Derechos del niño: Derecho a la educación

Javier soñaba con ser maestro, pero maestro rural. —¡Si a ti no te gusta el campo! –le decían sus familiares. —Si te gusta salir todos los fines de semana, ¿qué vas a hacer metido en medio de la nada? –le decían sus amigos. Javier les daba la razón, no le gustaba el campo, sino salir con los amigos al cine, al teatro, a todos los lugares que le permitía la gran ciudad en la cual nació y se crió. Sin embargo, al mismo tiempo, desde que había visto el aviso en la cartelera del profesorado, sentía una necesidad de ofrecerse para ser maestro rural. El día que dió el último examen, cuando los amigos le tiraban huevos en la cabeza, él quedó con la cara pegada a la cartelera de entrada: “Se necesita maestro en el paraje La Primavera, La Rioja”. Sin que hiciera el mínimo esfuerzo, se le grabó el teléfono al cual había que llamar. Al día siguiente, se comunicó y, en menos de una semana, tomó el autobús hasta los llanos de La Rioja.

Los amigos se sorprendieron cuando recibieron una carta. “Les escribo porque no tengo Internet. Quería contarles que estoy muy bien, vivo en la escuela que es de adobe y tiene más de 100 años. El baño está fuera de la casa. Todo está en un solo ambiente: la cocina, el aula, el comedor y mi cuarto. A la mañana, me levanto bien temprano para preparar todo, cierro la cama, pongo la leche para el café. Hasta aprendí a hacer pan y a cocinar guisos. Al principio, me salían bastante malos, pero voy mejorando. La gente me trae verduras y un poco de carne. Cada tanto, voy al pueblo para comprar alguna cosa y aprovecho para mandar cartas. Dentro de unos días, voy para allá para conocer a mi sobrina, aprovecho un fin de semana largo y, de paso, voy a verlos. Abrazos.”

Los amigos se pusieron felices, extrañaban a Javier, que era el que hacía más chistes y alegraba las reuniones. La noche que se encontraron no pararon de preguntarle cosas acerca de cómo era la escuela, cómo se llegaba, si el agua era potable y si tenía luz Javier contestaba las preguntas con paciencia y con tanto entusiasmo que asombraba a sus amigos. ¡Cómo había cambiado!. Uno de ellos le preguntó si se arreglaba solo para atender a todos los alumnos. —Sí, hay cinco alumnos en la escuela –contestó. —¿Cómo cinco alumnos? ¿Cinco por grado? —No, cinco en toda la escuela. —¿Tu te fuiste al medio de la nada por cinco niños? ¿Estás loco? –le dijo un amigo. —No –dijo Javier– no me fui por cinco, me hubiera ido por uno solo. ¿Sabeis lo que es para esos chicos tener un maestro cerca? ¿Y para los padres y para los abuelos? Muchos no fueron nunca a la escuela.

¿Valoramos la educación que recibimos? ¿La aprovechamos?. Las personas seguían y buscaban a Jesús, lo rodeaban multitudes. A veces, Jesús sentía la necesidad de alejarse, de estar solo para rezar, y luego seguía yendo de ciudad en ciudad sanando a los enfermos, alegrando a los tristes, consolando a los afligidos, hablando de una nueva vida para todos.

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