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¡Gracias, Santo Padre!

14/06/2026

Querido Papa León XIV:

Hoy queremos darle las gracias desde lo más profundo del corazón: por su presencia, por sus palabras, por confirmarnos en la fe.

Gracias, Santo Padre, por haber recorrido nuestra tierra con la sencillez de quien no busca ser servido, sino servir; con la humildad de quien no quiere ponerse en el centro, sino abrazar desde la fragilidad; con la delicadeza de quien no desea imponer sus ideas, sino reflejar sencillamente la mirada de Cristo.

Cada uno de sus pasos por España no se escribe con la tinta de un recuerdo más. Cada detalle compartido con el necesitado, cada escena vivida con el niño, el joven y el anciano, cada gesto oculto con el vulnerable ha sido una siembra silenciosa de fe, esperanza y caridad. Todos los rincones que ha visitado guardan un pedazo de Evangelio: ciertamente, no hay mirada por la que haya pasado –aunque haya sido de puntillas– y en la que haya posado su corazón que ahora pueda olvidar su presencia.

Antes de pronunciar cualquier discurso, quiso acercarse a los más vulnerables, detenerse ante su dolor, conocer su sentir. Porque en ese gesto inicial hemos reconocido el latido de Cristo. No nos olvidamos de su presencia consoladora y paciente con quienes viven cansados, agobiados y heridos por la vida; junto a quienes atraviesan la soledad de la noche, a las familias que han sido golpeadas por el dolor, a los jóvenes que buscan un sentido para sus vidas, a los ancianos que sostienen el mundo con la memoria de sus manos gastadas, a las personas con capacidades diferentes, a aquellos que han sido descartados por una sociedad que demasiadas veces se olvida del marginado.

Y ha querido acercarse al drama de los migrantes, de aquellos que se ven obligados por la pobreza, la violencia y la falta de futuro a abandonar su tierra y su parentela para buscar un lugar donde poder vivir con dignidad. Al verle junto a ellos, era imposible no acordarse de la Sagrada Familia de Nazaret: a un Jesús emigrante que fue llevado hasta Egipto para salvar su vida de la espada de Herodes.

En cada encuentro nos ha recordado que Dios continúa habitando los márgenes humanos, que la Buena Noticia se encarna cuando se proclama con el corazón en carne viva, que el verdadero Evangelio no se anuncia solamente con palabras sino inclinándose sobre quienes esperan contra toda esperanza.

Gracias por hacer visibles las palabras del Señor: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11, 28-30). Muchos, al contemplar sus gestos de padre y pastor, consumados con mansedumbre y humildad, han sentido alivio, consuelo, esperanza.

Qué difícil es, para cualquier ser humano, aprender a tocar el dolor con misericordia. Sin embargo, usted nos ha traído en sus ojos la mirada de Cristo, el amor de María, la firmeza silenciosa de José, el espíritu de los santos y el ardor de los apóstoles para enseñarnos que el amor de Dios es capaz de sostener toda una vida.

Querido Papa León: nadie es insignificante para Dios y para nuestra Madre, la Virgen María, tal y como ha querido confirmar en cada una de sus visitas, palabras y acciones. Nadie queda fuera de su abrazo, de su delicadeza, ni despojado de su dignidad. Y, quizá, por eso, al despedirle, muchos sentimos que no sólo hemos recibido al Papa, sino la visita entrañable de la presencia de Cristo Resucitado: quien sigue caminando entre su pueblo para iluminar a todos y levantar a quienes viven caídos al borde del camino.

¡Gracias, Santo Padre! Gracias por venir, por elegir la tierra de María para saberse hijo suyo y por quedarse —de una vez y para siempre— en el corazón de esta tierra.

Con gran afecto pido a Dios que os bendiga.