La misericordia no se cansa jamás

«La misericordia no se cansa jamás; cuanto más se da, más queda; cuanto más se ofrece, más se recibe», dejó escrito san Juan Pablo II. En este día en que celebramos la Divina Misericordia, quiero invitaros a mirar con atención el corazón del Evangelio: la misericordia que nace de Dios y que está llamada a transformar nuestra vida cotidiana.
Ser misericordioso es un don que Dios pone en nuestras manos para que lo usemos como Él lo hace, siempre en clave de fe y nunca en términos de vanidad. Ejercer la misericordia no consiste en llevar a cabo un gesto ocasional o un ideal inaccesible; ser compasivo es apostar por la vida misma que se concreta en cada instante, en cada relación, en cada encuentro ordinario que vivimos.
Ser misericordioso no es únicamente perdonar cuando todos lo ven, sino –sobre todo– cuando nadie mira. No es el gesto amable en público, sino levantar en silencio y con paciencia el peso del otro, acompañar a quien sufre sin aplausos ni reconocimiento, ofrecer una palabra de consuelo cuando –al otro lado de la puerta– no habrá nadie que nos lo agradezca.
Ser misericordioso es ser como el Señor nos enseñó, a ejemplo de nuestro Padre (cf. Lc 6, 36). Porque la verdadera piedad se manifiesta en los detalles invisibles, en esas actitudes que pasan desapercibidas, en el consuelo callado y constante que se ofrece cuando más duele.
¿Acaso hay humanidad más grande que la que se vive en lo cotidiano, en la vida común, entre familiares, amigos, compañeros de trabajo y vecinos? Es ahí, en la rutina de cada día, donde Dios nos invita a ser signos vivos de su ternura. Pedir disculpas cuando hemos faltado a la caridad, perdonar, aunque nos hayan causado un profundo dolor, cuidar de los más pequeños, los olvidados, los que sufren en silencio: todo esto es vivir la misericordia.
Santa Faustina Kowalska, a quien Jesús confió su mensaje de la Divina Misericordia, nos recuerda en su Diario que no hay acto demasiado pequeño que pase desapercibido ante la misericordia de Dios, pues «el amor se mide por las obras» (Diario, 742). Así, cada actitud amable y cada palabra que cura construye el Reino de Dios. Y es ahí donde la misericordia se hace carne y nos hace a nosotros más humanos, más fraternos y más cristianos.
Estamos más necesitados que nunca de la Divina Misericordia. Vivir abrazados a ella significa latir, respirar, amar, sentir y tocar con compasión, dejando que nuestras vidas estén abiertas al dolor ajeno y que nuestras acciones diarias ayuden al prójimo a levantarse: amando lo visible y lo invisible en la vida de quienes nos rodean, acompañando sin juzgar y ofreciendo consuelo.
Perdonar a quien nos ha hecho daño, incluso cuando más nos duele y nos cuesta, es el acto supremo de misericordia. Abrir nuestro corazón a la reconciliación es hacer presente el amor de Dios en la tierra. Hemos de hacerlo en lo grande y en lo pequeño. Así, la misericordia deja de ser un concepto abstracto y se convierte en realidad. Porque quien no aprende a perdonar, no ha abrazado el corazón del Evangelio.
Le pedimos a la Virgen María que nos ayude a ser misericordioso en cada instante de nuestra vida, como Dios lo es con nosotros: desde el gesto que todos ven hasta el acto silencioso que sólo Dios conoce. Porque ser cristiano es ser misericordioso como el Padre. Al final, todos vivimos sostenidos por una compasión, una misericordia y perdón que ilumina y sostiene nuestra vida.
¡Os deseo un feliz domingo de la Divina Misericordia! Con gran afecto pido a Dios que os bendiga.