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El arte de descansar en Dios

02/08/2026

Queridos hermanos y hermanas:

«El alma enamorada es alma blanda, mansa, humilde y paciente. El alma dura en su propio amor se endurece. Si tú en tu amor, ¡oh buen Jesús!, no suavizas el alma, siempre perseverará en su natural dureza» (n. 28-30). Este sentir, que san Juan de la Cruz recita en sus Dichos de luz y amor, nos recuerda una verdad que, a menudo, olvidamos: el corazón humano no descansa cuando simplemente deja de trabajar o de realizar tareas más o menos esenciales para su vida, sino cuando aprende a reposar en el Amor que lo sostiene.

En el fondo, toda búsqueda humana es una búsqueda de descanso, de sosiego, de quietud. Por eso, las palabras del santo carmelita nos conducen al centro mismo de la experiencia cristiana: cuando el corazón descansa en Dios, la mirada se vuelve más limpia, los afectos más libres y la vida entera encuentra de nuevo su sentido.

El tiempo de verano se nos ofrece, precisamente, como un presente para volver a esa fuente. Quizás el mayor regalo no sea disponer de más horas libres, (lamentablemente muchos no pueden tomarse ni siquiera unos días de descanso) sino la posibilidad de volver a Dios sin prisas, sin relojes y sin tiempos. Contemplar el horizonte, escuchar el rumor del mar o hacer oración en un paseo por la montaña, compartir la mesa con quienes amamos o permanecer unos instantes en silencio ante el Sagrario son caminos sencillos por los que el Señor va ablandando el corazón y enseñándonos que sólo en Él el descanso alcanza su plenitud.

El Evangelio nos muestra, con frecuencia, al Señor retirándose a lugares solitarios, apartándose de cualquier ruido para estar en silencio con el Padre, dejándolo todo para reencontrarse con la fuente de la que brota su misión. Ante las grandes decisiones y después de las jornadas intensas de predicación, «solía retirarse a despoblado y se entregaba a la oración» (Lc 5, 16). Pero no huía de las responsabilidades, sino que necesitaba regresar al Amor que daba sentido a cada palabra, a cada gesto y a cada paso. Desde ese diálogo silencioso con el Padre, el Señor volvía a los caminos de Galilea con un corazón renovado, capaz de mirar a cada persona con misericordia.

Toda misión termina vaciándose cuando deja de beber del manantial que la sostiene. «Venid vosotros solos a un lugar desierto a descansar un poco», les dice el Señor a los discípulos antes de la multiplicación de los panes, «porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer» (Mc 6, 31). Hoy quiere decírnoslo también a nosotros, con otro lenguaje, pero con el mismo designio: sólo quien sabe detenerse puede reconocer la presencia de Dios que le sostiene.

Quizás este verano el Señor no nos esté pidiendo hacer más, sino mirar mejor. La contemplación cambia la mirada, ordena las prioridades, ubica las preocupaciones en su lugar.

Que María, la mujer del silencio que guardaba todas las cosas meditándolas en su corazón, y san José, custodio fiel de la vida escondida de Nazaret, nos enseñen el arte de descansar en Dios; para que sepamos volver con un corazón renovado y reconciliado. Quien ha reposado en el Amor, regresa al mundo con un corazón libre para amar. Os deseo un feliz tiempo de descanso.

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.