Santo Padre, ¡bienvenido a su casa!

Querido Papa León:
Bienvenido a España. Bienvenido a su casa. Bienvenido a este rincón del mundo que, con un inmenso gozo, se prepara para recibirle como se acoge el regalo más esperado.
Recuerdo, cuando era pequeño, que al acercarse un acontecimiento importante —ya fuera la visita de alguien querido, una celebración familiar o, incluso, la inminente llegada de una fecha especial— la casa entera comenzaba a transformarse. Se creaba con mucha humildad una especie de liturgia doméstica que no estaba escrita en ningún manual, pero que todos entendíamos: arreglar la casa con más cuidado, no quejarse demasiado, preparar cada detalle del hogar con más delicadeza, ordenarlo todo con más cariño, preparar un regalo de bienvenida … No era solamente una cuestión de apariencia; era, tal vez, una manera de expresar con gestos lo que el corazón no sabía decir con palabras.
Hoy, Santo Padre, ese recuerdo se hace oración en nosotros, en nuestras vidas. Estos días la Iglesia en España se dispone como un hogar que aguarda impaciente la llegada de quien viene en nombre del Señor, aquel que conoce a sus ovejas y ellas le conocen a él (cf. Jn 10,14). Y, en su llegada, queremos reconocer la mirada del Pastor que no pasa de largo cuando cae la noche más fría, sino que lo deja todo y sale a buscar a la oveja perdida, tarde lo que tarde y cueste lo que cueste. Y, tras encontrarla, no la recrimina; sólo la mira, la llama por su nombre y la abraza con ternura.
Así le queremos recibir, con el alma colmada de bienvenida, hospitalidad, agradecimiento y comunión, como quien abre las puertas de su vida para hacerla también un poco de quien se sienta en la mesa de su hogar.
Sabemos que hacerle hueco en nuestra mesa es hacérselo a Cristo, quien le envía para recordarnos que la Iglesia no se sostiene por nuestras pobres fuerzas, sino por la promesa abundante del Espíritu. Él guía, confirma y renueva a su pueblo en la comunión de la fe, haciendo de cada encuentro con el Sucesor de Pedro una nueva llamada a volver al Evangelio con el corazón rebosante de recuerdos y de nombres.
Su presencia, Santo Padre, nos recuerda que la Iglesia es una familia donde Dios sigue pronunciando su nombre sobre cada uno de nosotros. Porque «el que a vosotros escucha, a mí me escucha» (Lc 10, 16), y en su voz queremos aprender de nuevo a escuchar la voz del Señor Jesús.
Y a vosotros, queridos fieles que formáis el Pueblo de Dios en Burgos, os hablo también con el corazón abierto. Acompañemos al Papa, tanto con nuestra presencia en la medida de lo posible, como con una disposición interna que abrace cada uno de sus pasos por nuestra tierra. Preparemos esta visita como se dispone un acontecimiento de gracia: con oración, con conversión, con un deseo intenso de fraternidad, con la vivencia de ser Iglesia visitada por el Vicario de Cristo. Hagamos de nuestra acogida un hogar con olor a leña y a pan, donde él pueda reconocer una Iglesia a la vez pobre pero esperanzada, frágil pero vigorosa, y siempre viva y amada por su Señor.
Que nadie se sienta ajeno a esta acogida, porque acoger al Papa es vivir un signo concreto de nuestro ser Iglesia, es dejar que la fe se ensanche en esa comunión donde todos somos uno en el Amor, es recordar que la Iglesia es de Cristo y que, en ella, cada gesto de hospitalidad se convierte en una promesa de eternidad.
Que nuestras ciudades, parroquias, comunidades, monasterios y familias sean como aquel hogar que se engalana para recibir este gran tesoro, el que hemos estado tanto tiempo preparando con cuidado. Que nadie se sienta excluido de la invitación a la mesa. Y que la Virgen María nos cubra con su amor, para que en cada acto de entrega florezca la presencia viva de su Hijo.
Querido Santo Padre León XIV: aquí le espera un pueblo sostenido por la esperanza, que le reconoce, le abraza y camina con usted hacia el Corazón de Cristo. ¡Bienvenido a su casa!
Con gran afecto pido a Dios que os bendiga.