Un lío extraño

Una catequista, permitía que, durante la hora de catequesis, los chicos se senta­ran en el lugar que preferían, aunque no fuera el puesto de­signado por la maes­tra y que ocupaban en las otras horas de clase. Solo ponía dos condiciones:
1. Nadie puede ocu­par el lugar de un compañero o com­pañera, si éste no lo deja de buen gusto.
2. Tienen que cambiarse de lugar an­tes de que ella cuente hasta veinte.

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Las zapatillas misteriosas

Cuando Marisol era chica, era bastante miedosa. Por las noches, escuchaba un montón de ruidos y, en las sombras de la pared, se imaginaba figuras de monstruos nada agradables. Pero lo que más le preocupaba eran sus zapatillas. Marisol las dejaba a la entrada del cuarto, pe­ro por la mañana apa­recían por cualquier lado. A veces, una en cada lugar del dormitorio y otras veces, ordenaditas contra la pared. Lo primero que hacía al despertarse, era mirar dónde estaban.

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El cuento de la jarilla

0014Muchas son las plantas que conoció la abuela visi­tando a sus nietos. Una de ellas le llamó especial­mente la atención, la jarilla. Es un arbusto que no tiene más de un metro y medio de altura, es decir más bajo que la abuela es muy apreciado para fa­bricar jabones y darle otros usos medicinales.

—No prendas el fuego cer­ca de esa planta— le gritó su nieto cuando vio que disponía leña cerca del arbusto para preparar el asado. Esa planta se quema fácilmente.

La abuela se maravillaba de la cantidad de cosas que sabían sus nietos. A ella le costaba diferenciar entre la planta de menta y la de perejil.

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Cuento de casa con ventanas

La primera vez que la abuela fue a visitar a los nie­tos, estuvo llena de sorpresas. Una de ellas, fue la casa en donde vivían.

—Me parece que les quedó una piedra gigante en medio de la cocina—dijo nada más entrar.

Le explicaron a la abuela que esas piedras eran la base de la casa, que era muy difícil sacarlas y que lo mejor era incorporarlas a la vivienda. Muchas de las piedras que estaban cerca de la construcción las ha­bían utilizado para realizar el muro de contención. Otras, las trajeron desde el río se­co con carretillas, haciendo muchos viajes. Cada piedra tenía su historia.

— ¿Por qué no utilizaron la­drillos y cemento? —quiso saber la abuela.

Para la construcción de las casas utilizaron el material que había en la zona. También averiguaron cómo construían las vivien­das los pueblos que habían habitado esas tierras desde hacía muchísimos años. Llevaron a la abue­la a hacer un recorrido y le mostraron algunas vi­viendas. Las que estaban realizadas con bloques de cemento eran muy frías en invierno y muy ca­lurosas en verano. En cambio, las que estaban he­chas de piedra y adobe, mantenían la temperatura siempre agradable.

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Cuento de olivo

La hora de la siesta, es sagrada. La primera vez que la abuela fue de visita, se sorprendió de que interrumpieran tantas horas el trabajo. Su hijo le explicó que era imposible estar a pleno rayo de sol, por más protector solar, sombre­ro o camisa de manga larga que se usara. Sin embargo, la abuela no le hizo caso y, mientras todos descansaban dentro de las casas frescas, construidas de adobe, decidió ponerse el sombrero, tomar una botellita de agua de la nevera y salir a dar una vuelta. Voy hasta donde están los animales, pasando la huerta, son sólo doscientos metros, pensó.

Fueron los doscientos metros más largos de su vida. Ni bien pasó debajo de la última hi­guera, los rayos del sol se clavaron en su piel, a tra­vés de la ropa. Se mojó la cabeza con el agua y así llegó. Envidió la sombra de las charcas donde se apretaban los animales, in­móviles, para gastar la menor cantidad de energía posible. Ella era la única que se movía, ni el viento se atrevía a desafiar al sol, rey indiscutible a esa hora. Vio, unos pasos más adelante, un olivo. Calculó que las fuerzas le daban para recargar la botella con la manguera con la que le daban agua a los animales y así poder llegar hasta allí.

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