Los tres caracoles y el monstruo con un solo ojo, en la frente

Tres caracoles vivían en una hermosa casa con un gran árbol de aguacates en el fondo de su jardín. Por la noche, antes de dormirse, amasaban pan y lo dejaban reposar hasta la mañana siguiente. Amanecían con el Sol, se saludaban, prendían el horno, metían el pan hecho bollitos, se lavaban la cara y salían a buscar un aguacate para desayunar. Pelaban el aguacate, lo pisaban en un plato con un poco de sal y lo untaban sobre los panes. Desayuno de reyes, decían... aunque no tenían la menor idea de qué desayunaba un rey. Un día, se encontraron con que en el árbol no quedaba ni un aguacate y descubrieron unas huellas que venían... y luego se iban... —Sigamos las huellas. Pero primero apaguemos el horno.

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¿Una chica inapropiada?

Celia y Adrián eran dos hermanos que, en general, se llevaban muy bien. Celia había esperado por su hermano toda su vida, es decir, cuatro años. Se lo había pedido a sus padres con insistencia. Lo que Celia no había pensado era que su hermanito iba a crecer y apropiarse de, además del tiempo y la atención de la familia, sus juguetes y su espacio en la casa.

Una mañana, ella estaba jugando con muñequitos y bloques. Había armado una hermosa ciudad y disfrutaba de colocar animalitos y otros juguetes en las calles o en las casas; hasta que llegó su hermano, que quería armar otra ciudad para que sus autos corrieran una carrera. Su madre escuchó los gritos y corrió a la habitación. Los encontró amurallados detrás de una pila de bloques. —Si cada uno acapara los juguetes, al final, en vez de jugar, están sólo cuidando lo que cada uno tiene. ¡Eso no es muy divertido! Se nota en sus rostros. La mamá los convenció de que fueran con ella a la cocina. Estaba haciendo ñoquis, y la podían ayudar a cortar los choricitos de masa. Los juguetes quedaron desparramados por la habitación. Mientras cocinaban, la mamá les contó una historia de la familia. —Mi mamá, es decir, la abuela vuestra, tenía 5 hermanas. Eran seis mujeres; su papá trabajaba en un hospital y la mamá se quedaba en la casa. No era sencillo ocuparse de lo que necesitaba cada una. Los regalos de los cumpleaños eran ropa o zapatos; sólo en Navidad recibían un juguete.

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Sonia sueña

—¿Qué pasa Sonia? —preguntó su mamá que llegó corriendo al cuarto de su hija al oírla gritar. —Sueño, sueño con cosas graciosas –dijo Sonia medio dormida. —¿Eso eran carcajadas? Sonia soñaba mucho, tanto, tanto que a veces tenía más historias de sueño que de la vida despierta. A Sonia le encantaba contar los sueños. Su familia sospechaba que inventaba o, al menos, exageraba. No conocían a otra persona que, como Sonia, sintiera olores, tuviera sensaciones de suavidad, aspereza o viscosidad en los sueños.

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La buena noticia

La maestra nos dijo que, después del recreo, nos iba a dar una Buena Noticia. ¿Cuál sería? Con la señorita Marta, no compartíamos muchos gustos. De niños, nos gustaba correr, pero la Seño buscaba juegos tranquilos. Para niños y niñas, tranquilidad no es la mejor palabra para acompañar juegos, o por lo menos los juegos preferidos. Muchas veces, a la hora de la siesta, hay que jugar tranquilos o dormir, y los elegimos, pero no es una elección libre.

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Mensaje en la botella

Una mañana, el abuelo nos invitó a todos a desayunar en su casa. Eso es lo que esperábamos, porque el abuelo hacía churros rellenos, los mejores de la costa, y nos recibía con ese exquisito aroma a café y leche espumosa que preparaba. Él no se sentaba, porque los churros se comen calentitos y los iba haciendo en el momento. Mientras, nos contaba historias. Papá lo escuchaba y mamá leía el diario porque decía que ya se las sabía de memoria. Sin embargo, esa mañana, cuando el abuelo hablaba, dejó de leer y lo escuchó con atención. “Hay días fríos en la playa en que los socorristas tenemos que ir de todas formas, aunque la bandera esté roja, pues siempre hay alguien que se mete en el agua.

Una de esas mañanas, fría y medio lluviosa, estaba por prepararme un café cuando se me acercó un hombre, y comenzamos a hablar. Muchos socorristas hablaban mientras trabajan, eso a mí no me gusta. Se me hacía difícil estar atento a las personas que estaban en el mar. A veces eran pocas, pero al estar distribuidas a lo largo de la playa, exigía mirar hacia un lado y hacia el otro, incluso con los catalejos. Algún que otro compañero me tildaba de exagerado, pero a mí no me parecía así. Esa mañana, sin gente en la playa, era ideal para tomar café y hablar, pero siempre mirando hacia el mar.

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Parroquia Sagrada Familia