La tarea de construir una vida buena y apasionante

Queridos hermanos y hermanas:
Vivimos en un tiempo en el que los sonidos del mundo parecen atronadores y los estímulos llegan desde todas partes como una tempestad incesante que, a veces, nubla el corazón y confunde la mirada. Imágenes, opiniones, modelos de éxito y fracaso, voces que prometen respuestas rápidas y caminos peregrinos que nunca conducen a la plenitud… En medio de ese clamor, resulta difícil oír la voz de Dios que susurra y llama; desde esa perspectiva, cuesta reconocer la brújula que orienta los pasos hacia la Vida verdadera.
A punto de comenzar la primavera, pienso en los jóvenes, en sus estudios, trabajos y ocupaciones; en sus relaciones sociales, familias y amistades. Y a ellos les quiero dirigir estas palabras.
El Señor quiere encontraros allí donde estáis, anhela conversar con corazones vivos, ardientes y libres. «Cristo vive y te quiere vivo», recuerda la primera línea de la exhortación apostólica Christus vivit, y desea habitar en vosotros –aun sin necesitarlo– para asegurar una presencia, una compañía en el camino, una orientación en las encrucijadas de la vida. Aunque nos hayamos alejado, aun cuando la tristeza, los miedos o las dudas nos hayan hecho sentirnos mal y pecadores, Cristo vuelve a llamar y espera para recomenzar, una y mil veces.
El papa León XIV, en la homilía pronunciada durante el Jubileo de la Juventud del año pasado, animó a más de un millón de jóvenes a aspirar a cosas grandes –«a la santidad, allí donde estéis»–, y a no conformarse con menos: «Así veréis crecer cada día la luz del Evangelio, en vosotros mismos y a vuestro alrededor». Asimismo, en su primer Regina Coeli como Papa, celebrado el IV Domingo de Pascua, alentó a los jóvenes con un mensaje claro: «No tengáis miedo, aceptad la invitación de la Iglesia y de Cristo Señor».
A veces, por batallas personales y espirituales que quizá os ha tocado librar, os puede tentar la idea de una vida cómoda, descuidada, a la deriva. Sin embargo, nada del pasado –ya sean fracasos, heridas, ausencias, caídas o errores– puede apagar la luz que Él ha encendido en cada corazón. Porque el amor de Cristo no depende de nuestros méritos, sino de Su infinita misericordia, que nos sostiene incluso cuando nos sentimos débiles, agobiados o desilusionados de todo.
Cristo no pide que todo lo hagamos perfecto, sino que desea ante todo que seamos fieles a su amistad. Y la fidelidad no se mide por el número de caídas, sino por las veces que hemos vuelto cansados y defraudados a Casa, por cada paso que nos ha acercado de nuevo a su presencia, por las madrugadas que hemos elegido caminar de nuevo junto a Él, antes que junto a compañías que no nos hacen bien. Una y otra vez, nos invita a dejar que su Espíritu nos alivie y acompañe para que no nos perdamos en los espejismos de la cultura del consumo, de la imagen, del qué dirán, del momento, de la emoción pasajera que deja el corazón vacío.
En un mundo donde tantas personas se sienten desorientadas y solas, cada corazón tiene una historia única que Dios desea escribir con Él. Y en esa aventura que es la vida, debemos recordar que nuestra historia se escribe con las elecciones que cada día tomamos y que el Señor nos ayuda a tomar las buenas, las que construyen una vida verdadera, las que edifican amplios espacios donde tantas personas podrán encontrar en tí refugio, escucha, comprensión, calor, ayuda para caminar. Dios recoge cada grieta del pasado y la transforma en ocasión de gracia, porque un Padre no abandona a quien ama.
Queridos jóvenes: tened la valentía de caminar con Jesús, de dejar que su amistad transforme vuestros sentidos, pasos y expectativas. Y no temáis al silencio, al compromiso, al sacrificio y al amor verdadero, porque Él estará con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo (cf. Mt 28, 20). Y pedidle a la Virgen María que os enseñe cuál es el amor verdadero y no los sucedáneos que vende el mundo y que deja el corazón entristecido y desilusionado, cuando no herido y traicionado. Dios siempre está junto a Ella, esperando vuestra mirada, para llevaros de la mano hasta una plenitud y una eternidad que se construye paso a paso en la entrega apasionada de cada día en medio del mundo.
Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga