El latido misionero

Queridos hermanos y hermanas:
Ayer, en la villa de Espinosa de los Monteros, a la sombra de la iglesia de Santa Cecilia y bajo el lema Tejiendo redes de paz, celebramos el XXXIX Día del Misionero Burgalés. Fue una jornada de encuentro, alegría y gratitud; un momento muy especial para contemplar el latido universal de la Iglesia, que continúa enviando hombres y mujeres hasta los confines del mundo para hacer visible el rostro misericordioso de Cristo.
La realidad misionera de nuestra archidiócesis es, cada vez, más sorprendente. Y como Dios no se deja ganar en generosidad, hoy son 418 los misioneros burgaleses que están presentes en 60 países de los cinco continentes. hombres y mujeres que, como lámparas encendidas por el Espíritu en la noche del mundo, siembran la Palabra y hacen que el amor de Dios siga reuniendo a la humanidad dispersa en una sola familia, alrededor del corazón del Padre. Su voz, como un río silencioso de gracia que nace en la fe de nuestra tierra y desemboca en los pueblos del mundo, lleva la luz del Resucitado allí donde el dolor oscurece, para perpetuar que Dios escribe su Evangelio con la tinta humilde de las vidas entregadas.
Cada uno de ellos, con su inagotable donación, escribe una hoja del Evangelio, porque su vida es una prolongación de las manos de Cristo, una llama inextinguible que arde lejos de su hogar para que otros nunca vuelvan a sentir frío. Merced a ellos, el nombre de Burgos se pronuncia en lenguas y culturas diversas, mientras el Amor continúa tejiendo, silenciosa y bondadosamente, una sola familia bajo el Cielo.
Detrás de cada cifra, hay sacerdotes diocesanos, religiosos sacerdotes, religiosas, laicos y familias que un día se dejaron seducir por esa voz del Señor que les susurraba en lo más profundo de su corazón una llamada eterna: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio» (Mc 16, 15).
Algunos prestan sus vidas en las grandes ciudades de América; otros acompañan comunidades en las aldeas de África; otros anuncian la esperanza en Asia, Europa u Oceanía. Allí donde se encuentran, hacen presente una Iglesia que sale de sí misma para encontrarse con la persona concreta, especialmente con quien más sufre, con quien vive en la periferia del mundo o del corazón.
Pero el dato es insensible si nos quedamos solamente en la noticia. Lo fundamental son los nombres, las historias que guardan sus secretos, las vocaciones cumplidas, las renuncias silenciosas, las noches de silencio y oración, los caminos recorridos y las vidas entregadas por anunciar el Evangelio. El Padre nunca ha dejado de llamar a cada uno por su nombre. Por eso la Iglesia, cuando evangeliza, no hace otra cosa que prolongar en la historia el latido mismo del corazón de Dios. Y quien se deja derramar por ese amor, descubre que la misión no consiste tanto en ir lejos cuanto en dejar que Cristo viva tan profundamente en uno mismo que su luz termine alcanzando horizontes que jamás habríamos imaginado.
El lema Tejiendo redes de paz rememora una imagen sencilla que nos remite a las redes de los pescadores del Evangelio, a los hilos invisibles que unen pueblos y culturas, y también a esa paciente labor de quienes construyen fraternidad allí donde existen guerras, divisiones o conflictos. La paz no se improvisa: se teje, se entrelaza, se construye lentamente, hilo a hilo, gesto a gesto, encuentro a encuentro. Y se cumple cuando un sacerdote acompaña a quien ha perdido toda esperanza, cuando una religiosa permanece horas al lado de alguien que tiembla de miedo, cuando una familia misionera comparte todo con quienes viven en la pobreza, cuando un laico educa, sostiene y anima…
La paz auténtica nace de corazones reconciliados y de comunidades que aprenden a reconocerse como hermanas e hijas del mismo Padre. Una paz que florece, en profundo silencio, donde el amor de Cristo encuentra manos dispuestas a servir y vidas capaces de entregarse hasta el final.
Nadie puede sentirse ajeno al sufrimiento de sus hermanos. Esta es la llamada que nos hace este Día del Misionero Burgalés. Que María, la Reina de las Misiones, acompañe a todos nuestros misioneros, sostenga con fidelidad sus pasos, fortaleza su entrega y mantenga viva en nosotros la pasión por anunciar a Jesucristo. Y que el Señor nos conceda a nosotros seguir, con alegría y entusiasmo, tejiendo redes de paz, como humildes artesanos de la esperanza.
Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.