«Conscientes de nuestra vocación y misión»

Mario Iceta Gavicagogeascoa (Arzobispo de Burgos)

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Queridos hermanos y hermanas:

La Iglesia celebra hoy, domingo del Buen Pastor, la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones y la Jornada de Vocaciones Nativas con el lema Hágase tu voluntad. Todos discípulos, todos misioneros.

Todos los días hemos de interrogarnos por el sentido de nuestra vocación, por la fuente que brota desde el Costado de Jesús hasta lo más íntimo de nuestro ser, por los frutos de la misión que Dios ha puesto en nuestras manos.

Esta jornada de oración nos invita a entrar en lo más profundo de nuestro ser y, al mismo tiempo, desean suscitar en nosotros una respuesta al seguimiento de Cristo, así como invitar a toda la comunidad cristiana a orar por las vocaciones y para su necesario acompañamiento y sostenimiento.

Hágase tu voluntad. Todos discípulos, todos misioneros. Este lema, que nace de la oración del Padrenuestro, recuerda a un Dios providente que –tal y como destaca la Delegación de Vocaciones de la Conferencia Episcopal– «busca nuestro bien» y, como María, nos alienta a «unirnos a ese plan, en escucha y obediencia, hasta decir ‘Hágase en mí según tu Palabra’». Asimismo, como discípulos y misioneros del Maestro, somos enviados por Él a vivir y anunciar el Evangelio, «siempre aprendiendo y siempre enviados».

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«Por un trabajo que construya dignidad»

Mario Iceta Gavicagogeascoa (Arzobispo de Burgos)

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Queridos hermanos y hermanas:

Hoy, por cuarto año consecutivo, celebramos en nuestra Iglesia burgalesa la Pascua del Trabajo. Con el lema Por un trabajo que construya dignidad, nuestra archidiócesis está comprometida de manera muy especial con la defensa del trabajo digno, con una implicación que aúna diferentes realidades y sensibilidades y que pone el corazón de la persona en el centro.

Así, desde octubre del año pasado hasta junio de 2024, la archidiócesis ofrece formación con la única intención de ofrecer una visión clara y fidedigna sobre el trabajo digno según la Doctrina Social de la Iglesia, así como denunciar las situaciones que precarizan y deshumanizan el trabajo. En este sentido, parafraseando la expresión de Jesús de que “mi Padre hasta ahora trabaja y yo trabajo” (Jn 5, 17), la Delegación para la Pastoral del Trabajo recuerda que, en el principio, «el trabajo aparece como empeño divino: Dios es el primer Trabajador porque trabaja para crearnos, es decir, el ser humano es fruto del trabajo divino». Un sentir que rememora cómo Dios crea al ser humano con su trabajo y, por ello, está satisfecho y gozoso: «Vio Dios cuanto había hecho, y todo era muy bueno» (Gen 1, 31).

Un Dios alfarero (cfr. Jr 18, 1-23) que ha creado al ser humano a imagen y semejanza suya (Gn 1,26-28). Y, como tal, el trabajo es realización de la imagen divina que Dios ha plasmado en nuestro ser, tanto para el ímpetu de la faena como para la belleza del descanso.

«Es necesario afirmar que el trabajo es una realidad esencial para la sociedad, para las familias y para las personas», expresó el Papa Francisco a los trabajadores de la Fábrica de Aceros Especiales de la ciudad italiana de Terni, en marzo de este año. Su principal valor «es el bien de la persona humana», ya que «la realiza como tal, con sus actitudes y sus capacidades intelectuales, creativas y manuales», continuó, para expresar que de esto se deriva que «el trabajo no tenga solo un fin económico y de beneficios», sino ante todo «un fin que atañe al ser humano y a su dignidad. ¡Y si no hay trabajo esa dignidad está herida!».

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«La misericordia, camino de fraternidad y de paz»

Mario Iceta Gavicagogeascoa (Arzobispo de Burgos)

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Queridos hermanos y hermanas:

«La humanidad no conseguirá la paz hasta que no se dirija con confianza a Mi misericordia» (Diario, 300). Con este pensamiento que el Señor le inspiró a santa María Faustina Kowalska y que escribió en su Diario, hoy celebramos el Domingo de la Divina Misericordia. Una fiesta que desea hacer llegar al corazón de cada persona, tras la Pascua de Resurrección, un mensaje, un encargo, un mandamiento de amor: «Cuanto más grande es el pecador, tanto más grande es el derecho que tiene a Mi misericordia» (Diario, 723).

Un canto a la misericordia, a la compasión desmedida, al perdón infinito. El Señor, a través de la mirada y el corazón de santa Faustina, desea conceder inimaginables gracias a quienes pongan su confianza por entero en sus manos.

