Derechos del niño: Derecho a la identidad, a un nombre, a ser llamados como queremos

A Loto lo llamaron así desde que nació. Por supuesto, no era el nombre que aparecía en el documento del registro, pero era su nombre. En su casa, los amigos, el panadero, el carnicero y hasta el señor del quiosco de periódicos, le llamaban Loto. A la abuela le costó un poco más. —Tienes un nombre bonito: Ernesto es un nombre muy importante, hay un libro que se llama La Importancia de llamarse Ernesto de Oscar Wilde, un gran escritor –le decía la abuela y le mostraba el libro–. ¿Te puedo llamar Ernesto? —Bueno abuela, tu sí, pero a mí me gusta Loto, –contestaba su nieto. Y la abuela, con un poco de esfuerzo, comenzó a llamarle como él prefería. Cuando ingresó en la primaria, las cosas cambiaron. El primer día, en la clase, la maestra le preguntó cómo se llamaba. —Loto, –contestó. —No, ¿cuál es tu nombre? –insistió. —Loto –dijo Loto un poco molesto. —No te pregunto por el sobrenombre, quiero saber cuál es tu nombre, el que está en el documento. Loto le dijo el nombre que estaba en el documento y, desde ese día, fue Ernesto. Los compañeros, que lo acababan de conocer, también comenzaron a llamarlo Ernesto. Poco a poco, sus padres dejaron de decirle Loto, y los amigos del barrio y hasta la abuela volvió a llamarlo Ernesto.

Muchos años después, mientras iba hacia el trabajo en la fábrica, sintió que alguien gritaba desde el fondo: —¡Loto, ven a sentarte aquí que hay sitio! Era un vecino del barrio que se había cambiado a otro barrio cuando eran pequeños. —¿Te acuerdas de mí? —Loto querido, ¡cómo no me voy a acordar de ti! Me gustaba tanto llamarte así, Loto. Un nombre simple y fuerte. Todos los que empiezan con to son fuertes, como tú. Su amigo se bajaba a las pocas paradas. Por eso intercambiaron los contactos del móvil y se despidieron. A Ernesto le faltaban varios barrios para llegar a su destino. Sentado en el fondo del autobús recordó su infancia, jugar en el campo, el olor de la sopa de la abuela, las tortas fritas en los días de lluvia, las charlas con los niños vecinos... durante la hora de la siesta. Llegó al trabajo y se colocó en la mesa de entrada donde daba los informes. Una señora que tenía que hacer un trámite que era difícil para ella, le agradeció su ayuda y le dijo —¡Gracias querido! ¿Cómo te llamas? —Loto, me llamo Loto.

¿Cómo te gusta que te llamen? ¿Por qué te pusieron este nombre?, ¿qué significa? ¿Llamo a los demás de la forma en que les gusta?. Jesús nos anuncia la Buena Noticia, la más grande: Dios nos ama con un amor inmenso, más grande que el que nos podamos imaginar. Jesús nos llama para que seamos pescadores de hombres, es decir, para “pescar” a los otros con la red del amor de Dios. Una red que en vez de atrapar, nos hace libres.

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