Derechos del niño: Derecho a la intimidad

En la familia de Marta, los niños elegían el regalo de cumpleaños. El Día del niño, Navidad y Reyes, salían a pasear con la familia o recibían algo para todos, una bicicleta, un juego de mesa... Si el regalo que deseaban era costoso, se lo hacían entre varios familiares o amigos. Cuando Marta cumplió 11 años, pidió a su abuela que le regalara un diario íntimo. —Uno de esos cuadernos que tienen candado para que nadie los pueda abrir –le dijo. —¿Para qué quieres uno de esos?, le preguntó la abuela. —Para escribir cosas mías, que nadie lea. La abuela sabía qué era un diario íntimo; cuando era pequeña también tenía un cuaderno en el cual escribía lo que hacía durante el día, especialmente lo que había sentido. Era un cuaderno de hojas cuadriculadas, en las cuales escribía con letra pequeña, sin dejar un renglón libre, cómo la maestra le decía que era lo correcto. En la escuela, eran muy estrictos: subrayar con regla y no escribir en el margen. Pero la abuela, en su diario, no dejaba ni un lugarcito sin escribir. A veces, empezaba a escribir en el centro de la hoja y seguía en espiral hasta cubrirla totalmente. Luego había que leerlo dando vueltas el cuaderno.

Nunca le mostró a nadie su diario, ni siquiera a su esposo. No fue porque hubiera algo que no se pudiera leer, sino porque era algo propio. Nunca se le ocurrió mostrarlo. Todavía lo tenía guardado en la parte alta del armario ropero. Ya no se acordaba qué había escrito y, por ahora, no tenía ganas de leerlo. “Quizás, algún día –pensaba–, cuando me jubile o no tenga nada que hacer, me siente a leer lo que escribí hace tantos años”. —¿Y tenía llave o candado? –preguntó Marta. La abuela le explicó que no, que no se le había ocurrido nunca ponerle llave. Pensándolo bien, en su casa no había llaves, sólo en la puerta de entrada y, generalmente, no se usaba, quedaba sin llave hasta por la noche. ¡Cómo habían cambiado las cosas! Ahora todas las puertas tenían dos o tres llaves, y algunas casas tenían dos puertas. —Y tus hermanos ¿no se metían en tu habitación? —No, a nadie se le ocurría. Siempre llamábamos antes de entrar. A ninguno, ni a mamá ni a papá, se le ocurría leer algo que no fuera suyo. Si mamá quería buscar algo en mi mochila, me avisaba. Lo mismo con la carpeta de la escuela, siempre me la pedían para ver, no la cogían sin más. A veces, dejaba el diario sobre la mesa, y mis hermanas lo veían, sabían qué era y no lo abrían. A la abuela le costó mucho conseguir el diario que deseaba Marta. Fue a varios lugares y, como no lo encontró, compró una libreta, un candado y agujereó las tapas y lo armó ella. Marta estaba feliz, por fin iba a tener su diario asegurado, a prueba de intrusos. —Abu, me quedé pensando... cómo era que estabas tan segura de que nadie te leía el diario. —Muy simple, porque a mí nunca se me ocurrió leer el de mis hermanas.

¿Se nos respeta el derecho a la intimidad? ¿Respetamos la intimidad del otro? Este relato es una pequeña parte de este derecho, pues hay mucho más para pensar y hablar con los que te quieren y se preocupan por tu bien. Jesús hablaba y actuaba con autoridad. Una autoridad guiada por el amor y por la búsqueda del bien común. Jesús no impone por la fuerza, no obliga, no castiga, porque su amor es más grande que todo, siempre espera, siempre comprende. Esto nos puede asombrar, pero si nos atrevemos a vivir como él, viviremos en un mundo mejor y más justo.

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