«La misericordia es el camino de la salvación para cada uno de nosotros y para el mundo entero», reveló el Papa Francisco en 2022 a un grupo de peregrinos reunidos en el Santuario de la Divina Misericordia de Cracovia, donde hacía veinte años san Juan Pablo II había encomendado al mundo esta advocación. El Papa Wojtyla lo hizo con el «deseo ardiente» de que el mensaje de amor misericordioso de Dios, proclamado allí a través de santa Faustina, «llegue a todos los habitantes de la tierra y llene su corazón de esperanza». Y lo manifestó con unas palabras que aún guardo con especial devoción: «Ojalá se cumpla la firme promesa del Señor Jesús: de aquí debe salir ‘la chispa que preparará al mundo para su última venida’».

Siguiendo los pasos de santa Faustina y de san Juan Pablo II, seamos apóstoles y testigos de la misericordia, vivamos este don como verdaderos hermanos y empapemos este mundo de misericordia. Pero no solo con nuestras palabras, sino ante todo, con nuestra manera de ser y de obrar, con nuestras actitudes y gestos, con nuestras tareas y obras.

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«Jesús resucitado, nuestra vida y esperanza»

Mario Iceta Gavicagogeascoa (Arzobispo de Burgos)

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Queridos hermanos y hermanas:

«La Pascua de Cristo es el acto supremo e insuperable del poder de Dios. Es un acontecimiento absolutamente extraordinario, el fruto más bello y maduro del misterio de Dios». Estas palabras, pronunciadas –un día como hoy, en el año 2010– por el Papa Benedicto XVI, proclaman el anuncio luminoso de la Resurrección, la buena noticia por excelencia, el acontecimiento que da sentido y configura nuestra fe: «No os asustéis. ¿Buscáis a Jesús nazareno, el crucificado? Ha resucitado. No está aquí» (Mc 16, 6).

Tras la muerte por amor del Señor en lo más alto del Gólgota, hoy celebramos su triunfo definitivo, su victoria sobre la inquietante oscuridad, su anhelada resurrección. Hoy volvemos a celebrar la Vida, la que fecunda nuestra fe, la que da sentido al llanto y a la espera del Viernes y del Sábado Santo.

Hoy, de la mano de María Magdalena y de las santas mujeres del Evangelio, que fueron con ungüentos a embalsamar el Cuerpo de Jesús al sepulcro y lo encontraron vacío, vayamos a decírselo a todos los que han caminado junto a Él y aún están llenos de tristeza (cf. Mc 16, 9).

Cristo murió al terminar la oscuridad para resucitar como había prometido. La espera sería breve, aunque dolería e, incluso, agitaría el corazón. Pero nada era motivo suficiente para abandonarle, porque aquella era la más decisiva de todas las esperas.

Dice el evangelista Marcos que Jesús «resucitó al amanecer del primer día de la semana» (Mc 16, 9). Una fecha que porta una alegría indescriptible; un hecho que lo cambia todo. De repente, el Madero, forjado en dolor, desprecio y crueldad, se vuelve enteramente admirable; las últimas palabras del Señor en la Cruz se convierten en la declaración de amor más generosa de la Historia; y el drama de la Crucifixión torna su rostro para mostrarnos cómo resplandece la Belleza del amor de Dios.

La nueva vida en Cristo cambia el corazón de quien se fía y se deja moldear por su mano compasiva y eternamente buena. Así, «seremos verdaderamente y hasta el fondo testigos de Jesús resucitado», revelaba Benedicto XVI durante aquella audiencia general de 2010 con los peregrinos llegados de todas partes del mundo, «cuando dejemos trasparentar en nosotros el prodigio de su amor: cuando en nuestras palabras y, aún más, en nuestros gestos, en plena coherencia con el Evangelio, se podrá reconocer la voz y la mano del mismo Jesús».

Qué difícil nos es, a veces, encarnar su mirada y ser ese reflejo del Señor en medio del mundo, pero qué sencillo resulta comprobar que su resurrección es promesa de la nuestra: «Si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con Él» (Rom 6, 8). Porque, al morir, muere el hombre viejo de una vez para siempre y, al vivir, se vive para Dios. Un gesto que nos anima, como relata san Pablo, a ayudarnos mutuamente a llevar nuestras cargas para vivir así el amor de Cristo en nosotros (cf. Gál 6, 2).

La Resurrección es una declaración de misericordia. Tal y como suena. «¡Contento, Señor, contento!», repetía, una y otra vez, san Alberto Hurtado, aun cuando había experimentado en sus propias carnes el dolor y se había dejado afectar por él. Porque ponía el agradecimiento a Dios por encima de la pesarosa queja, porque la alegría del Resucitado invadía todas y cada una de sus razones. «¡No solo hay que darse, sino darse con la sonrisa!», insistía el santo jesuita.

La Pascua del Señor es, también, la nuestra, y su felicidad ha de llevar grabado nuestro nombre. Por tanto, es el momento de pasar de la angustia a la paz, del miedo a la felicidad, de la desesperación a la esperanza que lo cambia todo. Y esto, sin dejar de ser sensibles al dolor del hermano que sufre y que espera, de nosotros y en nosotros, la caricia sanadora de Cristo.

