en el descubrimiento de la vida, ayudándola a saber quién es, insertarla y buscar sentido en una realidad compleja y, poco a poco, ayudarle a decidir hacia dónde quiere dirigir sus pasos.
Al comenzar este nuevo camino, hacemos nuestra la oración del salmista, que nos recuerda que toda vida necesita ser conducida hacia su plenitud: «Me enseñarás el sendero de la vida; me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha» (Sal 16, 11). En las tres palabras que encabezan esta promesa –enseñar, sendero y vida– se esconde una sublime pedagogía de Dios: Él nos enseña a caminar para que, en Cristo, aprendamos a vivir.
Me enseñarás. Toda educación comienza con alguien que enseña y con alguien que se deja enseñar. Pero enseñar, desde una perspectiva cristiana, no consiste únicamente en transmitir conocimientos; significa ayudar a descubrir el sentido, despertar preguntas, ofrecer horizontes, acompañar procesos y explorar posibilidades. Educar es acompañar con paciencia, aprender a escuchar lo que aún no sabe decirse, velar la duda que inquieta, el problema que pesa y el dolor que, tantas veces, permanece escondido en el corazón. Es creer que dentro de cada persona existe una promesa por contemplar y un sueño por descubrir. Por eso, quien educa no se limita a llenar una mente: ayuda a ensanchar el corazón.
El salmista, a través de la enseñanza, nos anima a aprender a vivir, a elegir, a amar, a esperar, a levantarse de la caída, a cuestionar, a reconocer el bien, a descubrir la propia dignidad y la de los demás… Y, para ese aprendizaje, necesitamos maestros, padres y madres, profesores, catequistas, educadores y comunidades capaces de expresar –con su propia vida– que merece la pena caminar.
El sendero. Nadie aprende a vivir desde un mapa o una hoja de ruta predefinida que te lleve a un destino concreto. La vida se aprende caminando, buscando, errando, tropezando una y mil veces. «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6), dice el Señor. Y no enseña desde la distancia; se acerca, mira, escucha, consuela, toca. No permanece indiferente, sino que cura a los heridos, levanta a los caídos, a todos llama amigos, y lo hace por su nombre.
Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.