Paragcort

Paragcort no es el nombre de un reme­dio, aunque suene como tal, sino el de un pueblo; y fue inspirado por un curio­so objeto inventado por sus fundadores. Cada habitante de Pa­ragcort sale a la calle metido dentro de un paraguas con cortina. Pueden verse de to­das las clases. Osados transparentes, de los que no temen ser vis­tos; opacos, con aguje­ros pequeños a la altu­ra de los ojos para ver para afuera y no caer en un pozo, usados por los más tímidos o por los que por algún motivo desean ocultarse.

Los adultos usan paraguas son sobrios, de un solo color, como mucho tienen dos. Azul y celeste, marrón y amarillo... Nunca rojo y verde o violeta y amari­llo. Los funcionarios los usan negros. Los niños, multicolores o con dibujos de animales o algún super héroe. Los de los médicos y maestros son blancos. También los Paragcort de los cocine­ros... cosa que genera más de un proble­ma cuando al médico se le pregunta la receta del flan de chocolate o se le pide al cocinero que coloque una vacuna. No importa si brilla el sol o hace mucho ca­lor. Nadie sale sin su paraguas con corti­na. Viven felices y creen haber resuelto muchos problemas. Es cierto que algu­nas cosas se complican; darle la mano a un niño para cruzar la calle, o llevar a un bebé en brazos... pero es cuestión de práctica. Las ventajas valen la pena; ya no se ven peleas, na­die reconoce a su ve­cino molesto, o al jefe mandón, o al amigo que engaña. Tampoco es posible saber si el otro está alegre o tris­te, si le duele la mue­la o la tripa o si está tomando una gaseosa o sacándose un moco.

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Los chicos de sexto "A"

Los chicos de sexto “B” creían que eran los mejores de la escuela, y esto parecía ser cierto, porque, cuando jugaban al fútbol en el recreo, siempre ganaban y, además, en el estudio, tenían mejores notas que los de sexto “A”.
Los del “B” comprendían fácilmente las consignas, y los profesores avanza­ban en el programa de tareas mucho más rápido que en el otro curso, en donde debían explicar una y otra vez las cosas.

A mediados de año, su­cedió algo que modificó esta situación.

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Más allá de las tinieblas

El cielo se puso gris en un pequeño pueblo aislado entre las montañas. Las penumbras ocuparon la región, y la gente casi no se dis­tinguía por las calles. Apenas eran sombras que deambulaban.

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Un hecho real

Hace algún tiempo, tuvimos la oportunidad de hablar largamente con un sacerdote que había pasado unas semanas en El Im­penetrable, en el norte de la Argentina, y regresó de su viaje car­gado de experiencias nuevas.

Mientras nos mostraba unas fotos, nos contó algo que vivió en una de sus visitas. Su re­lato, verdaderamente, nos impresionó mucho. Resulta que él, Pedro, tenía un amigo, también sacerdote, que vivía en medio de la selva ayu­dando a los nativos en todo lo que estuviera al alcance de sus posibilidades.

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El más importante

Era de noche, y, en la cocina de una casa, se armó un gran revuelo. Los alimentos discu­tían acerca de quién era el más importante.

Cada uno enunciaba sus cualidades, pero no se pusieron de acuerdo. Entonces, decidieron ela­borar un plan: de a uno por comida, se iban a esconder y verían, de esa forma, cuál de ellos era el más importante, según lo que dijeran los habitantes de la casa. Así, fue que, por turno, empezó a fal­tar algo en la cocina: un día, las patatas, otro día, la calabaza, y otro día, fueron los tomates...

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