Nos dejamos acompañar por María, y junto a su Hijo, el que había custodiado en sus propios brazos después de ser crucificado, anunciemos la noticia que cambia la humanidad y la llena de esperanza: que Cristo vive, que ha vencido a la muerte, que ha resucitado. Celebremos este día en el que actuó el Señor con una alegría desbordante y un admirable gozo (cf. Sal 117), hasta que todos puedan leer en nuestro rostro la razón que da sentido a nuestra vida y puedan decir al mirarnos: ¡Hemos visto al Señor! (cf. Jn 20, 18).

Que la paz de Dios guíe siempre vuestro camino.

¡Feliz y Santa Pascua de Resurrección!

«Semana Santa, el poder del amor y la misericordia»

Mario Iceta Gavicagogeascoa (Arzobispo de Burgos)

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Queridos hermanos y hermanas:

Hoy, con la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, comienza el tiempo de gracia para abrir, sin reservas ni evasivas, el corazón a Dios.

¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!, volvemos a clamar en este Domingo de Ramos, a los pies del pollino que carga con Aquel que señala el camino de la redención, del poder del amor y de la misericordia.

Adentrarse en el espíritu de la Semana Santa supone abandonarse al cuidado de un Dios que se hace carne para llevar nuestras fragilidades, renuncias y pecados en su Cuerpo hasta la Cruz para que, lavados en su sangre y en la entrega de su vida, es decir, en su amor infinito, vivamos con Él y para Él y nunca olvidemos que «con sus heridas fuimos curados (1 Pe 2, 24).

Este tiempo de silencio, prueba y fortaleza en medio de la adversidad se convierte en una oportunidad para dejarse sorprender por el Amado. Si Él pudo hacer frente a tanto dolor y su apasionada respuesta fue devolver bien por mal, redescubrimos que la Semana Santa es un misterio de amor: «Nadie me quita la vida, sino que yo la entrego» (Jn 10, 18), dice el Señor.

Así, hemos de preguntarnos cuánta vida entregamos en nuestro quehacer diario y qué testimonio estamos dispuestos a donar durante estos días de Pasión, Muerte y Resurrección. Si Él nos invita y nos reúne para ablandar los corazones endurecidos por el odio, la mentira, la intolerancia, la soberbia y la crueldad, ¿cómo vamos a hacer oídos sordos a su llamada y a su entrega?

Él «nos ha rescatado de la esclavitud de la muerte, ha roto la soledad de nuestras lágrimas y ha entrado en todas nuestras penas y en todas nuestras inquietudes», decía el Papa Benedicto XVI. De esta manera, Dios nos ha regalado su propia vida abrazada a un madero para que seamos capaces de atravesar el apasionado y tantas veces agitado mar de la existencia. Es la nueva alianza en la Sangre de Cristo; es decir, en su vida. Y esa entrega crucificada y resucitada renueva al hombre viejo, porque la muerte se convierte en la suprema manifestación del Amor que se dona a quienes más lo necesitan.

Esto nos recuerda que, si fijamos los ojos en Jesús durante esta semana de pasión y gloria, aprenderemos –con Él y en Él– a superar la adversidad y a afrontar situaciones dolorosas que sobrevengan a nuestras vidas. Porque la resurrección es el fruto de un amor compasivo que genera una esperanza verdadera y que no pasa jamás (cf. Cor 13, 8).

Hoy dejamos atrás el tiempo de Cuaresma, donde hemos caminado durante cuarenta días por el desierto. Hemos pasado de la esclavitud del pecado a la libertad de los hijos de Dios. Es la libertad del amor que rescata a los sufridos, pobres y desheredados de la tierra, para afianzar su dignidad y resarcir lo que la injusticia les ha sustraído.

Hagamos, de toda vida humana, un eterno Triduo Pascual. Acompañemos al Señor en la Cena del Jueves Santo, sentémonos a su lado, junto a sus discípulos y a sus pobres, y compartamos su Cuerpo y su Sangre en su mesa fraterna; estemos a su lado durante la Pasión del Viernes Santo, cuando pesa el abandono, por si el llanto, el dolor y la tristeza vuelven a inundar el Huerto de los Olivos, y acompañémosle agradecidos para que las tinieblas no nublen un solo ápice de su luz que quiere iluminar a los que viven en la tiniebla de la miseria, el sufrimiento o el desamor; permanezcamos cerca de Él, al albor del Sábado Santo, en silencio, hasta que se encuentre nuevamente en los brazos del Padre, una vez vencida la muerte, proclamado el triunfo definitivo de la vida y, abiertas las puertas del cielo, podamos resucitar –con Él– a una vida nueva.

La Semana Santa nos invita a volver a abandonar todos los cansancios y agobios en los brazos del Señor (cf. Mt 11, 28-29). Y también a aprender de Él, que es manso y humilde de corazón, y es el único descanso verdadero para toda la humanidad. Y, como el discípulo amado, acojamos en nuestra casa a la Virgen María. Ella, mejor que nadie, conoce el precio incalculable del amor.

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

Parroquia Sagrada Familia