Derechos del niño: Derecho a jugar, a tener amigos

Pablo iba a una escuela de doble turno. Algunos días, a la salida, lo buscaba su padre y otros su madre. Llevaban algo para merendar en el viaje hasta el club donde entrenaba para jugar al fútbol. Era un muy buen defensor y amaba ese puesto. El entrenador le había preguntado si no quería probarse en la delantera del equipo porque veía que tenía grandes posibilidades, pero a él no le interesaba.

Un día, la maestra pidió una entrevista con los padres.

—No lo veo bien a Pablo, parece triste, cansado. El rendimiento bajó un poco, pero está bien... Me preocupa que no lo veo bien, le falta entusiasmo. El padre y la madre se fueron preocupados. ¿Qué le podría pasar? Aparentemente, Pablo tenía todo lo que podía querer un chico de su edad. Esa noche, durante la cena, decidieron hablarlo.

—¿Qué te pasa Pablo? La maestra nos dijo que no te ve bien.

—¿La maestra los citó para decirles eso? ¿Les dijo que no estoy rindiendo en la escuela? Lo que pasa es que como no tengo tiempo para hacer la tarea en casa, muchas veces me quedo durante el recreo o me llevo la carpeta al bar. Por eso, nunca tengo tarea. Quizás, no la hago muy bien porque tengo poco tiempo. Los padres no sabían que Pablo hacía eso. Creían que, como era una escuela de doble turno, no les enviaban tarea para su casa.

—No, la maestra nos dijo que te ve triste.

—Ah, un poco, me gustaría tener tiempo para jugar.

—¡Pero si vas a fútbol todos los días! ¡Hasta los fines de semana tienes partido! –dijo el padre.

—No me entendéis, quiero jugar, quiero divertirme. Quiero ir a la plaza con mis amigos y pelotear un rato.

—Pero si juegas...

—No, no me entendéis –interrumpió Pablo– quiero jugar, no entrenar todo el tiempo o participar de campeonatos los fines de semana. ¡No es lo mismo! Mis amigos juegan a la mancha, al quemado, con figuritas o canicas, o a otras cosas. Quiero estar jugando sin alguien diciéndome lo que tengo que hacer o los padres gritándonos cómo pegarle a la pelota o cómo pararnos en la cancha. Después de algunos partidos tengo ganas de llorar. No me divierto, aunque vosotros no me gritáis, oigo a los otros padres y sufro.

Esa noche, cuando Pablo se fue a dormir, sus padres se quedaron hablando. Algo debían hacer, Pablo necesitaba poder jugar de verdad, con sus amigos, sin presiones. Por eso decidieron sacarlo del club donde entrenaba y anotarlo en un club de barrio, donde iba dos veces por semana y domingo por medio. Además, el entrenador sacaba tarjeta roja a los padres que gritaban, y tenían que salir de la cancha. Le permitían faltar al entrenamiento si tenía un cumpleaños o lo invitaban a jugar a una casa y él deseaba ir. El entrenador del club les dijo que no iba a llegar a ser un jugador de primera, a Pablo y a su familia no les importó, eligieron que sea un niño feliz. Así después, de más mayor, podría hacer lo que quisiera.

¿Tienes tiempo para jugar? ¿Tienes tiempo para pasar con tus amigos? ¿Existen lugares en tu barrio donde poder ir a jugar?. Andrés encontró al Mesías, al enviado, al esperado durante muchos años por el pueblo judío. Fue a ver dónde vivía, dejó todo y lo siguió. Lo escuchó, se hizo amigo y llamó a otros para contarles la buena noticia. Ojalá cada uno de nosotros sienta lo mismo por Jesús, ojalá nos encontremos con él, valoremos su palabra y lo reconozcamos como el Salvador.

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