Los abuelos, memoria viva de la esperanza

Queridos hermanos y hermanas:
La liturgia nos regala hoy una fiesta entrañable: la de los santos Joaquín y Ana, los abuelos de Jesús. En su memoria descubrimos la belleza de una fe que no se apaga y el valor insustituible de quienes, con su vida silenciosa, entregada y fiel, sostienen la identidad de un pueblo, alimentan la esperanza y transmiten el valor del sacrificio a las nuevas generaciones.
«La celebración de la Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores es una oportunidad para redescubrir que la Iglesia está llamada a ser madre de todos y que en cualquier edad es posible descubrirse siempre como hijos e hijas de Dios», destaca el papa León XIV en su mensaje para la VI Jornada Mundial de los Abuelos y de las Personas Mayores que celebramos hoy. Con estas palabras, el Papa anima a retomar «la bella costumbre» de visitar a aquellos que viven ese tiempo en el que Dios continúa escribiendo, con una inmensa ternura, su historia de amor.
El Evangelio nos invita, una y otra vez, a acercarnos a aquellos que tienen una misión insustituible en la Iglesia y en la sociedad: su larga y profunda experiencia, su testimonio perseverante y su fe probada son un faro para todos los que vemos en sus ojos un reflejo de la mirada de Jesús de Nazaret. Porque los mayores nos recuerdan que nadie deja de ser amado, llamado y esperado por Dios.
La Iglesia «conoce el sufrimiento de sus hijos más mayores […] y sabe que muchos ancianos son abandonados por los hijos que se ven obligados a migrar». Por ello, «se alegra de anunciar la promesa del Señor: “Yo nunca te olvidaré” (Is 49,15)», subraya en su carta el Papa. A través del profeta Isaías, el Señor nos asegura que «nuestros rostros los lleva tatuados en las palmas de sus manos (cf. Is 49,16)» y que «su amor es más grande que el de una madre por su hijo (cf. Is 49,15)».
Esta promesa, en medio de una cultura que, a menudo, relega a los mayores a la soledad de sus fatigas y dolencias, pone en el centro de nuestra existencia que sus vidas son preciosas a los ojos de Dios y que ninguna arruga puede borrar su presencia.
El Señor se hace presente en la fragilidad de nuestra carne. Por ello, cuidar a nuestros mayores es una manera privilegiada de encontrarnos con Jesús, de contemplar su rostro, de cuidar su fragilidad, de escuchar su latido. Permanecer al lado de los abuelos, escuchar sus palabras, sostener sus silencios, acariciar sus manos o acompañar sus pasos son gestos que revelan la profundidad del Evangelio. Ahí, en la vulnerabilidad, Dios manifiesta toda su fuerza. Porque donde la fragilidad parece tener la última palabra, la gracia de Dios despliega toda la fuerza de su amor para grabarnos a fuego que el verdadero poder nace siempre de la humilde entrega: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Cor 12, 10).
La vulnerabilidad no disminuye nuestra dignidad; la revela, porque en ese momento quebradizo Dios manifiesta la belleza de su rostro. Él mismo quiso abrazar lo más vulnerable en la Encarnación para enseñarnos que el amor no teme hacerse pequeño si es para darse hasta la última gota.
Todos necesitamos a alguien que nos cuide y que vele por nosotros. Así, cuando abrazamos la fragilidad de un anciano, estamos abrazando también nuestra propia condición humana y aprendiendo que la vida alcanza su plenitud cuando descubrimos que amar y dejarnos amar son dos caras de la misma realidad humana y divina.
Junto a la Virgen María, les pedimos a sus padres –los santos Joaquín y Ana– que nos enseñen a reconocer en cada persona mayor un don de Dios, y nos concedan la delicadeza necesaria para descubrir que Dios dibuja en sus ojos los amaneceres más hermosos de esta Tierra.
Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.