Rogar a Dios

Estaban a mitad de año cuando los pa­dres de Miguel le avisaron que se iban a ir de viaje durante dos meses. Antes de que le explicaran cómo iba a ser, Miguel, que era muy inquieto, les hizo mil pre­guntas: ¿Con quién se quedaría? y, ¿Có­mo se comunicarían?, ¿Era necesario que se fueran tanto tiempo...? La mamá y el papá se rieron y le explica­ron que no se iban a ir solos, lo llevarían con ellos. Ambos eran bailarines de la misma compañía y les salió una gira por Asia; irían a China, Japón y Rusia. Una gran oportuni­dad para bailar en los mejores teatros del mundo.

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Tolerar los defectos de nuestros prójimos

En un barrio donde las casas no están pegadas una a la otra y están rodeadas de jardines, vivía una se­ñora; la llamaban Car­mencita.

Carmencita reunía a sus amigas de la escuela en su casa todos los sába­dos. Preparaba tarta de ricota y té en hierbas que ella misma cultivaba. Sus amigas lle­vaban algo salado. Todo debía ser casero, hecho con las propias manos.

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Brindar alimento al que lo necesita

En una pequeña escuela pública de la Provincia de Buenos Aires, los padres y docentes se orga­nizaron para, además de mantener la escuela en condiciones, ayudar al que lo necesitaba. Cada año, semanas antes de comenzar las clases, se reunían, recorrían las aulas, los baños, el patio, la cocina y todos los salones mientras anotaban en un cuaderno lo que hacía falta. Lamparitas, sillas, bancos, baldosas... Algunos padres se subían al tejado y destapaban los desagües o buscaban tejas rotas o se fijaban si la membrana estaba levantada. Luego se reunían en un salón y, picoteo de por medio, hacían una lista de prioridades; pensaban formas de recau­dar dinero y organizaban jornadas de trabajo.

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Visitar a los enfermos

Las personas mayores, muchas veces sufren caídas, se rompen algún hueso y deben ser internadas. Este era el caso de Felicitas, que yendo a hacer las compras, se tropezó con una baldosa rota y se rompió la cadera. Lleva­ba dos semanas internada en un hospital, en una habitación que tenía dos camas. Una va­cía, hasta que llegó Leo­nor. Ella también se cayó y se rompió la pierna.

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Confiar en que el camino es posible

0012En el patio de la escuela, durante el recreo, las maestras conversaban entre ellas mien­tras miraban jugar a los niños. Todas menos Laura, la maestra de Brian que no paraba de correr detrás de él, llamándole la atención porque pegaba a un compañero, le ponía la traba al otro, le tiraba del pelo a una compañera...

Todas, menos ella, des­cansaban en el recreo y cuidaban a los niños con una taza de té en la ma­no. Laura no se quedaba quieta ni un momento. A veces, cansada de darle oportunidades, sentaba a Brian en un banco que estaba cerca de donde estaban ellas y, desde ahí, lo miraba.

En el salón la situación no era mejor. Laura ya había probado todos los lugares y lo sen­tó con todo tipo de compañeros: tranquilos, movidos, de enfado fácil, le aguantaban... pero nada resultaba, en menos de dos mi­nutos estaban a su lado para pedir cambio de lugar; no podían trabajar a su lado. Brian parecía disfrutar de la situación.

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Parroquia Sagrada Familia