Resucitados a una eternidad prometida

Hoy, la Iglesia vuelve a situarnos ante el acontecimiento más importante y decisivo de la historia: la victoria de Cristo sobre la muerte. Una vez más, la historia humana es seducida por una esperanza invencible, por una promesa —siempre antigua y siempre nueva— que nos recuerda que la fe tiene como horizonte el sacrificio que se hace fecundo cuando es atravesado por el Amor.
La liturgia que nos ha acompañado durante estos días nos ha hecho recorrer un camino. Comienza con la ceniza que perpetúa que sin Dios no hay vida plena, continúa con el silencio de la penitencia y pasa por las estaciones del vía crucis, donde contemplamos al Señor cargando sobre sus hombros con el peso del mundo. Sin embargo, la fe nos recuerda que nuestra historia no termina ni se detiene en la Pasión: cada estación del camino de la Cruz se convierte, para nosotros, en un peldaño hacia la Vida eterna.
Este día nos sitúa ante una evidencia que lo cambia todo, y es que Cristo no evitó, de ninguna manera, el sufrimiento humano; lo aceptó y lo hizo suyo. Y lo hizo por nosotros, para transformarlo en un amor invencible. Por eso, para comprender la luz de la Pascua que hoy resplandece en todos los rincones del mundo, hemos de aceptar también el misterio del Viernes Santo. Porque no hay gloria sin entrega, ni resurrección sin cruz… «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12, 24).
La Pascua se hace verdadera cuando nos atrevemos a tocar las heridas del Señor por medio de nuestros hermanos. El apóstol Tomás se acerca al cuerpo glorioso de Cristo y, hasta que no toca con sus propias manos sus heridas resucitadas, no es capaz de creer: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado» (Jn 20, 27). Y es, en ese contacto con el cuerpo del Señor Crucificado y Resucitado, donde la fe se vuelve confesión viva: «Señor mío y Dios mío» (Jn 20, 28).
Por eso, la Pascua es una forma de mirar la realidad con otros ojos, de ver los signos concretos de la Vida nueva que Cristo nos regala. Con el Domingo de Resurrección, los cristianos aprendemos a descubrir, en medio de las llagas de la historia, que allí donde parece imponerse el fracaso, el abandono o la desolación, la Pascua anuncia que Dios continúa obrando, que allí donde el corazón humano experimenta el peso de la cruz, la Resurrección anuncia que la última palabra la tiene el Amor.
Y aunque quizá nunca nos hayamos parado a pensarlo, nuestro camino personal no es muy distinto del de Cristo. También nosotros atravesamos, una a una, nuestras propias estaciones hasta llegar, por la gracia de Dios, a la gloria: momentos de caída, de cansancio, de silencio, de tristeza, de incertidumbre, de desánimo y de aparente derrota. Y, al final, sólo queda la seguridad de la fe para recordarnos que ninguna de esas estaciones es el final, porque cada una de ellas puede convertirse –si la vivimos unidos a Cristo Jesús– en un paso hacia la gloria que Dios tiene preparada para sus hijos.
Por tanto, celebrar la Pascua significa creer que nuestra vida no está destinada al polvo del olvido, sino a la plenitud de la eternidad prometida. Como escribió san Pablo: «Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él» (Rom 6, 8). Y únicamente desde esa mirada podemos contemplar, con los ojos abiertos al asombro, el destino último de nuestra existencia.
Junto a María, Virgen de los Dolores y Madre de la Alegría, pedimos que esta Pascua nos ayude a mirar la Cruz con ojos nuevos, sabiendo que en ella ya se atisba la luz de la mañana de la Resurrección. Y que, siguiendo las huellas de Cristo, cada una de las estaciones de nuestro particular vía crucis se transforme en un paso más hacia el Cielo, hacia la plenitud de Dios. Cristo ha resucitado y, con Él, cada razón de nuestra esperanza.
¡Feliz Domingo de Resurrección! Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.