Una gran sorpresa

Ya habían pasado dos meses de iniciadas las clases. La maestra pensó que era tiempo de convocar a una reunión con las familias para contarles cómo estaban trabajando y colaboraran con el aprendizaje de los niños. La maestra estaba bastante nerviosa. Podía suceder que algunos padres no compartieran la forma de trabajar de la escuela y quisieran que sus hijos aprendieran más rápido. Sabía que en un colegio cercano, los niños aprendían a leer en poco tiempo y se rumoreaba que hacían comparaciones. Tenía que hacerles entender que la rapidez no era un valor para el aprendizaje, sino el proceso que realizaban los niños. No bien comenzó la reunión, percibió que existía un buen clima, los padres, las madres algunos abuelos presentes escuchaban atentos, preguntaban, contaban que los niños estaban motivados y se manifestaban agradecidos por cómo aprendían los niños.

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Derechos del niño: Derecho a no ser discriminado

La mayoría de los chicos de quinto curso no querían faltar a la escuela ni martes ni jueves porque eran los días que les tocaba jugar al fútbol. En cuanto tocaba el timbre del recreo, salían corriendo hacia el patio. A Lucas no le gustaba jugar al fútbol, pero no quería quedar fuera del grupo de amigos.

Un día, decidió que ya estaba cansado de fingir y, desde ese momento, empezó a hablar con sus amigas, o simplemente caminaba por el parque.

—Lucas, ven a jugar, ¿qué haces con las chicas? –le decían los amigos. A veces, le chinchaban: “¡Te gusta Lorena!”. A Lucas no le importaba, sentía que se había sacado un peso de encima. Tomás, uno de sus amigos, festejaba su cumple en un campo de fútbol e hizo tarjetas de invitación para repartirlas en la escuela. Unos días antes del festejo, en su casa, la hermana le pidió prestada una tijera.

—Cógela, está en mi riñonera –dijo Tomás. Cuando su hermana sacó la tijera, vio que estaba la invitación de Lucas.

—Tomás, no le diste la invitación a Lucas –le dijo.

—Dale, ¿porqué miras lo que no te importa? La mamá, que estaba con ellos, se extrañó del tono de la respuesta.

—Tomás, tu le dijiste que buscara la tijera en la riñonera y tu hermana te está diciendo algo bueno, que no le entregaste la tarjeta a tu amigo Lucas. ¿Pasa algo que no nos dijiste? ¿Te olvidaste o no se la diste?

—No se la di, a Lucas ya no le gusta jugar al fútbol. Ya no quiere estar con nosotros.

—¿No quiere estar con vosotros o no quiere jugar al fútbol? ¿Tu quieres reunir a tus amigos para festejar tu cumpleaños o quieres organizar un partido de fútbol? ¿Por qué no dejas que tu amigo decida si quiere ir o no? Al día siguiente, Tomás le dio la invitación a Lucas.

—¡Qué bueno! Gracias, me encanta ir a tus cumpleaños.

—Pero... vamos a jugar al fútbol.

—¿Me estás invitando a un partido o a tu cumple?

—A mi cumpleaños –dijo Tomás. La tarde del cumple, mientras sus amigos jugaban al futbol, Lucas los alentaba desde afuera, charlaba con los familiares o jugaba con las primas. En el momento de irse, le dio un gran abrazo a Tomás:

—Gracias por haberme invitado. Fue un cumpleaños genial –le dijo.

¿Dejamos de lado a alguien porque tiene gustos diferentes o porque es diferente? ¿Nos mostramos como somos aunque seamos distintos a los que nos rodean?, o ¿necesitamos su aprobación?. Hoy es el segundo domingo de Cuaresma. ¡Qué bonito encontrarnos con esta lectura! Jesús muestra toda su gloria a alguno de sus amigos. Pero no caigamos en la tentación de querer ver a Jesús así siempre. A Jesús lo vemos en cada niño que sufre, en el que no tiene que comer, en el que no tiene dónde vivir, en el que está preso o enfermo. También en todos aquellos que lo aman. Ojalá que en este tiempo nos podamos encontrar con Jesús a nuestro lado.

Derechos del niño: Derecho a la salud

La maestra de sexto grado preguntó a los niños: “¿Qué es estar sano?”. Algunas de las respuestas fueron: no estar enfermo, que no te duela nada, que estés fuerte, que no estés resfriado, que puedas venir a la escuela...

—Vamos a dejar anotadas esas respuestas en la carpeta, pero para la semana que viene, investigad en vuestras casas, preguntad a vuestros padres y abuelos, qué es estar sano. Cuando llegó el momento de poner en común las respuestas, la mayoría llevó escrito: “La salud (del latín salus-utis) es un estado de bienestar o de equilibrio que puede ser visto a nivel subjetivo (un ser humano asume como aceptable el estado general en el que se encuentra) o a nivel objetivo (se constata la ausencia de enfermedades o de factores dañinos en el sujeto en cuestión). El término “salud” se contrapone al de “enfermedad”, y es objeto de especial atención por parte de la medicina y de las ciencias de la salud”.

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Derechos del niño: Derecho a la educación

Javier soñaba con ser maestro, pero maestro rural. —¡Si a ti no te gusta el campo! –le decían sus familiares. —Si te gusta salir todos los fines de semana, ¿qué vas a hacer metido en medio de la nada? –le decían sus amigos. Javier les daba la razón, no le gustaba el campo, sino salir con los amigos al cine, al teatro, a todos los lugares que le permitía la gran ciudad en la cual nació y se crió. Sin embargo, al mismo tiempo, desde que había visto el aviso en la cartelera del profesorado, sentía una necesidad de ofrecerse para ser maestro rural. El día que dió el último examen, cuando los amigos le tiraban huevos en la cabeza, él quedó con la cara pegada a la cartelera de entrada: “Se necesita maestro en el paraje La Primavera, La Rioja”. Sin que hiciera el mínimo esfuerzo, se le grabó el teléfono al cual había que llamar. Al día siguiente, se comunicó y, en menos de una semana, tomó el autobús hasta los llanos de La Rioja.

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Derechos del niño: Derecho a la intimidad

En la familia de Marta, los niños elegían el regalo de cumpleaños. El Día del niño, Navidad y Reyes, salían a pasear con la familia o recibían algo para todos, una bicicleta, un juego de mesa... Si el regalo que deseaban era costoso, se lo hacían entre varios familiares o amigos. Cuando Marta cumplió 11 años, pidió a su abuela que le regalara un diario íntimo. —Uno de esos cuadernos que tienen candado para que nadie los pueda abrir –le dijo. —¿Para qué quieres uno de esos?, le preguntó la abuela. —Para escribir cosas mías, que nadie lea. La abuela sabía qué era un diario íntimo; cuando era pequeña también tenía un cuaderno en el cual escribía lo que hacía durante el día, especialmente lo que había sentido. Era un cuaderno de hojas cuadriculadas, en las cuales escribía con letra pequeña, sin dejar un renglón libre, cómo la maestra le decía que era lo correcto. En la escuela, eran muy estrictos: subrayar con regla y no escribir en el margen. Pero la abuela, en su diario, no dejaba ni un lugarcito sin escribir. A veces, empezaba a escribir en el centro de la hoja y seguía en espiral hasta cubrirla totalmente. Luego había que leerlo dando vueltas el cuaderno.

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Parroquia Sagrada Familia