Un sueño extraño

Tobi tuvo un sueño muy extraño. Soñó que en un gran salón había muchísimas personas que se iban moviendo y agrupando según las consignas de alguien que hablaba por micrófono. Conocía a la mayoría de los que participaban en el sueño; eran vecinos, compañeros de escuela, amigos de sus padres, gente que salía por la televisión. Él no escuchaba lo que decía el conductor. Tobi debía deducir lo que los movía a agruparse de una u otra forma. Mujeres de un lado, varones de otro. Altos, bajos, rubios, pelirrojos, estudiantes, maestros, personas con diferentes profesiones... Tobi adivinaba con bastante esfuerzo.

Hasta que él no decía en voz alta el motivo de esa clasificación, qué criterio habían tomado para agruparse, todos se quedaban mirándolo, implorando que adivinara para continuar con ese extraño juego sin ganadores ni vencidos. Aparentemente, el único que podía perder era él. En un momento, quedaron pocas personas de un lado y muchas del otro. Tobi reconoció a los cinco que estaban en el pequeño grupo: una niña de primer grado, el abuelo, una maestra de la escuela, una vecina, el entrenador del club del grupo de los Minis. ¿Qué tenían en común todas esas personas? Tobi no pudo encontrar algo que los relacionara, y el juego terminó porque su mamá lo despertó para ir a la escuela.

Durante el día estuvo pensando en esas cinco personas. En el recreo buscó a la niña de primer grado. No se acercó, la observó de lejos. Era diferente del resto; en la fila para comprar en el bar, no empujaba ni gritaba; esperaba tranquilamente hasta que fuera su turno y, con firmeza pero sin violencia, sacaba al que quisiera ponerse delante de ella. Luego habló con una amiga que era alumna de la maestra del sueño y le preguntó cómo era ella. —Justa; se enoja sólo por cosas importantes, como que nos burlemos unos de otros, o que no nos preocupemos por el que tiene dificultades. Nos reta si hacemos lío, pero no se enfada, –le contó.

Al abuelo lo conocía de sobra. Cuando tenía un problema, lo llamaba y, aunque muchas veces no hacía caso de sus consejos, siempre lo ayudaba a pensar. Le preguntó a la mamá si conocía a la vecina, cómo era ella. —Sabia –dijo–. Le pasaron cosas muy tristes en la vida, y ella, en vez de enfadarse, se ocupó de los demás, de los niños que le pedían comida, de algunas abuelas que vivían solas... Tobi pensó que la mamá le había dado una pista importante, ahora le faltaba el entrenador. Ese sábado en el club, le prestó especial atención. No enseñaba muchas técnicas, alentaba a los niños y hacía callar a los padres. Incluso tenía una tarjeta roja para echarlos si retaban a sus hijos o les gritaban diciéndoles cómo debían jugar. Esa noche se fue a dormir y deseó terminar el sueño. Tanta fuerza hizo, que apareció nuevamente la imagen de los cinco de un lado y el resto del otro. Todos mirándolo en silencio, como estatuas. —Son sabios, –gritó–. Los cinco que están a la izquierda, son sabios. El que dirigía el juego miró a Tobi y le dijo: —Ven tú también a este grupo, porque los que buscan, y saben reconocer lo bueno que hay en los demás, también son sabios.

Sabiduría no es tener títulos de la universidad. Sabio es el que sabe reconocer el valor de cada cosa y se relaciona con el mundo que lo rodea buscando beneficio de todos. La sabiduría se puede buscar y encontrar. La sabiduría, el vivir bien, se encuentra cuando practicamos el amor y nos guiamos por la misericordia. De esta forma, descubrimos el verdadero valor de las cosas, por qué tenemos que preocuparnos y ocuparnos, en dónde ponemos los esfuerzos, qué buscamos y qué nos preocupa.

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